30-S, el golpe gris

Acierta Enrique Ghersi al afirmar que lo cometido el 30-S por el vizcarrismo fue un golpe de Estado. Y resalta un aspecto que ha pasado casi desapercibido: “Los golpes de Estado, como todas las sociedades, cambian. […] Este es un golpe de Estado, muy interesante porque utiliza las zonas blancas, grises de la ley. Es el primer golpe de Estado en el que la Policía toma el control de la acción política del Ejecutivo. Es una prueba del golpe de Estado que la Policía no haya dejado entrar a los parlamentarios al Congreso. […] No hay tanques, los militares han querido ponerse de perfil; esas 19 horas que pasó Vizcarra esperando la foto con los comandantes generales deben haber sido las 19 horas más angustiantes de su vida. Los militares solo se han dejado tomar una foto que es muy parecida a la que se tomó Alberto Fujimori el 5 de abril” de 1992 [06/10/2019. Perú21].

Ghersi llama la atención sobre el rol policial en la pugna por cambiar la pauta de poder y en la administración del conflicto que se estimuló para vencer a los enemigos del Ejecutivo sin importarle cancelar una institución vital como el Congreso de la República. Así, una suerte de inédito ‘golpe policial’ en el Perú parece haber obrado sin el estruendo de los tradicionales blindados de la prepotencia política del pasado.

Ciertamente pues no hemos visto tanques; pero la acción intimidatoria y neutralizante, casi quirúrgica –pre y posgolpe– de cierto sector de la Policía, ha hecho lo suyo. Decir esto obviamente es impopular –y seguro peligroso para algunos– pero no debe olvidarse que las técnicas para alcanzar poderes ilimitados vía ‘putsch’ o golpes políticos, desmontajes o copamientos antiinstitucionales progresivos se han ‘modernizado’ con los años.

Bolivia es hoy un ejemplo de ese exitoso modus operandi de infiltrar o quebrar instituciones sin tener que usar la acción de las fuerzas armadas ni el descerraje o el bombardeo de los palacios presidenciales y legislativos. Casi siempre moviéndose dentro de las ‘zonas grises’ y ‘remendando’ las líneas legales cuando las rompe. El evismo probolivariano y dictatorial en la práctica tiene hoy bajo su batuta a casi todas las instituciones relevantes. Basta solo una democracia inadvertida para matar a esa misma democracia. Solo es cuestión de tiempo, de ‘salami tactic’, de paciencia estratégica y de precisos ‘sondeos lentos’. Así de simple.

Perú ha sido un destacado innovador en estos menesteres de la lucha por el poder, vía el famoso ‘autogolpe’ del 92 y vía el ‘golpe fáctico’ o ‘golpe de zona gris’ que hoy –guardando las distancias de forma pero no de fondo– estamos viendo desenvolverse también entre aplausos populares y presidido por el conflicto. Aquella ‘zona gris’ donde se opera, se juega al límite de la legalidad, pero que en este caso llegó a sobrepasar la línea constitucional sin escrúpulos políticos.

Si el ‘autogolpe’ de 1992 dejó un precedente nefasto, brutal y bullicioso, el ‘golpe gris’ del 2019 ha elevado la valla ya que lo perpetrado se está presentando –maquillado y sutil– como si solo fuera producto de un simple ‘estiramiento interpretativo’ de la Constitución. O a lo sumo, un ‘error político’ o una mera ‘infracción’ fácilmente solucionable con solo ‘pasar la página’ nombrando un gabinete ‘que no asuste’ sobre todo a los agentes económicos. Para no pocos ha sido incluso ‘democráticamente impecable’.

Esto deja una receta peligrosa para que cualquier prospecto de autoritario o de dictador pretenda repetirlo sin consecuencias, como ocurre hoy con el ‘popular’ Vizcarra y su coalición.

Sin importar de qué lado del espectro político surja un posible perpetrador antirrepublicano, se ha montado un riesgo latente que será muy difícil de neutralizar cuando se presente activado en el futuro, otra vez, como parte del irresponsable juego político de poder.

Volviendo a la coyuntura, mientras el vizcarrismo es presentado como el ‘ganador’ de la contienda, las celebrantes izquierdas aliadas –incluyendo a las sucursales prochavistas– se preparan para ampliar su influjo desde las regiones hacia la capital. Así, nadie puede descartar que el gris sea cada vez más oscuro para el país.

Ricardo Uceda lo señala también con precisión: “[La izquierda] desea una Asamblea Constituyente con otro orden económico y una justicia que le permita acogotar a sus oponentes. En 2020 podría ser una fuerza predominante en el Congreso. En medio del jolgorio general, es una hora oscura para conspicuos defensores de los más altos valores democráticos que ahora aplauden un golpe porque el pueblo lo pidió” [02/10/2019. La República].





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