Javier Díaz Orihuela: “El manguerazo recuerda el triunfo de la libertad”

  • Fecha Sábado 1 de Junio del 2019
  • Fecha 8:54 am



El 1 de junio de 1956 ocurrió uno de los hechos más importantes que hayan marcado la vida de un partido político en el Perú. Ese día, Fernando Belaunde Terry, acompañado de miles de jóvenes marchó por las calles exigiendo su inscripción como candidato presidencial.

La marcha fue disuelta violentamente y el candidato fue rociado con violencia por el Rochabus, el carro rompemanifestaciones del régimen del general Odría.

Nacía así el célebre “Manguerazo” que encumbró a Belaunde en todo el país. Entre los jóvenes entusiastas que siguieron esa tarde al arquitecto, estaba Javier Díaz Orihuela, estudiante de ingeniería civil, un joven de 23 años de edad. Aquí su testimonio de esa jornada política, ocurrida un día como hoy, hace 63 años.

¿Qué cualidades le vieron en ese momento al arquitecto para ungirlo como candidato?

Había sido diputado durante el gobierno de José Luis Bustamente y Rivero. Era un profesional muy connotado en Lima, con educación en el Perú, Francia y Estados Unidos. Además era editor de la revista El Arquitecto Peruano donde esbozaba ideas interesantes sobre el desarrollo del Perú. En esos momentos, yo era estudiante de Ingeniría Civil de la UNI.

¿Cómo recuerda los hechos del primero de junio de 1956?

Belaunde estaba por esos días en Trujillo con Julio César Quintanilla. Allí tomaron un hotel. Belaunde en el primer piso y Quintanilla en el segundo. Pero, se enteran que personas de civil habían indagado por Belaunde y cambian de habitación. Al día siguiente llegó uno de los hermanos Terry y le comunicó a Belaunde que en Lima el JNE integrado por Temístocles Rocha, Lincoln Pinzas y César Lengua, designados por Odría, rechazarían su inscripción presidencial.

¿Qué hizo el arquitecto?, ¿volvió inmediatamante a Lima?

Belaunde decidió seguir su ruta a Cajamarca donde Javier Alva Orlandini venía preparando un mitin. Llegó en avión. Hizo el mitin. Luego le ofrecieron un banquete que no terminaba nunca. Belaunde anunció que continuaba la gira por el norte. Subió a su Mercury amarillo con Javier Alva y se fueron. En el camino, el arquitecto cambió de carro y enrumbó a Lima. La policía lo buscaba. Pero él burló todos los controles y llegó a la capital como a las seis de la tarde.

Mientras tanto, ustedes habían convocado a un mitin en Lima.

En efecto, el punto de concentración era la avenida La Colmena con la calle Tarapacá, al costado de lo que es hoy la Universidad Federico Villarreal. Allí quedaba la casa política. Belaunde pronunció un discurso vibrante y pidió que lo acompañáramos por Colmena a la Plaza San Martín. Al llegar a la Plaza San Martín, Belaunde hizo un gesto con la bandera peruana en dirección al Jirón de la Unión.

Fue Belaunde, entonces, quién los condujo a lo que sería el célebre Manguerazo.

Los muchachos de la universidad hicieron un círculo. Al centro estaba Belaunde. Manuel Velarde Aspíllaga —el hermano de Javier, que era un hombre muy fuerte—, lo cargó en hombros. Avanzamos por el Jirón de la Unión y del balcón del Diario La Prensa comenzaron a aplaudir y fue entonces que vimos a una chica muy guapa que arrojaba papelitos.

¿Violeta Correa, la periodista del Diario La Prensa?

¡Era Violeta Correa! ¡Estaba en el balcón de La Prensa! Arrojaba papelitos, identificándose con la causa. Belaunde estaba al centro del círculo de estudiantes. Yo estaba en un costado. Atrás venía una multitud. Salto para ver hacia adelante y veo unos hombres con máscaras en los rostros y tubos. Nunca había visto eso. ¿Qué era? ¡Máscaras antigases!

Los atacaron con gases y agua.

Fue un ataque espantoso. Escuché balazos. Chorros de agua. El agua nos tumbó a todos. Belaunde había desaparecido de mi vista. Estaba en el suelo. Hubo un desconcierto terrible. Escuché entonces que uno de los hermanos Salazar Bondy decía: “¡A San Martín, a San Martín!”. Pero la gente que venía de San Martín nos empujaba hacia Palacio de Gobierno. Derrepente, Belaunde aparece colgado de unas rejas y mantiene a la gente. Contuvo a todos. Allí es donde, después de unos momentos, Belaunde pide que lo dejen caminar solo y encara al comandante Marroquín. Allí está esa célebre fotografía que grafica ese momento.

¿Qué paso cuando se cumplió la media hora?

Nuevamente hubo un choque muy violento. Ya para entonces había manifestaciones de protesta y conatos de bronca en diferentes lugares de Lima que la policía no podía contener. Al final regresamos a la casa política. El grupo más cercano lo acompañaba y allí Belaunde toma la decisión y dice: “¡Vamos a Arequipa!”. A levantar al pueblo de Arequipa. Nos preparábamos para irnos a Arequipa, cuando derrepente suena el teléfono. Sonaba y sonaba y nadie le hacía caso.

Lo que usted cuenta parece una película que, además, la vive con intensidad.

Sonaba tanto que a alguien se le ocurre levantar la bocina. “Habla Alfonso Grados, quiero hablar con el arquitecto Belaunde”. ¿Alfonso Grados? ¿Quién era Alfonso Grados? No lo conocían. Si hubiera dicho Toribio Gol seguro todos reparaban en él. “Alfonso Grados Bertorini del Diario La Prensa”, dijo casi desesperado. “Páseme con el arquitecto Belaunde”. Le pasan el teléfono y Alfonso Grados le comenta que tenía en la mano la resolución del JNE inscribiendo su candidatura. Imaginará la algarabía. Fue fantástico. Allí prendió su candidatura.

Finalmente, ¿qué lección le deja al pueblo peruano El Ultimátum de La Merced?

Una lección de civismo. Prevalecieron las ideas de un hombre que amó y respetó la libertad, la democracia y cultivó -tanto en público como en privado-, la virtud de la honradez.

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