Diandra García, poeta trujillana: «Son las ausencias las que me conducen a la escritura»

Trae poemas que hacen que el corazón se acomode y salga de su escondite; llega por mensajería rápida, en caballito de totora, con destinatario desconocido porque ahora pertenecen a quien los lee.


Diandra García es bachiller en Ciencias de la Comunicación (UPAO), estudiante de literatura hispánica (PUCP). Periodista en el medio digital La Antígona. Ha publicado el libro de cuentos Nombres para el desamor (Dendro, 2023).

Registros atávicos fue presentado en la Feria Internacional del Libro de la Libertad y se presentará próximamente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBO).

¡Felicitaciones por tu nuevo libro, Diandra! ¿Desde cuándo estás vinculada a la poesía?

Empecé a escribir poemas, o lo que yo consideraba “poemas”, a los seis años. Creo que mi aproximación más seria, más entendida de su gravedad, fue a los diecinueve. Traía más lecturas conmigo, y esta carga emotiva a punto de estallar en algún papel. Fue un momento decisivo, sobre todo cuando recité mi primer poema en la calle. Sentí que quería hacer eso hasta que muera. Los primeros textos de Registros atávicos se remontan a esos años, 2019 y 2020.

Cuéntanos el secreto para escribir poesía.

Que me lo cuenten a mí porque, la verdad, lo desconozco. Cuando escribo, procuro partir de la admisión del secreto. Escribir porque algo siempre será imposible de decir. La literatura se alimenta de la proximidad con el secreto, pero no creo que en ningún caso lo devele. Más bien, nos acerca a nosotros también, los lectores.

Llegas con tu voz fresca como reafirmando la presencia de voces jóvenes en las letras, ¿lo ves así?

Creo que esa presencia no necesita que la reafirmen. He recitado con poetas más jóvenes que yo, así como de mi edad o mayores. En todo caso, sé que pertenezco implícitamente a un grupo de escritores, y escritoras si quiero ser más específica, que habla desde puntos comunes, como los antepasados, la ciudad, el amor.

Tus poemas son testimonio de parte, ¿verdad?

Quizá. Hay una personalidad hablando, un sujeto poético femenino, feminista, joven, trujillano. Hay una pretensión de conservar sus fechas y sus voces. La voz, después de todo, no puede dejar de ser testimonial. Yo he recurrido a la forma del diario, al menos como concepto. Está la idea de “registrar” algo para que permanezca, pero a la vez permanecer consciente de que aquello viene diciéndose antes de ti, que eres una acumulación de herencias. Lo testimonial, lo que rescatan los ojos, es poderoso. Yo sentí un escalofrío la primera vez que leí Ese puerto existe, de Blanca Varela. Sentí el nombre de puerto Supe como si estuviera impreso en mis memorias también.

¿Registros atávicos expresa aferrarse al pueblo, a la familia o ti misma?

No tenía una noción clara de ninguno de ellos al comenzar Registros. Si hay un pueblo en el libro, es una extensión familiar, un Trujillo que es madre, padre, tía, abuela. Y definitivamente hay manotazos procurando aferrarse a eso, a mi ciudad natal. Pero, a su vez, a los recuerdos, la familia y la yo que contienen.

La lectura de tus poemas, además deja la sensación que te preocupa lo desconocido, ¿es así?

Sí, es lo que comentaba sobre el secreto. Me preocupan los significados marginales, aquello que se renuncia a decir, aquello que es imposible de decir. Hace poco, me pregunté si mi decisión de estudiar literatura surgió de un auténtico amor a las letras o de que, desde la infancia, he estado enamorada de una ausencia. Creo que son las ausencias las que me conducen a la escritura. En la poesía, he empezado con un proyecto muy mío, casi hermano de Nombres para un desamor (mi primer libro, que es de narrativa). Comparten la ausencia del padre, del amante, del yo. Me gusta explorar a partir de allí. De la huella reminiscente, de lo que falta.

Si extendieras la línea de tiempo de tu trabajo poético, ¿cómo te ves de aquí a algunos años?

Tengo intereses que reconciliar todavía. Quiero escribir con una voz incluso más política. Quiero, también, abordar el amor, un tema tan trillado que no hablarlo supone una resistencia. No me quiero resistir. Quiero sumergirme en lo que el texto desea que diga. Por lo general, eso pasa cuando escribo. Me rindo a lo que las palabras necesitan de mí para tener significado. Me gustaría también afinar mi lectura poética y mi trabajo académico sobre la poesía. Cuando leo poemas, me es difícil abandonar el sentimiento placentero de que has entendido todo, aunque no hayas descifrado nada. En los próximos años, quiero descifrar también, pese a que me duele. Es como una luz directa que apunta a la vista. Y creo que hablar del futuro me lanza a esa misma sensación, a esa luz. Así que, por ahora, elijo mantener el secreto.

Por Sixto Sarmiento

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