Noticias de las dos orillas

Los gobernadores regionales de Puno, de Junín, de Moquegua, los jefes del Más, de Nuevo Perú, del Frente Amplio, dirigentes todos de la izquierda radical, se reúnen en Huancayo en este momento para tantear cuál de ellos los representará a todos en las elecciones del Bicentenario.

El elegido reclutará luego a los mascarones de proa de la izquierda caviar que pondrán astutos asesores y medios a disposición del comité de campaña y una pléyade de académicos surtidos, sastres duchos en coser el programa electoral con los retazos de la pasarela electoral de 2016.

La izquierda empieza siempre así sus campañas electorales, y entrando a la recta final se quiebra. (El jefe de Juntos por el Perú no asiste a Huancayo, por ejemplo, porque está ofendido por los comentarios de un camarada).

Pero esta vez hay algo nuevo. Esta vez tienen razón en comenzar temprano su danza ritual de la ruptura, para exorcizarla. Nunca han tenido una mejor oportunidad de llegar al poder, porque en la otra orilla el descalabro de Fuerza Popular ha creado un vacío pavoroso.

El vacío es llenado momentáneamente por el gobierno de Martín Vizcarra. Solo por ahora, sin embargo.

Si el Presidente decidiera dejar de lado la idea de ir a la reelección, como debe, esa decisión política fundamental le dejaría las manos libres para acometer las reformas económicas que el Perú necesita. Si tiene éxito en la empresa, será un candidato de fuerza para las elecciones de 2026.

Pero las reformas pueden ser políticamente costosas. Invertir su capital en ellas es lo que el Perú le pide. Pero la decisión política de hacerlas deja a Vizcarra fuera de la carrera electoral del Bicentenario. No puede hacer las dos cosas, reformar y candidatear, al mismo tiempo. Son escenarios políticamente incompatibles.

Si Vizcarra va a la reelección, por el contrario, peor aun. Será un candidato rengo, con una falla de legitimidad de origen que proveerá a la caviarada de toda clase de argumentos constitucionales en su contra (para regocijo íntimo del radicalismo antiminero que ya recolecta piedras mientras se burla con sorna de sus útiles tontos jurídicos).

En cualquiera de los dos casos, lamentablemente, el vacío reaparece en la orilla opuesta. Con lo que ya ha comenzado en las filas del empresariado la búsqueda de un Bolsonaro.

Uno más moderado, de preferencia, en cuanto a un conservadurismo que juzgan innecesario, pero inamovible en materias de reforma económica y de reconstrucción de una autoridad política.

No hay, sin embargo, garantía alguna de que el Bolsonaro en cuestión aparezca en el horizonte. Motivo por el cual la izquierda radical ha visto la oportunidad del siglo. Por eso se reúne hoy prematuramente, a explorar lo que en otro tiempo solía llamar el “nivel de conciencia” no de las masas en este caso, sino el de los dirigentes.

Quizás no sospechan aún que ya no hay “masas”. El mercado político está totalmente segmentado y apelar a unas masas inexistentes revelaría no solo un completo despiste, sino un programa politico objetivamente reaccionario.

Es posible que esta vez la izquierda logre eludir ese error, pero siempre se puede contar con que no lo consiga. Aún así, sería una pobre estrategia para la otra orilla confiar en que eso ocurra.

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