La mototaxi vizcarrista

La oposición política al presidente Martín Vizcarra prácticamente ha desaparecido a todo nivel. Y no hay signos de que ello cambie. Al menos no en la capital –en las regiones podrían ser distinto, sobre todo en el sur–. Y mientras no pocos aliados aún lo secundan, sus antagonistas ‘organizados’ hicieron gala de una total ausencia de estrategia para revertir su degradación.

Lo que sí parece mostrarse es una potencial oposición desorganizada y riesgosa para su proyección: la opinión pública. Aquella que el mandatario –y su equipo– trató de cautivar con relativo éxito pero que puede dejar de aplaudirlo cada vez con menor intensidad.

La gente está ávida de resultados prácticos, tangibles que mejoren su cotidianidad, su seguridad y sus perspectivas de prosperidad. ¿Por qué entonces el Ejecutivo no avanza en las acciones de gobierno pendientes contando con un valioso capital político y popular?

Unos y otros tratan de entender esta aparente inoperatividad. El móvil se muestra obvio a estas alturas: el pánico a los índices de desaprobación vía encuestas, a ‘la calle’, al ‘costo político’.

Algunos comentaristas han dado en el clavo. El periodista Jaime de Althaus anotaba que “el problema de Vizcarra no es su carácter autoritario, que no parece tenerlo. Es su dependencia absoluta de la popularidad […] sobre todo cuando se convierte en un fin en sí mismo y no en un medio para liderar cambios difíciles”. Para Althaus se impone el “salvo la popularidad, todo es ilusión” como brújula de orientación política. De otro lado, para el economista Roberto Abusada, “el gobierno está tratando la enorme popularidad del presidente Vizcarra como una joya para exhibir, cuidar y disfrutar. La idea de convertirla en un recurso que se pueda invertir en hacer urgentes reformas parece estar vedada”. En esa línea, “el costo político aterra y paraliza solo cuando se lo equipara con una posible pérdida de popularidad en las encuestas del próximo mes”, resalta Abusada. Mientras, por su parte, el analista político José Carlos Requena rescatando una frase del exgobernador de Nueva York Mario Cuomo, “se hace campaña en verso, se gobierna en prosa”, se pregunta: “¿Estará listo Vizcarra para dejar el verso?”.

Ese recelo a emprender cambios, reformas –más allá de la judicial y la política cuyos efectos pueden oscilar entre positivos, limitados y hasta contraproducentes en algunos aspectos– empuja al régimen a subestimar su potencial, afanado tan solo con gerenciar su ‘popularidad’.

El vizcarrismo gobernante, para sobrevivir a su manera –no según los dictados de sus contrarios– activó un proceso de formación de la política que pudiera administrar y que modificara la pauta de poder –causante de la caída de PPK– que precedió a su ascenso. Para ello subordinó diversas tensiones dentro del sistema político a un solo conflicto dominante donde los rivales incómodos tenían que ser neutralizados en su llegada a la ciudadanía. Así, la famosa ‘lucha anticorrupción’, ‘caiga quien caiga’, se convirtió en ese eje de polarización –un tablero donde todo aquel que no hiciera eco de su prédica era un potencial ‘fujiaprista’– que removió simpatías, rechazos y líneas divisorias.

La ruta a ese resultado fue pues la expansión de una tensión dominante que implicaba, primero, competir políticamente sin medias tintas. Sin anestesia. A ese proceder se sumó un segundo componente: la publicidad. Un elemento clave para expandir el alcance del conflicto y la agenda gobiernista [cierto sector de la prensa fue crucial aquí]. En ese andar que catapultó la popularidad sobre la base de una postura ‘anticorrupción’ se descuidó en paralelo un tercer elemento para completar el proceso de formación de la política que se supone emergería como parte de la estrategia oficialista: la efectividad del gobierno.

El movimiento fue audaz, inteligente como estrategia política [sazonado además con no pocas tácticas de confrontación], pero un movimiento incompleto. Hoy, es ese tercer componente –la falta de una gestión efectiva de gobierno– la llanta baja de la mototaxi vizcarrista de tres neumáticos.

La opinión publica parece tenerlo cada vez más claro. Ahí están los índices de desaprobación al gobierno en conjunto –sobre todo a los ministros– y que contrasta con la aprobación presidencial que también empieza a caer [8 puntos, de 66% en diciembre a 58% en febrero. IPSOS]. Una opinión pública que ‘espera más’, que ‘no solo come anticorrupción’ como resalta la analista política Mabel Huertas. Y que además, parece confirmar un afán selectivo a la hora de ‘sancionar a los corruptos’.

El gobiernos prosperó con el conflicto, pero puede terminar atascado –y la población con él– si no parcha o infla la llanta de una gestión gubernamental de resultados lo más pronto posible. Cuenta con poderes y recursos para convencer a la gente en asuntos ‘espinosos’.

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