¿Muñoz versus Forsyth?

  • Fecha Lunes 18 de Marzo del 2019
  • Fecha 8:16 pm

Una aparente ‘competencia’ empiezan a ver algunos en la capital –incluyendo cierta prensa– teniendo como supuesto campo de torneo la gestión municipal. Esto entre la labor del alcalde de La Victoria George Forsyth [Somos Perú] y la del alcalde de Lima Jorge Muñoz [Acción Popular].

Como es conocido, Forsyth –el ‘nuevo Andrade’ van llamándolo– inició gestión teniendo como objetivo desmantelar a las mafias y la corrupción que por años se nutrió vía acciones ilegales en el distrito. Un escenario que se replica en diversa intensidad en otros espacios tanto capitalinos como provincianos.

¿Qué hizo Muñoz al respecto? Acompañó el proceso. Supervisando zonas aledañas a Gamarra, dijo que “desde el primer día estamos trabajando con el alcalde Forsyth, hemos tenido varias reuniones en nuestras oficinas… también con el presidente Vizcarra y la Policía Nacional” [15/03/2019]. “Hay dos cosas bien claras: yo no trabajo nunca por redes sociales ni por encuestas, sino por la planificación”, resalta Muñoz al ser preguntado sobre la rápida popularidad alcanzada por el burgomaestre victoriano.

En todo caso de darse pulsiones lo que los limeños podrían esperar es, más que una confrontación tóxica, el surgimiento de una sana competencia. Veremos.

El contexto por supuesto es complicado. Y cierto es que no solo se enfrentan a los enjuagues entre mafias municipales y particulares que se nutrieron de la ilegalidad. También obró el pernicioso alcance a elementos policiales resistentes a los cambios.

De otro lado, un riesgo no menor está en satanizar o criminalizar de forma imprudente toda actividad informal. Tradicionalmente los conflictos vistos por todo el país al abordar el ‘fenómeno de la informalidad’ mostraron a agentes municipales [fiscalizadores y serenazgos] y policiales en choques, agravios y fuertes agresiones a madres –con sus niños en muchos casos–, ancianos, jóvenes ambulantes y microcomerciantes que hallaron en las calles un hábitat de subsistencia.

Nada más desacertado que ese tipo de intervención irracional que cierra de golpe válvulas de escape [sobre todo en las épocas vividas de hiperinflación y terrorismo] que de una u otra manera contienen además peligrosos procesos de radicalización política. Mucho más contraproducentes cuando se ejecutan por escozores ideológicos al generalizar estos esfuerzos minicapitalistas o capitalistas populares como fuente irreversible hasta de ‘incultura política’ y de ‘toda falta de civismo’. En todo caso deben verse como campos fértiles –ahí donde ni partidos ni organizaciones políticas sembraron con efectividad– para alentar y no forzar esas demandadas ‘virtudes’.

En esa línea ‘el problema de la informalidad’ no debe ‘combatirse’ o ‘derrotarse’ a toda costa. El reto está, dependiendo de las instancias, en ir reordenándola e ir reduciéndola [aquí se requiere otras decisiones macro que los especialistas han detallado con no poca evidencia] integrando a los ciudadanos informales a los diversos sistemas de mercado. Un proceso largo que tomó inició desde hace años [la gastronomía callejera pasó, por ejemplo, en muchísimos casos a formalizarse paulatinamente] y que pasa por rebajar las vallas que retan a la gente cuando tratan ‘con lo estatal’ a fin de desarrollar actividades económicas que reduzcan lo extralegal. Lo informal pues no debe ser visto como sinónimo de ilegalidad.

Retomando, intentar ampliar el alcance de intervención coordinada para reordenar de cierta manera la abrumadora informalidad le cae muy bien a Muñoz, más cuando se comienza a percibir cierto enfriamiento en su accionar capitalino. La frase, ‘mucho floro’, ha sido usada. Involucrar y cooperar con otros municipios puede ayudarlo a mostrar resultados más o menos inmediatos. Y acoplar esta operatividad para contrarrestar también la inseguridad ciudadana es hasta de sentido común. Mientras, a su vez, se materializan decisiones que vayan a mitigar los efectos de un caos vehicular que no solo ha colapsado el transporte, sino además las paciencias ciudadanas.

La gente como siempre espera más. Y el tiempo es vital en gestiones que solo duran cuatro años y que lidian con procesos internos de administración enmarañados y agentes ‘intocables’ y en descomposición, por decir lo menos.

Tanto Muñoz como Forsyth son políticos con obvias aspiraciones de mediano y largo plazo. Es legítimo que sus gestiones vayan precisamente a fortalecer sus posiciones. Pero poco sostendrán si permiten que se inocule el virus del enfrentamiento en sus procesos de avance y los compromisos asumidos con la población.

En ese sentido hoy, una suerte de rivalidad por el protagonismo puede entrampar la cooperación que se perfila en beneficio de la gente. Acostumbrados los peruanos a ver a sus liderazgos entrampados en conflagraciones interminables y a veces absurdas, se descuida ver que los acuerdos por resultados concretos son muchas veces más rentables, más propolíticos que impolíticos.

Hay que tener cautela en ver siempre al conflicto como motor ‘inevitable’ de las propias estrategias políticas, descontando de plano consensos, colaboraciones valiosas y mucho más productivas políticamente en pro de logros de los que todos, gobernantes y gobernados, pueden beneficiarse.





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