El pantano del fujimorismo – antifujimorismo

El país cumplirá una década en 2021 de haber sometido muchas -o casi todas- de sus oportunidades políticas a la polarización irresoluble del fujimorismo versus sus oponentes. Fue con el humalismo nadinista a partir del 2011 que dicha confrontación agarró una mayor tracción. Hoy sus móviles y sus efectos, de uno u otro modo, continúan direccionado las circunstancias.

Los protagonistas de este ‘conveniente’ antagonismo parecen pugnar por mantener los intentos de exterminio mutuo en vigencia. A fin de cuentas es la línea divisoria que aparentó relocalizar el poder durante los últimos años; encuadrando a la opinión pública y empujándola electoralmente a tomar postura por cualquiera de los bandos. El cuento del ‘mal menor’ dominó los contextos, incluso en los ámbitos regionales. Mientras el voto obligatorio lo canalizó.

Generando cierta ‘rentabilidad’ política para sus impulsores, este encasillamiento de ‘identidades políticas negativas’, parece haber reducido espacio o desalentado el surgimiento de otras opciones; es decir, de otras alternativas de poder u otras líneas divisorias que apostasen por una sana competencia y no por el exterminio de los consensos.

Así, mientras las acciones de gobierno [ejecutivas y legislativas] fueron descuidadas por la contrapolítica del chaveteo cotidiano, el fujimorismo keikista logró controlar abrumadoramente el Congreso, mientras sus contradictores lograron bloquearlos en su ruta a la presidencia. Un pantano político se expandió en el país a punta de una polarización que no se cansa se seguir monopolizando la agenda pública y nacional.

Es posible que esta confrontación incesante prosiga en 2020 vía el conducto congresal. Mientras puede volver a relanzarse en 2021 vía el presidencial. Siendo así, le espera a los peruanos una renovada cantaleta de choques y tensiones entre el fujimorismo y los antifujimoristas. Aquel conflicto dominante que ha desplazado otras tensiones mucho más importantes y productivas. Y todo para entretenimiento y rédito de quienes han convertido la política en un show y, a la par, en acomodaticias fuentes de poder gracias a la manipulación del ‘mal menor’. Todo esto sin importar que sectores electorales considerables -y tal vez crecientes- se muestren seriamente inclinados por el ‘blanco’ y ‘viciado’, o el ‘ninguno’ ante las encuestas y las urnas.

Urge pues otros actores y organizaciones en competencia para el menos el 2026. Fuerzas que superen esta dicotomía fangosa que ha dado forma tóxica al sistema de conflicto peruano. Y que además ha empantanado al país en desmedro de las soluciones prácticas a los problemas nacionales así como de los acuerdos básicos [sociales, políticos y económicos].

Esta pulsión irracional por el poder que entusiasma a muchos de sus activistas, terminará por hastiar, por cansar cada vez más a una ciudadania expectante por resultados de gestión gubernamental que acompañen sus esfuerzos en un ambiente de seguridad. No destruyendo lo avanzado vía la locura del antisistema proviolento, sino arreglando y reforzando lo que se tiene que arreglar y reforzar dentro de un sistema perfectible.

Que el voto ‘blanco’ y ‘viciado’ se incrementen en futuras elecciones mostrará la disconformidad no menor con los protagonistas de esta polarización incesante y politicamente mediocre.

Si estos bandos no se corrigen o autorregulan gozarán a futuro de ínfima legitimidad.





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