Meche y el ‘empate catastrófico’ de los ‘atrincherados’

Mercedes Aráoz, la actual vicepresidenta y congresista de la República, resaltó esta semana que “todo político que se considere demócrata debe respetar las reglas de la Constitución”.

Midiendo la tensión entre los poderes constituidos que han relegado los consensos por una ‘guerrita’ política y de posiciones a veces ridícula e infantil, la vicepresidenta añade que “defenderá la democracia” ante los riesgos del autoritarismo y el populismo. ¿Qué plantea? Pues un pacto de gobernabilidad que ponga al Perú, y sus problemas irresueltos, en la agenda prioritaria.

Este pacto no solo buscaría acuerdos efectivos en pro del crecimiento económico –hoy ralentizado– y el cese de la confrontación política, sino además la culminación del mandato del presidente y los parlamentarios electos hasta el 2021. Así, Aráoz rechaza la vacancia del líder del Ejecutivo, y la disolución del cuerpo Legislativo. En su perspectiva ambos contextos serían resultantes de una enorme imprudencia política con serios efectos económicos, jurídicos e institucionales.

Su estimado no es irreal o absurdo como algunos quieren verlo. En última medición [21/08/2019. Instituto de Estudios Peruanos. IEP], y ante la pregunta “¿Conciliación o confrontación?”, se detectó que un considerable 44% –dos puntos más que en julio– de encuestados cree que lo mejor para el país es que “el Congreso y el Gobierno tienen que ponerse de acuerdo y conciliar”. Que un diálogo operante funcione. Tenga tracción.

Con una opinión pública cada vez más consciente de esta necesidad que aleje los riesgos de los embates antiinstitucionales, los actores políticos ‘atrincherados’ tendrían que verse obligados a concretar entendimientos razonables; a modificar la contrapolítica del bombardeo que dominó tóxicamente las circunstancias. Difícil, pero no imposible.

La vicepresidenta no anhela ser presidenta como se le intenta encajar. Pide más bien, y con firmeza, el cumplimiento del mandato presidencial y del congresal. Hasta el 2021. Esto de acuerdo a lo decretado por las urnas en 2016. Pide abandonar la idea de forzar calendarios electorales –y de resultados impredecibles–. Parece además preocuparle el cierto influjo de los antisistema que hoy apuestan tácticamente por el ‘voto popular’ –además de violencias dosificadas– dentro de una democracia inadvertida. La famosa ‘conflictividad social’ liderada incluso por algunos extremistas electos ha ido mostrando la poca cautela de los sectores políticos prosistema distraídos en la polarización permanente. Un choque que nutrió una gobernabilidad suicida, la más de las veces provocada, incitada por el cálculo, el artificio y el juego de poder.

La también congresista Aráoz –la segunda más votada en 2016– parece no hacer eco de la interpretación absoluta de la coyuntura como un ‘empate catastrófico’ [una figura que se mal usó para analizar en Venezuela el supuesto ‘empate’ entre los criminales en el poder y las oposiciones que le hacen frente y ‘se ven obligadas’ a ‘dialogar’] que alimenta de forma caprichosa el ‘¡Que se vayan todos!’. Su mensaje parece ir más bien en advertir que aquí se apuntalaron en realidad conflictos estimulados artificialmente. Tensiones dominantes que en la mayoría de los casos no debieron escalar hacia posiciones irreversibles para su distensión o solución. Interpretando su enfoque, y dejando de lado la óptica del ‘empate’ guerrerista de los ‘atrincherados’, lo que cabe e impone la prudencia política es la obligación de acuerdos para gobernar ejecutiva y legislativamente respetando la institucionalidad. Con lealtad al país.

“Ver la política como un conflicto [incesante] es un error… [llegar a] tener consensos, eso es hacer buena política”, recalca Mercedes Aráoz no con poca razón.





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