Si con caldo mejora, caldo a toda hora

El voto preferencial, creado décadas atrás para sepultar a los partidos políticos, será empleado hoy por última vez en elecciones. Ha sido eliminado ya de la legislación y no tendrá lugar en la cédula de votación de las elecciones del 2021.

El voto preferencial ha sido abolido con el objeto de empoderar a los partidos políticos. Esta decisión de la clase política, no obstante, nace de un diagnóstico equivocado. Y desemboca, por lo tanto, en un remedio errado.
Veamos. La premisa detrás es que el problema de nuestra democracia se origina en la debilidad de los partidos políticos. Empoderar a los partidos, entonces, debería lógicamente curar a nuestra democracia. ¿Cierto? Falso. Es exactamente al revés. La debilidad de los partidos es la consecuencia de nuestra democracia de baja gobernabilidad.

Lo que fortalece a los partidos es el éxito en el gobierno en lugar de fracasar sistemáticamente -como les ocurre a todos- por falta de gobernabilidad.

Es indispensable en una democracia el equilibrio entre el principio de representación y el principio de gobernabilidad. Pero la clase política peruana produce y reproduce constantemente una arquitectura democrática fallida en la que existe un gravísimo déficit de gobernabilidad y, al mismo tiempo, un superávit de representación.

Es una escandalosa sobrerepresentación parlamentaria. Hoy, sin ir más lejos, los partidos políticos que pasen la valla van a conseguir un número de curules proporcionalmente mucho mayor que el porcentaje justo y equitativo de los votos que obtuvieron. Y cada partido creerá representar al pueblo. Pero no es sino sobrerepresentación.

No es sino el efecto de la decisión de la clase política de que los votos blancos y viciados no sean válidos. Combinado esto en el caldero de brujas con la magia negra de la cifra repartidora, un artificio matemático inventado hace décadas. Irónicamente se hizo con el pretexto de mejorar la gobernabilidad y en los hechos lo que ha producido es sobrerepresentación parlamentaria que ha empeorado la gobernabilidad.

Al abolir el voto preferencial, la clase política ha vuelto a insistir en el error de creer que, fortaleciendo artificialmente a los partidos políticos con sobrepresentación en el Congreso, va a corregir la falta de gobernabilidad. La clase política sigue creyendo erradamente que puede corregir la falla en la arquitectura de nuestra democracia de baja gobernabilidad con más y más representatividad. Lo que estos médicos empíricos recetan se resume en dos palabras: si con caldo mejora, caldo a toda hora.

Pero lo que falta es gobernabilidad. Se la consigue con un rediseño del equilibrio de poderes. Esa es la verdadera reforma política y no la que introduce más y más cambios al sistema electoral agravando la sobrerepresentación para empoderar a los partidos.

Hoy el elector piensa que debería permitírsele votar por personas y no verse obligado a votar por partidos. Es lo que dice hoy la mayoría. Pero hoy hará uso de su voto preferencial por última vez. Y no lo sabe. Cuando el 2021 vea que ya no existe, comprenderá que fue eliminado para empoderar y sobrerepresentar a partidos políticos en que no confía.





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