Los estrategas de Vizcarra

  • Fecha Lunes 10 de Junio del 2019
  • Fecha 9:28 pm

La aparente pausa en la confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo –luego de la cuestión de confianza– baja de momento el tono de la tensión que dominó las coyunturas políticas en lo que va de la era vizcarrista. Fue el conflicto dominante, principal que subordinó otros conflictos secundarios que pugnaban por desplazarlo en las atenciones ciudadanas.

¿A qué polarización puede apostar hoy el régimen teniendo en cuenta la necesidad urgente de este accionar –relativamente exitoso– que lo volvió dependiente de los índices de popularidad?

A estas alturas es obvia pues aquella dependencia presidencial. Una conexión vital para su estrategia y que lo lleva a cierta parálisis por recelo a los costos políticos de asumir determinadas decisiones que implican consensos inevitables. ¿Pueden los asesores palaciegos enrumbarlo en una dirección de acuerdos políticos efectivos?

El gobierno vizcarrista ha privilegiado la comunicación por sobre la gestión. La estrategia comunicativa hacia la población va a catapultar la popularidad del mandatario por sobre todo lo demás. No importa qué asuntos se instrumentalicen [el presidente aparece ahora, él mismo, ‘expulsando’ venezolanos con antecedentes cayendo en posturas de directo populismo y de indirecta xenofobia]. Y en esta estrategia, la confrontación, ha sido la punta de lanza. Nada pues parece atraer más la atención de la gente que el conflicto. Así, el gobierno también prosperó sobre los enemigos, o lo que quedó de ellos.

El argentino Maximiliano Aguiar [el cuarto personaje ‘más influyente en el entorno presidencial’, según la Encuesta del Poder de octubre de 2018 de Semana Económica], uno de los expertos estrategas comunicacionales de Vizcarra, señala que lo suyo ‘no es dar ideas de decisiones de gobierno, sino ayudar a comunicarlas’. En vez de priorizar atención en las políticas públicas de resultados y la gestión eficiente, la mira gobiernista se centra en la mera comunicación política que hagan ‘clic’ con la aprobación de corto plazo en las encuestas sobre la base de confrontaciones estimuladas e innecesarias para el ‘moldeo de percepciones’. No sobre los resultados concretos de una gestión gubernamental; que es el factor por el cual, paradójica y paralelamente, la desaprobación gubernativa agarró alza entre la gente.

La responsabilidad de esta improductiva dinámica de fondo no está en los estrategas y consultores contratados sino en los funcionarios y encargados actuales del poder oficial. Los asesores de campaña, de comunicación y estrategia política parecen centrarse en mirar el éxito de sus asesorados solo en términos fríos de aprobación o triunfo [vía encuestas o resultados electorales]. Ahí ‘se gana’, o ‘se pierde’. Poscampaña si el norte es: ‘elija el objetivo, congélelo, personalícelo y polarícelo’; es decir, si el marco es que ‘para organizar, debes polarizar’ de manera irreversible, es obvio que no habrá espacio para el consenso [en este caso, prosistema]. Elemento clave de la política. Elemento clave para gobernar.   

Si a la dinámica de las asesorías proconflictivas se le suma las tendencias, las cargas ideológicas de sus artífices estrategas [en temas políticos y económicos, porque también los tienen], es muy probable un mandatario influenciado que termine resultando en tonto útil indirecto de las estrategias antisistémicas y extremistas que van consolidando poder vía la democracia inadvertida.

Nuestro sistema de tensiones ha escalado en fiebre de forma imprudente. Esa intensidad que alimenta una suerte de gobernabilidad suicida puede dar forma a propuestas autoritarias que tomen posición y expectativa. La amenaza no solo está planteada desde las ‘derechas’ y las ‘izquierdas’ extremas, sino también de posibles ‘centros radicales’ o ‘extremos centros’.

En el Perú el juego político de choque permanente no ha terminado. De entre la multitud de posibles conflictos el de la cancelación de la Constitución del 93 [y sobre todo el capítulo económico que contiene] puede ir ganando posición política dominante. ¿Se apostará a esta potencial polarización para distraer una vez más a la opinión pública sobre los problemas de fondo, irresueltos y cotidianos que los aquejan?





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