¿‘Dialogando’ con la narcodictadura?

  • Fecha Miércoles 30 de Enero del 2019
  • Fecha 10:06 pm

Los aliados mundiales de la dictadura chavista-madurista buscan darle oxígeno nuevamente. Los llamados a que el opositor presidente encargado Juan Guaidó acepte un ‘diálogo’ son planteados por México y Uruguay. Mientras Rusia, China y Cuba respaldan y aguardan a que se muerda, otra vez, el anzuelo.

Y es que los famosos ‘diálogos’ y las ‘negociaciones’ ya sirvieron antes, varias veces, para alargar la vigencia del régimen, sobre todo cuando estaba en serios aprietos. A esa dinámica torpe se prestaron algunos grupos ‘opositores’ de la vieja partidocracia. Hoy la gente se resiste a repetir la imprudencia, que viene ahora por propuesta de algunos actores externos.

Mientras España parece obrar sin saber ya qué más hacer para que el desastre venezolano no sea un estigma para la izquierda mundial, México decidió con López Obrador convertirse en el padrino de Maduro. De otro lado Uruguay –que junto a Bolivia tampoco participa del Grupo de Lima– parece andar con Tabaré Vázquez en vía de tratar de controlar cualquier onda expansiva con respecto a supuestos millonarios negocios de uno de sus hijos con el chavismo [se señalan más de US$ 60 millones de dólares involucrados. Ver investigación de Joseph Poliszuk].

Las ambigüedades, apoyos y complicidades pueden taponear las válvulas de escape que han ido abriéndose gracias a la sincronización de los factores internos y externos prodemocráticos que pugnan por liberar a Venezuela.

La idea suprema de fondo que pretenden sus aliados está en lograr que sea Maduro [quien a la par ha dicho ya que estaría de acuerdo solo con elecciones legislativas, no presidenciales] sea el que dirija cualquier ‘transición’. Que sea él el que convoque a elecciones mientras mantiene el poder en sus manos junto a la cúpula militar y la ‘boliburguesía’ política. Un movimiento insultante y obvio que socava la posibilidad de una ruptura contundente con el pasado y la fuente del descalabro.

Y es que lo que obliga el momento es un verdadero proceso de transición, sin duda, pero bajo la dirección del hoy encargado presidencial Juan Guaidó. Ello luego de la necesaria expectoración del dictador engrampado en el trono. Recuperando el control del ente electoral –y desmontando el manipulable ‘voto electrónico’– Guaidó garantizaría, ahí sí, un proceso eleccionario con supervisión estricta internacional para que la ciudadanía elija a sus nuevos y legítimos gobernantes. Ya sin fraudes, ya sin pillerías.

En la crucial coyuntura, una política opositora de resultados impone pues esa línea práctica y categórica: [i] una ruptura contundente con la situación de poder y de conflicto controlada por el gobierno de facto; [ii] una transición de elecciones limpias y abiertas en pro de nuevos liderazgos decisores; y [iii] otra nueva ruptura –a profundidad– con las estructuras políticas y económicas montadas durante dos décadas por el chavismo. Un proceso de tres tiempos [ruptura-transición-ruptura], no exento de grandes dificultades por cierto, pero en ruta al lanzamiento de un renovado sistema de instituciones, crecimiento y libertades.

Hay que repetirlo. El chavismo no es solo un simple o tradicional régimen despótico de índole estrictamente político. Es un proyecto conectado con oscuras redes criminales de dimensión transnacional [esto ha sido documentado durante años por múltiples organizaciones, agencias de seguridad, cortes y gobiernos del mundo].

Un proyecto de poder de largo alcance que no solo se fortaleció sobre la base de un ‘proceso revolucionario’ e ideológico, sino que además, en ese andar, llegó a establecer colaboraciones tácticas y reales alianzas estratégicas tanto con el narcotráfico como con el terrorismo internacional. He ahí la letalidad de este poder.





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