No se posterga las decisiones políticas

Martín Vizcarra puede hacer las reformas que el Perú exige solo si deja de lado todo plan de reelección.

Y debe decírselo al Perú cuanto antes. No se posterga las decisiones políticas sin pagar un precio.

Este es el único modo en que el país quedará libre de la tóxica atmósfera política que una aventura reeleccionaria traería consigo. Semejante proyecto requeriría para comenzar de una “interpretación auténtica” que legitime la narrativa siguiente, que parece un guión de comedia: este gobierno no sería el que fue elegido en 2016 sino otro distinto, y el actual no sería el presidente sino vaya a saber qué, de modo que la reelección no sería reelección.

A nadie le sorprendería que el gobierno consiguiera esta “interpretación” de parte de los organismos jurisdiccionales correspondientes. Pero es una pésima idea. Es una pócima envenenada. Un gobierno prudcto de uan reelección como esa nacería con una falla irremediable de legitimidad de origen que la oposición -sea cual fuere- no reconocería. Y esto haría la gobernabilidad imposible.

La decisión política explícita de no ir a la reelección, en cambio, pondría al gobierno desde ahora a salvo no solo de la falla de legitimidad de origen de una reelección trucha, sino a salvo también, y de inmediato, de la suspicacia respecto de sus futuros planes futuros y a prueba, por lo tanto, de la acusación de sus adversarios de estar gestando una recaída en el autoritarismo.

La gobernabilidad en lo que resta de este quinquenio depende de despejar ahora mismo estas dudas.

Lo importante, sin embargo, recién comienza ahí. Solo con las manos libres de estos señalamientos ciertos o falsos, Vizcarra podrá llevarv a cabo las reformas que el Perú necesita para la batalla global en el siglo XXI. Sin ellas no pasará nunca de ser una economía mediocre con una democracia de baja gobernabilidad.

Se trata, desde luego, de la reforma judicial para la lucha contra la corrupción, que no ha hecho sino comenzar. Pero no solo la de la corrupción del soborno en la obra pública, sino la del narcotráfico detrás del masivo lavado de activos. Solo así habrá gobernabilidad democrática.

Y también de la reforma laboral y la fiscal para la derrota de la informalidad, la exclusión y el privilegio en el acceso a la libertad en la economía.

Y, sobre todo, de la reforma de la educación y la salud para una verdadera igualdad de oportunidades.

Esta es la misión que el Perú le ha encomendado a Martín Vizcarra, a quien, como al emperador Claudio, le cayó del cielo el ave herida en las manos.

Si se halla a la altura del mandato, el Perú estará en deuda con él. Si, en cambio, cede a la pequeña ambición y a la ceguera de forzar una reelección, no hará las reformas y fracasará no solo él sino el Perú.





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