Carlos Rengifo de Fuegos y Coronelas
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En “El incandescente fuego de La Coronela” (Ed. Altazor), hay un marcado cuestionamiento de la protagonista a los roles tradicionales de lo femenino. Monta a caballo, es diestra en el uso de armas y viste de militar, en una época en que solo los hombres lo hacían. ¿Fue más ardua la construcción del personaje que en otros textos?

Como ya vengo trabajando al personaje femenino a lo largo de mis obras, este resultó muy particular, pues quería darle unos tintes reivindicatorios hacia la mujer, y Manuela Sáenz encajaba perfecto con mi intención: el hecho no solo de explorar la psicología femenina, sino también de ahondar en la valentía y el coraje del mal llamado sexo débil. La quiteña hizo lo que ninguna mujer pudo hacer en su época, arrogándose derechos y ventajas estrictamente masculinas, y esto la convirtió en una pionera de los arrestos y esfuerzos de muchas mujeres que luchan por igualarse al varón. En ese sentido, resalté esos valores férreos, aguerridos y también poéticos que algunas damas guardan, esconden, para no minimizar a su contraparte.

La mayor parte de la novela recorre momentos anteriores y posteriores a la fama de Sáenz como La Coronela, por su relación con Bolívar y su participación en las batallas emancipadoras en Junín y Ayacucho, brillantemente descritas en la novela. ¿Por qué te decidiste por esta elección narrativa en relación con la historia de Manuela Sáenz?

Aparte de los combates en el campo de batalla y de las cosas que realizó para ser considerada una prócer de la Independencia, deseaba mostrarla con sus fortalezas y debilidades, dejar sobre el tapete su lado luminoso, en el que se codeaba con los Libertadores y los altos militares, pero también el lado decadente, el del olvido, cuando acaba sus días en un pueblito piurano en condiciones paupérrimas. Mi idea no era escribir una novela épica, de grandes batallas, con héroes indestructibles, sino más bien una historia humanista, de sutiles episodios dramáticos, lejos de los arquetipos. Aquí muestro a una Manuela de carne y hueso, en la cúspide y en la derrota personal, en sus silencios y en sus gritos, y teniendo a Bolívar no como el protagonista sino como el amante que acompaña a la verdadera heroína.

La novela es como una versión paródica de nuestra historia presente, en la que los poderes fácticos, y la prensa entre ellos, satanizan a las fuerzas del cambio bolivarianas. ¿Consideras que después de 200 años de república vivimos un ‘déjà vu’ en política?

Sí, la historia con sus respectivas variables se repite. Todo es cíclico, las mareas se alejan y retornan al mismo lugar. Las pasiones, los odios, las ambiciones y los prejuicios humanos no cambian, sea la época que sea. En lo político es lo mismo.

Tus últimas novelas suponen un trabajo de investigación sin caer en el biografismo (Borges, Joplin), esta última está en esa línea. ¿Las consideras tus novelas más logradas o un giro en tu narrativa?

Son las que más trabajo me han costado, ya que he debido investigar y empaparme de la época, el personaje, las costumbres e idiosincrasia de lo que debía contarse, y en efecto, pertenecen a una etapa en la que mi trabajo literario podría decirse que alcanza un nivel superior a mis libros anteriores. Esta novela se hermana con «El jardín de la doncella», en el que también tuve que hacer un arduo trabajo de exploración para mostrar un fresco histórico con lenguaje poético.

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