Odebrecht, hasta con los narcoterroristas

  • Fecha Lunes 14 de Enero del 2019
  • Fecha 4:47 pm

Parece haberse instalado, entre sectores de la opinión pública latinoamericana, la idea de que la megacorrupción transnacional brasileña –con Odebrecht como protagonista principal– solo comprometió a países cuyos gobiernos, burocracias y partidos políticos estuvieron en manos ‘de la derecha’. Nada más inexacto.

Cierto es que los derechistas adictos al mercantilismo tuvieron su cuota en la podredumbre que cundió por la región; pero una revisión rápida nos muestra cómo izquierdistas y hasta ‘centristas’ pudieron hacerse de las porciones más grandes de la torta en colusión con las empresas cariocas.

Que hoy estos sectores de latinoamericanos hayan sido empujados a culpar a las ‘derechas neoliberales’ como las preponderantes ‘generadoras’ –o, en el colmo, como las únicas– de la corrupción institucionalizada que cruzó fronteras, solo puede explicarse por el influjo de un izquierdismo al que influyentes medios y prensa mostraron abrumadora preferencia.

Otros sectores ciudadanos, en contraste, bien pueden haber percibido esa obvia inclinación. El triunfo de Duque en Colombia, pero sobre todo el de Bolsonaro en Brasil, pueden interpretarse de cierta manera como respuestas electorales a esa notoria preferencia y selectividad de la que hicieron y hacen gala las portadas y los contenidos de gran parte de los medios en la región. El hoy encarcelado Lula da Silva por ejemplo, gracias a la suavidad mediática, sigue siendo bolo ‘presidenciable’ y con un considerable apoyo de la gente: un verdadero ‘corrupto popular’. En Argentina la corrupción izquierdista del kirchnerismo, que era constantemente minimizada, tuvo mucho que ver con el ascenso del hoy gobernante macrismo de centroderecha como respuesta.

Los medios pues han jugado su partido. En cada país, vía un aplicado activismo político mostraron sus preferencias. Y como pico máximo, suelen constantemente advertir sobre ‘los riesgos de las ultraderechas’ en ruta al poder, pero se invisibiliza o subestima a las ultraizquierdas corruptoras y potencialmente dictatoriales. Notable.

La gente, por ejemplo, desconoce masivamente hasta ahora sobre los enjuagues de Odebrecht con los socialistas del chavismo. Ahí están los 70 millones de dólares que Odebrecht dio para las campañas de Chávez y Maduro en Venezuela. Cifra que deja chica a otras recibidas por políticos, incluyendo al Perú. La impunidad por supuesto está garantizada para la cúpula dictatorial, tanto como ocurrirá con el castrismo y las ‘financiadas’ obras –como el Puerto del Mariel– en Cuba.

En Colombia [donde en dos meses ya han muerto en extrañas circunstancias dos testigos claves del caso Lava Jato en ese país] las investigaciones amenazan con revelar los tentáculos de Odebrecht durante el gobierno del ‘centrista’ Juan Manuel Santos. Ni que decir de sus alcances –como los de OAS–  durante el izquierdismo bacheletista en Chile, el correísmo en Ecuador, el kirchnerismo en Argentina y el baúl de sorpresas que se resiste a ser abierto hasta ahora en la Bolivia del dictador Evo Morales.

Todos estos casos sin duda sirven para no pretender sentenciar que la corrupción es exclusiva de tal o cual ‘modelo’ o ideología, como con audacia se pretende encajarles a los mal llamados ‘modelos neoliberales’. De hecho el fenómeno es transversal a todo el espectro político, sin exclusividades.

Incluso hasta el extremismo político violento picó lo suyo. El mismo Marcelo Odebrecht, CEO de la empresa, reveló cómo dieron entre 50 mil y 100 mil dólares mensuales durante 20 años a las narcoterroristas FARC en Colombia. Sí, 20 años. Saque usted su cuenta. Esto para permitirles operar en los territorios que la ‘guerrilla’ controlaba. Todo un grupo armado narcoterrorista sin remilgos para financiar su lucha armada ‘anticapitalista’ a punta de dólares que aceitasen la revolución socialista que impulsaban desde los sesenta. Hoy este cartel del narcotráfico logró ser convertido en un ‘partido político’ legal –gracias al ‘acuerdo de paz’ santista– con asientos en el Congreso colombiano y en total impunidad.

Lo que sí parecen tener en común todas estas tramas que se volvieron transnacionales entre sectores públicos y privados, entre operadores y grupos legales e ilegales, es que fueron profundamente antiliberales. Lo dijo Rodrigo Janot en 2017, procurador general de la famosa Operación Lava Jato en Brasil: “Lava Jato es promercado”.

Así, el reconocido fiscal brasileño Janot –quien llegó a acusar a cinco presidentes en Brasil– resaltaba que las investigaciones que él comandaba no eran en estricto un ataque al capitalismo liberal propiamente dicho, sino contra el capitalismo ‘de compadres’, ‘de amigotes’: ese modus operandi que distorsiona la naturaleza competitiva, sin privilegios, que se dan en verdaderas economías de mercado.

Nada pues más antiliberal que ese trenzado que se da entre políticos, funcionarios públicos, burócratas estatales y mercantilistas que terminan por esquilmar los aportes de los contribuyentes privados vía el enjuague de las ‘obras públicas’. Odebrecht y otros fueron propulsores de esa venalidad sin importar el tinte político –legal o ilegal– del ‘amigote’ funcional del momento.





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