La extrema izquierda ‘macha’ de Antauro

La extrema izquierda antiliberal [en todas las dimensiones: social, política y económica] ha logrado este 2020 aumentar su presencia en el Congreso. Esto luego de haber sido subestimada durante años por el establishment politólogico y por los selectivos análisis de la política peruana.

Hoy, las alarmas se encienden al reconocer -aún con reticencias- que este tipo de ‘filosofías del poder’ ven su proyección más a mediano o largo plazo que a corto tiempo.

En esa línea, que ahora tengan una cuota parlamentaria expectante, es en realidad un movimiento táctico siendo conscientes de sus limitaciones para alcanzar poder presidencial a inmediato plazo. Seguir desestimando estos cálculos políticos -pacientes y progresivos- de las fuerzas extremistas es un error.

Como anotábamos en este espacio [ver: “Antauro, el ‘demócrata anticorruptor'” 20/10/2019 y “El ‘refundador’ Antauro y los ‘presidelincuentes'” 27/06/2019], el antaurismo o radicalismo reservista -en realidad más extremista que radical-, constituye un peligroso planteamiento que incuba el odio y los conflictos extremos y proviolentos. No se conforma con el factor ‘clasista’ de lucha de clases marxista, si no que cruza destornillado vía el factor ‘etnocultural’ hacia la lucha de razas. Letal.

Sazonando e incitando las instintos sociales básicos para la polarización política aparece incluso la homofobia y hasta la xenofobia —con sospechosos vínculos con el chavismo ansioso en descalificar a la diáspora venezolana en Perú— como arma política y electoral. Es posible que pronto pueda verse un incremento de sus nocivos efectos dentro de la famosa ‘conflictividad social’.

No solo ‘hay un mensaje redistributivo, nacionalista, anticentralista y autoritario’ en sus soflamas como alguien ha señalado con suavidad. De fondo, como toda energía extremista, mientras más cerca al poder más claros se ven sus contornos prototalitarios.

Una narrativa potente [casi o cien por ciento antisistema, que no reconoce ni rescata nada de lo avanzado –como la reducción de la pobreza por ejemplo– en las últimas dos décadas] para el combate político se ha ido deslizando por regiones, provincias y distritos del país. Y no es nueva. En realidad se estuvo montando por años, tenaz y persistente, sin tener a la capital como epicentro de irradiación, pero sí como punto de llegada.

Diversos símbolos hoy representan a la víctima principal de esta narrativa: ‘el modelo’ –con inicio en los noventas–, que ‘ha llegado a su fin’ y al que hay que darle vuelta, vía retroexcavadora, desde sus cimientos. Es decir, con todo y su Constitución.

Un innovador –y en su versión máxima– de esta mensajería intrépida es el antaurismo muy bien disperso, ágil, en el interior del país. Su potencial de captación o reclutamiento, hasta ahora, es limitado –por ello muchos lo subestiman– pero expectante. Su líder, Antauro, acuñó toda una retórica que busca comunicarse estratégicamente con los sectores populares y rurales inadvertidos. Términos o frases como ‘tumbarse a los presidelincuentes de la republiqueta globoneoliberal’ o de la ‘timocracia fuji-odebrechista’ son replicados por el activismo etnocacerista y sus cooperantes. Ellos obvian que gran parte de la corrupción fue montada por la izquierda política latinoamericana en asociación con los mercantilistas antiliberales.

En este paquete comunicacional del líder etnocacerista –que parece compartir con lo que llamó la ‘izquierda macha’, es decir, con los senderistas y emerretistas reciclados– los ‘presidentes vladiconstitucionales’ son los que gobernaron con la ‘Constitución proextranjera’ del 93. Todos, pasando por Toledo, García, su hermano Ollanta, PPK y el actual mandatario [“Vizcarra es un bribón… un ‘Martincito’ también experto en adendas”, Antauro dixit. 2019]. Símbolos de la ‘corruptocracia’ o del ‘sector apátrida’ cuya fuerza solo será frenada por una ‘Asamblea Constituyente auténticamente etnonacional y por ello patriótica’ –o sea, ‘etnopatriótica’– y en verdadero favor de los ‘intereses populares’.

Existen, por cierto, otros paquetes discursivos usados por otras ramas de la izquierda, matizados, pero que se complementan con la antaurista. Como vemos pues, en todas parece estar la pugna por una ‘nueva república’, una ‘nueva democracia’ y sobre todo una nueva carta política constitucional.

