El hombre que sabía controlar los huaicos

Es penoso el espectáculo del país, impotente ante los huaicos. Sin saber qué hacer ni qué decir, el gobierno se limita a paliar un poco los efectos sin la menor idea de cómo enfrentar las causas.

Sobrevienen así, en boca de todos, perogrulladas con el dedo índice admonitorio: ¡la población no debería asentarse en las quebradas! ¿No debería? En las quebradas es donde está el agua, ¿dónde más iría la población? Y de las perogrulladas se desprenden con naturalidad iniciativas de política pública inejecutables, que se repiten cada año: el Estado debería mudar –incluso de manera forzosa, dicen- a la población de esas quebradas en dirección hacia no se sabe dónde. Es una quimera irrealizable por partida doble.

En primer lugar, la población no se moverá ni siquiera ante el huaico y si la sacan volverá. Nadie se muda de donde ha echado raíces si no ve cómo vivir mejor en otra parte. Doble quimera, además, porque atacar las consecuencias de los huaicos es lo correcto solo si las causas están bajo control. Y no lo están. La verdad es que el Estado peruano -entendámoslo de una vez- es incapaz de organizar una respuesta que esté a la escala del problema.

La causa de los huaicos no hay que buscarla entre los escombros de sus efectos. Hay que ir al origen. Hemos perdido el control del ciclo del agua de los Andes. Para recuperarlo hay que retener el agua de las lluvias en las alturas de la Cordillera. Hay que impedirle ir a la pendiente, donde toma velocidad y se forma el huaico que arrastra todo a su paso. Una vez que el agua está en movimiento, ya es demasiado tarde.

Un peruano entendió cómo controlar los huaicos, sin embargo. La solución existió desde siempre en una tecnología milenaria de la civilización andina. Los comuneros hasta hoy le llaman “sembrar agua”. Consiste en cortarle el paso al agua hacia la pendiente, inmovilizarla para que penetre en el suelo. Haciendo esto en la escala necesaria en las nacientes de las quebradas que, según la experiencia histórica, generan huaicos constantemente, e innovando la tecnología, recuperaremos el control del ciclo del agua de los Andes.

Podemos no solo aprender a controlar los huaicos, entonces, sino almacenar al mismo tiempo un lago Titicaca dentro de los Andes, bajo el suelo. Esta masa gigantesca de agua regulará hídricamente por su propia gravedad los ríos que bajan hacia los dos océanos, de modo que no se desborden en verano ni se sequen en invierno.

Estas no son cifras arbitrarias. Dos millones de hectáreas de punas desde Puno hasta Cajamarca trabajadas de esa manera producirán un reservorio natural de diez mil millones de metros cúbicos de agua dentro de la Cordillera, cuatro veces la suma de los diez reservorios principales de agua del Perú.

Ahora bien ¿quién redescubrió la tecnología perdida del control del agua de los Andes? ¿Quién hizo esos cálculos precisos? ¿Dónde esta el hombre que innovó la tecnología y la experimentó en Junín en miles de hectáreas hasta comprobar que funcionaba? El lector ya lo sabe: fue Alberto Fujimori, hoy privado nuevamente de su libertad por la mezquindad y el odio políticos.









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