Ricardo Musse Carrasco: «Dios sostiene mis debilidades verbales»

Nació en el Callao en 1971 pero vive desde hace más de cuarenta años en Sullana. Como afirma Cosme Saavedra, “la poesía musseana pretende ‘una metáfora sin metáforas’, se presenta desnuda, rabiosa, para causar estragos e inyectarle un atrevido flujo de cotidianidad a la poética apacible y edulcorada de siempre”.

Por Houdini Guerrero

“Te fuiste Sirodima como los sueños descartables/como la huella dócil de mis pensamientos/te fuiste Sirodima, te fuiste…” ¿Qué perdió y que ganó Ricardo Musse Carrasco cuando empezó a escribir poesía y cómo fue su acercamiento a ella?

Cuando me asomé -sin premeditármelo y, de algún modo, azarosamente- hacia la revelación poética intuí que, indefectiblemente y nunca más, avizoraría la realidad huérfana de alegorías y trascendencias. Antes me encontraba instalado en esa literalidad que cubre cotidianamente a los transeúntes que comparten este finito periplo vital.

Hace treinta y dos años, cuando estuve, por varios meses, enclaustrado en mi cuarto desguarnecido, calándome los huesos los vientos nocturnos, a causa de crónicas dolencias gástricas, empuñé -un día del cual tengo ya el recuerdo- un desgastado lápiz y una hoja con torcidos renglones y -casi sin querer queriendo- comencé a excretar residuos retóricos que, descompaginándose discursivamente, desembocaron en la configuración de mi opera prima nominada “Sirodima” (1990).

¿Qué importancia, dentro de tu obra poética, tiene tu círculo familiar, especialmente tu abuela, mencionada constantemente en tus versos?

Estuve cercado -durante mi niñez y adolescencia- por un hermetismo; me rememoro merodeando -siempre- recovecos deshabitados, pletóricos de silencios que descifraban los pentagramas ensordecidos por las ausencias de mi genealogía. Estaba aposentado entonces en la neblinosa Lima -a los 16 años recalé, recién, hacia la incandescente comarca de los tallanes- y, religiosamente, como una aparición que eclipsaba, por un momento, la introspección de saberse poblado de irreversibles ensimismamientos, se asomaba, hacia mi anónimo corazón, mi abuela paterna. El énfasis de su presencia ha sobrevivido en mis desmemoriados latidos. Cuando se iba, dejaba ese rastro misterioso que se ha impregnado en mis versos que, ilusamente, pretenden recuperar lo no vivido: unas inexistentes voces que seguirán acompasando mi amurallada soledad.

En “Cinematografía de una adolescencia” (2006), te preguntas: “¿Por qué no nos sirve de nada esta contundente resistencia contra la niebla?”. Te pregunto, ¿es que acaso la poesía se cae y hace pedazos cuando se confronta con la realidad?, ¿qué significa la poesía para ti?

Lo que hace el poeta, al materializar versos, es propiciar que la poesía, que por su naturaleza es incorpórea y difuminante, al mismo tiempo se encarne y se concretice, esto es, se humanice; dado que la despojamos -por un instante- de su intacta condición para que -adherida e inmiscuida en la palabra- experimente los efectos ineludibles de la entropía existencial. Ergo, la poesía es entonces esa inmaterialidad que se patentiza, precisamente, por la intencionalidad hacedora del poeta.

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