La eficacia de esta narrativa, de corte antisistémica y progresiva busca poner a prueba todo su potencial. Algunos de sus apuntaladores pusieron la vista en el corto plazo, en las elecciones subnacionales. Conscientes de la dificultad real de un triunfo presidencial, es una representación parlamentaria cada vez mayor la necesidad táctica prioritaria. Este 2020 han avanzado en ese sentido. Palacio de Gobierno, a largo y paciente plazo. ¿Difícil? Sin duda. ¿Imposible? Estará por verse.

En estos afanes la vía electoral se ‘combina’ con otras opciones. Estas incluyen las intimidatorias o el extremismo violento en las ‘protestas sociales’; en suma, las acciones políticamente antiliberales y donde la ‘democracia boba’ le es funcional a su proyección. Es la ‘ventana táctica’ en acción.

Así, vía el voto popular, los antisistema entran al sistema para socavarlo desde adentro.

En esencia, estos discursos tienen que ver con ‘refundar al país’ removiendo sus bases políticas como económicas a fin de ejecutar una ‘justicia social’ con el Leviatán estatal, vertical e interventor, como su protagonista principal. Un cierto retorno a los añejos modelos ideopolíticos y económicos del socialismo real –con pinceladas de ‘modernidad’ para no asustar– y paralelo al que domina aún espacios en Latinoamérica y el Caribe. De ahí a que sectores de la izquierda local tenga tanta dificultad por distanciarse claramente del chavismo dictatorial y estatista venezolano, por ejemplo. Incluso hasta del castrismo cubano.

Mucha de esta energía política está, en cierta intensidad, ecualizada a los proyectos autoritarios y dictatoriales montados por el bolivarianismo procastrista. Una energía todavía resistente en la región e incapaz de moderar su poder o dejarlo por voluntad propia –ahí están Cuba, Venezuela, Nicaragua o, hasta hace poco, Bolivia– como lo prescribe un sistema político liberal, de alternancia, sano y sin confusiones. Ahí el contraste de fondo.

En el Perú este afán ha detectado una potencial audiencia mayormente juvenil clave para su expansión. Alcance que no es fácil ya que la población, en su gran mayoría, resiste hasta ahora sus planteamientos y optan de alguna forma por contenerlos. No obstante le son funcionales a sus cálculos los sectores que ven su programa estatizante, populista e ideológico [‘contradicciones’, ‘lucha de clases’ y hasta ‘lucha de razas’] como brújula para la solución a los problemas nacionales pendientes.

Este proyecto es audaz, elaborado, inteligente políticamente en relación a la expansión de poder vía sondeos lentos. Como se ha señalado, centraliza un enemigo puntual: ‘el modelo’. A pesar de su fragmentación, incluso la izquierda democrática, que suele tomar distancia ante ciertos excesos retóricos de sus colegas extremistas, caen en el silencio cuando las movilizaciones ‘populares’ parecen tomar cuerpo. La interrogante clave aquí es si finalmente los sectores del izquierdismo democrático se sumarán -o guardarán silencio- de forma imprudente a estas propuestas antisistema y hasta de tendencia violentista.

En este contexto, más preguntas entonces se vuelven a plantear: ¿quiénes son los actores y cuáles las contranarrativas que competirán con estas energías que se despliegan por regiones y provincias? ¿Cómo responderá el régimen –y el sistema– a una relanzada ‘conflictividad social’ cuya ‘radicalización’ dice encumbrarse sobre ‘verdaderas intenciones democratizadoras’ pero que a la par parece apostar por cruzar hacia el extremismo violento como en el pasado?

La prudencia política indica a muchos no subestimar estas posturas, a dormir con un ojo abierto; pero tampoco magnificarlas –dando rebote a proyecciones autoritarias al otro lado del espectro– al punto de señalar como complotadores antisistema a ‘todos’ los peruanos disconformes. De ahí la importancia de neutralizar los vínculos manipulativos entre los actores calculadores y los actores realmente desposeídos. Sobre todo en el contexto de los conflictos sociales. La violencia política en Chile puede ser un espejo en el que el Perú, sin cautela, puede volver a reflejarse.

Una visión optimista lleva a considerar, para bien, que la gran mayoría de ciudadanos creen contar, a pesar de todo, con un sistema que es perfectible. Que mucho más se gana atendiendo sus fallas que destruyéndolo. Lo que empalma con no perder de vista la capacidad que podrían tener los agentes ‘radicalizadores’ para [re]plantear desafíos violentos –a manos de una nueva generación incitada hacia el extremismo– que con el tiempo puedan volver a salirse de control.





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