Más allá del naufragio

Muchos de buen corazón se duelen hoy de que Alberto Fujimori regrese a la prisión. Pero más habría valido un poco de inteligencia a tiempo y advertir que la vacancia de la Presidencia de Pedro Pablo Kuczynski iba a arrastrar consigo inexorablemente la anulación del indulto de Fujimori. En quienes la aplaudieron entonces los llantos están demás ahora. No se derroca al poder sin consecuencias.

Los de sentimientos encontrados dirán que Kuczynski tenía que irse porque era supuestamente un corrupto. Supuestamente corruptos eran también según muchos Toledo, García y Humala. Y, sin embargo, nadie planteó nunca su vacancia en serio. Fueron investigados o procesados solo al final de sus gobiernos. Kuczynski debió serlo también. Ninguno de ellos está en la cárcel hoy. Solo Fujimori, con sus ochenta años a cuestas, doce de ellos en la cárcel. Arrastrarlo hasta allí hoy nuevamente con peligro de su vida no es una venganza política, es un acto de la turba.

Nada hizo su partido para ayudarlo mientras tuvo mayoría parlamentaria absoluta. Los griegos dirían que al permitirlo, sin saberlo, Keiko Sofia Fujimori Higuchi violó las leyes de los dioses por acatar las de los hombres. Es la antítesis de la Antígona de Sófocles, que violó las leyes de los hombres por seguir las de los dioses. Antígona pagó por ello con su vida en la tragedia. Keiko Fujimori paga injustamente con su libertad. Y su prisión, injusta como es, apenas si provoca la compasión del pueblo peruano agradecido a su padre.

Todas las historias son la misma historia. Desde los mitos de los pueblos primitivos hasta las narrativas políticas. Siempre hay un río o un abismo que atravesar lleno de peligros donde el héroe puede naufragar, caer. De hecho, asi ocurre siempre. La historia es la de su regreso.

Fríamente, no obstante, las leyes de la materia dicen otra cosa. La segunda ley de la termodinámica se refiere al destino final de todos los procesos. Conducen a la entropía, ceden al desorden, al caos y finalmente a la inercia del cero absoluto donde ya nada se mueve. Ni siquiera los corazones.

Según las leyes de la materia, entonces, todos los héroes mueren en el naufragio, inexorablemente. Pero lo que los mitos y los rituales primigenios dicen y repiten y la literatura recoge incansablemente desde el comienzo de los tiempos es que el espíritu humano se sobrepone a ese destino, porque hay algo incluso más allá del cero absoluto. Desde la Odisea, el héroe sobrevive al naufragio, se reinventa a sí mismo. Los pretendientes no tienen lo que hace falta: carisma, significado, palabra.

El mito funda su propio tiempo y muere solo cuando lo ha consumido. Aun en prisión el trabajo de Alberto Fujimori no ha concluido.

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