El vizcarrismo, el Leviatán y la urgencia de un ‘nuevo conflicto’

  • Fecha Lunes 15 de Abril del 2019
  • Fecha 6:46 pm

Luego de haber llegado a un pico alto de popularidad [66% diciembre 2018, Ipsos] apuntalando la polarización en torno a la ‘lucha anticorrupción’, el vizcarrismo derrapa hacia la desaprobación ciudadana. Y es posible, anclado en la idea de que todo reto supone un simple ‘problema de comunicación fácilmente superable’, de que no esperaba el resbalón de repercusiones políticas.

En la coyuntura –siempre con Ipsos– el mandatario recibe una aprobación de 44% en abril. 22 puntos menos que al terminar el 2018. En el mismo periodo el gobierno en su conjunto también asume una caída de 35% a 30%. ¿Cuál será el tope de la caída? Las interrogantes sobre las movidas políticas gobiernistas para remontar o sobrevivir resaltan en las columnas y las opiniones de los más encumbrados analistas de la política. Los asesores y estrategas palaciegos tienen, por su parte, harta chamba.

La corta efectividad gubernativa y la situación de poder parecen haber empezado a desmoronarse por un inicial sistema de tensiones, hábilmente estimuladas, pero hoy desvaneciéndose y reduciendo así los márgenes de maniobra.

El gobierno pues prosperó con el conflicto –post 28 de julio de 2018– y logró modificar la pauta de poder que le dictaban. Resuelto ‘a todo’ neutralizó a los contrincantes y se regodeó en el aplauso popular. Esa etapa ha cambiado hoy bruscamente y le urge un nuevo esquema de polarización [¿se apostará por la instrumentalización conflictiva de la ‘justicia’?].

De diez la ciudadanía señala cuatro primeros temas como fuentes de desaprobación:

[1] “En su gobierno [de Martín Vizcarra] hay corrupción”: 48%.

[2] “No se ven mayores avances en economía”: 30%.

[3] “No se ven mayores avances en educación”: 24%

[4] “No se preocupa en mejorar la seguridad”: 24%

No muy lejos aparece “su mal manejo de los conflictos sociales” con 21%.

Todos estos asuntos requieren sin duda de grandes dosis de atención gubernamental que impacten precisamente en el desempeño de la ‘maquinaria’ estatal para hacerles frente.

Las diversas tensiones pueden intentar administrarse vía habilidades comunicativas, pero serán temporales y cosméticas. Se requiere operatividad y resultados concretos que influyan en la ‘percepción de la gente’ –que es al final la base de la política–.

El economista Roberto Abusada llama la atención, con no poca razón, sobre un asunto que suele obviarse insistiendo en el ya tradicional esfuerzo de tapar las hasta ahora insuperables deficiencias de nuestro enorme Leviatán estatal.Nuestro Estado es hoy 2,2 veces más grande que el de hace tan solo una década y, paradójicamente, tenemos un Estado que es más disfuncional, más ignorante y menos presente… El Estado es el principal responsable del conflicto… Es momento de que el Estado ponga en el primer lugar de su agenda la tarea de reformarse a sí mismo”, apunta Abusada [04/04/2019. El Comercio].

Más allá de concentrarse en pechar solo a los sectores privados de todo nivel [a los que suele culparse de casi todos los males nacionales junto al crecimiento económico], una reforma práctica y seria del Estado [que incluya mejores servicios públicos, menos ministerios, instituciones y procesos ágiles y concentrados, etc.], puede crear un escenario como el que tanto le urge al régimen para demostrar cierta operatividad en lo que le queda de gestión.  

Esto sin importar el inevitable choque [que bien puede animar a una opinión pública exigente a tomar partido dentro de una estrategia de desplazamiento del conflicto] con grandes sectores burocráticos estatales –tanto capitalinos como provincianos– enquistados y refractarios a los cambios.





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