La izquierda y el zarpazo radical
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En la física como en la política, los vacíos se llenan. Pero quien los llena no necesariamente es el más atinado y comprometido con el desarrollo del país. El mayor riesgo que corre el Perú es que la calle la ganen los radicales de izquierda, sea cual fuere el pelaje que tengan (senderista, antaurista, antiminero, rosado, caviar, goyista, etc.).

Lo peor es que de consuno, cada grupo de la sempiterna izquierda atomizada, encienda sus plataformas y sus feudos con el objetivo de realizar paralizaciones demagógicas y golpistas, haciéndole el juego a la corrupción de Odebrecht y sus consorciadas en el país.

Lamentablemente otra vez en nuestra historia política la izquierda variopinta se aprovecha de la debilidad del gobierno nacional y de un Parlamento sumido en la anomia. Así, los que ganarán al final serían los extremistas. Por eso urge hacer un llamado a las autoridades y a los políticos más caracterizados, aquellos no contaminados por la corrupción, para que asuman un liderazgo real y con resultados en favor de la estabilidad política y económica del país.

Señores, aquellos que acaso se están dejando influenciar por los agitadores y fundamentalistas del nacionalismo trasnochado, reaccionen para bien, para evitar la repetición del desgobierno pasado, como durante el velascato en los setenta del siglo XX, o durante la chata gestión municipal de la izquierdista Susana Villarán, o durante la presidencia de Ollanta Humala, que le dejaron al país una costosa factura.

Ahí están los hechos y las realidades, ahí están la historia económica y las estadísticas que demuestran que durante los períodos de gobierno nacional o local de la zurda nativa, los ratios de la economía en materia de producción, productividad, creación de empleo y presión tributaria cayeron, sumiendo a nuestra nación en el subdesarrollo y la desesperanza.

Lamentablemente son los mismos dirigentes radicales los que ahora vienen creando las condiciones para darle un zarpazo a la democracia, y gracias a la pasividad del Ejecutivo y del Parlamento, a sus infantilismos y engreimientos; y esos son los agitadores que creen que con una nueva asamblea constituyente se va a solucionar todo como por arte de magia. Que quede claro que el tema no pasa por dar una Constitución. Por lo contrario, jugar a una nueva constituyente puede resultar más caro para el país.

Una renovación política no pasa necesariamente por una nueva Constitución sino por el fortalecimiento institucional dentro de los mecanismos legales vigentes. Esta es la salida real, el no caer en los discursos para la platea ni en las medidas populistas, sino fundamentalmente de lo que se trata es de ser más proactivos, y para ello se necesita el concurso de buenos dirigentes políticos, del empresariado y de la prensa responsable para rechazar paros nacionales, uno de los cuales ya se postula para el 28 de noviembre.

El derrotero es luchar y vencer a la corrupción, pero sin caer en las fauces del senderismo o del etnonacionalismo que tienen las manos manchadas de sangre de muchos inocentes.