“La Gran Estación” de  Verónica Chú Saavedra
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Verónica Chú Saavedra ha publicado cuatro libros. Tres novelas y un texto para niños. Nos detendremos en su última novela: “La gran estación”, una historia que tiene la profundidad de los aguafuertes. Sorprendido aún por la forma como ha logrado dosificar el dolor en 208 páginas, me pregunto si acaso el realismo de sus descripciones son una marca propia de los escritores de este siglo o un elemento necesario para reafirmar una voz que ha venido creciendo durante la última década.

-¿Por qué decidiste crear un espacio para los acontecimientos de “La Gran Estación”? ¿No era suficiente el mundo real?

Cuando el mundo real no es suficiente nos queda la fantasía, los miles de espacios que nuestro cerebro es capaz de recrear. A los personajes les quise brindar una oportunidad, que quizá me la quise brindar a mí misma, porque cómo poder conciliar el sueño sabiendo que perteneces a una humanidad cruel y despiadada.

-Te pregunto porque los crímenes que narras de verdad sucedieron. ¿Cómo hiciste para separar al testigo que pudo quebrarse con ellos, por qué los necesitaba la narradora, cuál fue tu pretensión?

 El abordar el maltrato infantil periodísticamente o a nivel literario, estuvo presente desde que escuché por primera vez la palabra “monstruo” cuando niña y la utilizaban los adultos para referirse a violadores, asesinos. Esa palabra me sacaba de contexto ya que la imagen de los monstruos en mi cabeza eran “Drácula”, “Frankenstein”, por citarte algunos, jamás una persona de carne y hueso y mucho menos que esa persona tan normal físicamente, tan común, sea parte de la familia de la víctima. Cuando decidí incursionar en la literatura ese acopio de crímenes ya estaba escrito en mi cabeza. Me comprometí en hacer algo. Intentar que la sociedad deje de ser indiferente ante tanta perversidad. El tema era cómo presentarlo para no herir susceptibilidades  y a la vez interpelar al lector, sacudirlo a través de los testimonios de los personajes. Plantearle que si esta ficción es capaz de incomodarlo, de perturbarlo, imaginarse la ferocidad de la realidad. A veces vemos las noticias, y nuestro horror dura lo que dura un diario, un ‘post’ en internet, una foto en Facebook, en Twitter. Nuestro horror es el periódico de ayer, y continuamos con nuestras vidas como si nada pasara.

-Me interesa porque no tenemos una tradición de mujeres que hayan acudido a esos extremos de violencia para organizar un corpus narrativo. ¿Quiénes son tus antecedentes?

El arte en sus diferentes formas, para mí, es asexuado. Cuando leo un libro, un poema, escucho música, aprecio una pintura, un mural o una fotografía, entre otras manifestaciones artísticas, trato de involucrarme en el contenido, rescatar el mensaje, o simplemente disfrutar, pocas veces me planteo si es autor o autora. Con el arte no necesitas aferrarte a un género. El arte es libertad, no debe encasillar. Sobre mis antecedentes, no teniendo esa tradición de la que hablas, es la propia vida, los hechos que me hacen rabiar, lo que me perturba y no me deja dormir.

-¿Qué espera Verónica Chú Saavedra de su literatura?

El escritor y editor Willy del Pozo tituló una entrevista que me hizo: “Literatura que perturba y encandila”. Espero continuar por ese camino: incomodar, sacar al lector de su zona de confort.

-¿Qué opinión te merece la crítica literaria?

Escribo porque si no lo hago mi vida no tendría sentido. Publico para que me lean. La opinión de un crítico es importante, son los expertos, los doctores en Literatura quienes utilizan su conocimiento y criterio para orientar y recomendar los libros que no debemos dejar de leer. La palabra del crítico es la que incentiva a comprar tal o cual libro. Ese es el ideal, lo que uno espera. Pero aquí en el Perú luego de ver ignorados a muchos autores, la frase acuñada por Luis Miró Quesada de la Guerra sobre el periodismo, encaja perfectamente en el ejercicio de la crítica literaria: “Puede ser la más noble de las profesiones o el más vil de los oficios”.

Obra

La autora nació en Lima. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNFV. Ha publicado las novelas “Los hijos de Eva” (2010), “Plantita” (2015) y el relato infantil “Rayas y la gatita carbonera” (2016).

Autora tenía un conflicto al referirse a los monstruos

Cuando de niña escuchó la palabra “monstruo”, para referirse a violadores, asesinos, era un expresión que la sacaba de contexto ya que la imagen de los monstruos en su cabeza eran “Drácula” y “Frankenstein”, por citar a algunos, jamás una persona de carne y hueso.

Por: Harold Alva