El ‘refundador’ Antauro y los ‘presidelincuentes’

  • Fecha Miércoles 26 de Junio del 2019
  • Fecha 8:15 pm

Una narrativa potente [casi o cien por ciento antisistema, que no reconoce ni rescata nada de lo avanzado –como la reducción de la pobreza por ejemplo– en las últimas dos décadas] para el combate político se ha ido deslizando por regiones, provincias y distritos del país. Y no es nueva. En realidad se estuvo montando por años, tenaz y persistente, sin tener a la capital como epicentro de irradiación, pero sí como punto de llegada.

Diversos símbolos hoy representan a la víctima principal de esta narrativa: el ‘modelo’ –con inicio en los noventas–, que ‘ha llegado a su fin’ y al que hay que darle vuelta, vía retroexcavadora, desde sus cimientos. Es decir, con todo y su Constitución. Una cierta réplica de lo planteado por la izquierda extremista chilena que entronizó a la socialista Bachelet –quien después no pudo cumplir lo esperado en su máxima intensidad– de vuelta al poder.

Como se apuntaba en este mismo espacio [Los ‘refundadores’ y la ‘republiqueta’. 23/01/2018] un innovador –y en su versión máxima– de esta mensajería intrépida es el antaurismo o radicalismo reservista, muy bien disperso, ágil, en el interior del país. Su potencial de captación o reclutamiento, hasta ahora, es limitado –por ello muchos lo subestiman– pero expectante. Su líder, Antauro, acuñó toda una retórica que busca comunicarse estratégicamente con los sectores populares y rurales inadvertidos. Términos o frases como ‘tumbarse a los presidelincuentes de la republiqueta globoneoliberal’ o de la ‘timocracia fuji-odebrechista’ son replicados por el activismo etnocacerista y sus cooperantes. Ellos obvian que gran parte de la corrupción fue montada por la izquierda política latinoamericana en asociación con los mercantilistas antiliberales.

En este paquete comunicacional del líder antaurista –que parece compartir con lo que llamó la ‘izquierda macha’, es decir, con los senderistas y emerretistas reciclados– los ‘presidentes vladiconstitucionales’ son los que gobernaron con la ‘Constitución proextranjera’ del 93. Todos [aunque curiosamente en uno de sus últimos pronunciamientos excluye de su lista a Paniagua], pasando por Toledo, García, su hermano Ollanta, PPK y el actual mandatario [“Vizcarra es un bribón… un ‘Martincito’ también experto en adendas”, Antauro dixit. 2019]. Símbolos de la ‘corruptocracia’ o del ‘sector apátrida’ cuya fuerza solo será frenada por una ‘Asamblea Constituyente auténticamente etnonacional y por ello patriótica’ –o sea, ‘etnopatriótica’– y en verdadero favor de los ‘intereses populares’.

Existen, por cierto, otros paquetes discursivos usados por otras ramas de la izquierda, matizados, pero que se complementan con la antaurista. Como vemos pues, en todas parece estar la pugna por una ‘nueva república’, una ‘nueva democracia’ y sobre todo una nueva carta política constitucional.

La eficacia de esta narrativa, de corte antisistémica y progresiva busca poner a prueba todo su potencial. Algunos de sus apuntaladores pusieron la vista en el corto plazo, en las elecciones subnacionales. Conscientes de la dificultad real de un triunfo presidencial, es una representación parlamentaria cada vez mayor, la necesidad táctica prioritaria. Palacio de Gobierno, a largo y paciente plazo. En estos afanes la vía electoral se ‘combina’ con otras opciones. Incluyendo las intimidatorias, las antiliberales políticamente y donde la ‘democracia boba’ le es funcional a su proyección. Es la ‘ventana táctica’ en acción.

En esencia, estos discursos tienen que ver con ‘refundar al país’ removiendo sus bases políticas como económicas a fin de ejecutar una ‘justicia social’ con el Leviatán estatal, vertical e interventor, como su protagonista principal. Un cierto retorno a los añejos modelos ideopolíticos y económicos del socialismo real –con pinceladas de ‘modernidad’ para no asustar– y paralelo al que domina aún espacios en Latinoamérica y el Caribe. De ahí a que sectores de la izquierda local tenga tanta dificultad por distanciarse claramente del chavismo dictatorial y estatista venezolano, por ejemplo. Incluso hasta del castrismo cubano.

Mucha de esta energía política –a pesar de los análisis renuentes en reconocerlo– está, en cierta intensidad, ecualizada a los proyectos autoritarios y dictatoriales montados por el bolivarianismo procastrista. Una energía todavía resistente en la región e incapaz de moderar su poder o dejarlo –ahí están Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia– como lo prescribe un sistema político liberal, de alternancia, sano y sin confusiones. Ahí el contraste de fondo.

En el Perú este afán ha detectado una potencial audiencia clave para su expansión, mayormente juvenil. Alcance que no es fácil ya que la población, en su gran mayoría resiste sus planteamientos, y optan de alguna forma, por contenerlos. No obstante les es funcional a sus cálculos los sectores que ven su programa estatizante, populista e ideológico [‘contradicciones’, ‘lucha de clases’ y hasta ‘lucha de razas’] como brújula para la solución a los problemas nacionales pendientes.

Este proyecto es audaz, elaborado, inteligente políticamente en relación a la expansión de poder vía sondeos lentos –centraliza un enemigo puntual: ‘el modelo’–. A pesar de su fragmentación, incluso la izquierda democrática, que suele tomar distancia ante ciertos excesos retóricos de sus colegas extremistas, caen en el silencio cuando las movilizaciones ‘populares’ parecen tomar cuerpo. La interrogante clave aquí es si finalmente los remanentes del izquierdismo democrático –aquel posmarxista, sobre todo viendo lo que ocurre en Venezuela, que sí cree en las reformas sobre la base de la democracia liberal y la economía de mercado– se sumarán temerariamente a estas propuestas antisistema y hasta de tendencia violentista.

En este contexto, más preguntas entonces se vuelven a plantear: ¿quiénes son los actores y cuáles las contranarrativas que competirán con estas energías que se despliegan por regiones y provincias? ¿Cómo responderá el régimen –y el sistema– a una relanzada ‘conflictividad social’ cuya radicalización dice encumbrarse sobre ‘verdaderas intenciones democratizadoras’ pero que a la par parece apostar por cruzar hacia el extremismo violento como en el pasado?

La prudencia política indica a muchos no subestimar estas posturas, a dormir con un ojo abierto; pero tampoco magnificarlas –dando rebote a proyecciones autoritarias al otro lado del espectro– al punto de señalar como complotadores antisistema a ‘todos’ los peruanos disconformes. De ahí la importancia de neutralizar los vínculos manipulativos entre los actores calculadores y los actores realmente desposeídos. Sobre todo en el contexto de los conflictos sociales.

Una visión optimista lleva a considerar, para bien, que la gran mayoría de ciudadanos creen contar, a pesar de todo, con un sistema que es perfectible. Que mucho más se gana atendiendo sus fallas que destruyéndolo. Lo que empalma con no perder de vista la capacidad que podrían tener los agentes radicalizadores para [re]plantear desafíos violentos –a manos de una nueva generación– que con el tiempo puedan volver a salirse de control.





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