Rafael Belaunde Aubry: “Mi padre trasciende la política; él fue un pensador, un amante del país” [ENTREVISTA]

    Rodeado de recuerdos de su padre Fernando Belaunde, Rafael Belaunde Aubry nos recibe en su casa para hacer memoria, desde el calor de la familia, de un hombre que los peruanos conocemos en diversas facetas, y que él, como hijo, tuvo el privilegio de conocer y querer en su parte más humana, la de padre.

    • Fecha Lunes 10 de Junio del 2019
    • Fecha 4:00 am



    Conocemos mucho al Belaunde político, al Belaunde estadista. ¿Qué recuerdos tiene del Belaunde padre?

    Desde muy niño mis recuerdos se asocian a la política. Uno de los más antiguos recuerdos que tengo es del alboroto que se hizo en la casa de Inca Rípac, Jesús María, el 1 de junio de 1956. Tenía 8 años. Llegaron muchos de los manifestantes y comentaban lo que pasaron en la refriega. Felícitas, una mujer jaujina que había ayudado mucho en nuestra crianza, había perdido un zapato en esa batalla.

    ¿Y cómo era en casa? ¿Qué le gustaba hacer con ustedes, sus hijos?

    Era muy cariñoso. Y muy bromista. La gente desconoce esta faceta muy bromista de mi padre.

    Cuéntenos algunas de las bromas que le gustaba gastar.

    Por ejemplo, de niños nos llevaba a la playa La Herradura. Cuando regresábamos siempre nos hacía la misma proposición. Nos decía: “Si quieren los llevo ´a ver´ tomar helados en el Tip Top”. Y todo el camino era rogarle a que nos llevara no solo a ver, sino a tomar helados. Ya cuando llegábamos al Tip Top, ya lo habíamos convencido y nos íbamos a la casa. En una oportunidad nos llevó a acampar a Puerto Fiel. Le gustaba mucho el campo, la playa, los ambientes exteriores. Y tenía, en realidad, espacio para todo, no solo para la política.

    Algún otro recuerdo que se le venga a la memoria.

    Un día llego a la casa y encuentro a mi padre con un profesor de esgrima del Long Tenis, ejercitándose, lo cual me pareció muy extraño. Esa extrañeza se disipó una madrugada, cuando un bullicio me despertó y mi hermano me contó que se batiría esa mañana, al primer canto del gallo, como estipulaba el Manual de la época. Me quedé despierto esperando que llegara. Finalmente, llegó y pude ver cuando le hacían las curaciones. En realidad, estaba muy satisfecho porque también había podido propiciar algunos cortes al contrincante.

    Ellos llegaron luego a amistarse, ¿verdad?

    Muchos años después fui a la inauguración del puente Colombia sobre el río Huallaga y me encontré con don Eduardo Watson Cisner, quien, en efecto, desarrolló luego una buena amistad con mi padre.

    Otra lección más de Belaunde: no guardar rencores para siempre.

    Ambos eran muy conscientes de la importancia del desarrollo de la selva alta. La posibilidad de convertir esa región del Perú en una zona que ayude a los campesinos desposeídos y los convierta en legítimos propietarios de esas tierras. De manera que, un tema de mutuo interés, terminó acercándolos. Yo mismo, hoy en día, soy amigo de los hijos e hijas de Eduardo Watson.

    Sus recuerdos personales, familiares, se imbrican con la política.

    En el año 63 mi padre quería visitar todas las capitales departamentales que no tenían acceso carretero. Uno de los grandes temas del Perú es su falta de integración física, además de su desintegración cultural. Mi padre decía que para ser un gran Perú necesitábamos interconectarnos, entonces, decidió visitar todas las capitales departamentales. Una de ellas, estaba cerca de Lima: Cajatambo.

    Usted acompañó a su padre a Cajatambo.

    Fuimos a Oyón por carretera. De allí tomamos caballos, luego remontamos una cuesta. Y en la puna, comenzando el descenso al valle del río Pativilca, encontramos un pequeño minero que nos recibió muy amablemente, nos dio de almorzar. Y a mi me regaló una muestra de galena, un mineral de plomo, con cristales de cuarzo y plata. Una cosa muy bonita que yo atesoré hasta el 3 de octubre de 1968, cuando el desalojo que sufrimos con el golpe nos hizo perder ese tipo de efectos personales.

    Quizás en razón de ese tesoro que perdió, usted se convirtió luego en ingeniero minero y geólogo

    ¡Era mi talismán! Esos viajes con mi padre por el Perú despertaron en mi ese amor a la geología y la geografía.

    Ahora que recuerda el golpe del 68, ¿cómo vivieron la etapa del destierro?

    Acompañé a mi padre a Buenos Aires. El 3 de octubre el fue desterrado. Salió como a las 7 de la mañana. Ese mismo día le seguí los pasos y partí a Buenos Aires. Le llevé 150 dólares que mis tíos y sus amigos habían juntado. A los pocos días, llegó Federico Uranga que había sido ministro de Agricultura por algunas horas —desde el mediodía del 2 de octubre hasta la madrugada del día 3, cuando se produjo el golpe—, y él le llevó otra pequeña cantidad de dinero para ayudarlo. Y con eso estuvimos en Buenos Aires unos días hasta que nos botaron.

    ¿Los botaron?

    Había un gobierno militar en Argentina y nos expulsaron. Terminamos, finalmente, en Nueva York. Allí recibió una llamada de un amigo, Josep Lluís Sert, un arquitecto catalán republicano que había estado en el Perú cuando mi padre estuvo en la Junta de la Vivienda, traído precisamente por mi padre. El arquitecto Sert tuvo la generosidad de contratar a Fernando Belaunde como profesor visitante en Boston, de manera que nos mudamos a esa ciudad.

    ¿Cómo fueron esos primeros años en Boston?

    Alquilamos un pequeño departamento y vivimos unos meses, primero solos, después llegó mi hermana que trabajaba en México, renunció y fue a vivir con nosotros. Y al año y medio o dos años después, mi padre se casó con Violeta. No entrábamos tantos en el departamento, de manera que yo me mudé a la universidad. Y durante todo su destierro pasé las vacaciones con él. Luego, me mudé a Arizona a otra universidad dedicada a la geología minera e iba a Washington a visitarlo cuando él se mudó para allá.

    Pese a los vaivenes de la vida y la política estuvo siempre cerca a su padre.

    Siempre he estado muy cerca a mi padre, pero los contactos se acentuaban particularmente en las épocas en las que él no estaba muy cercano al poder. Ya cuando estaba cercano al poder, yo, por el contrario,  me he dedicado más a mis tareas profesionales.

    ¿Y cómo le gustaría que el Perú recuerde a Belaunde?

    A mi padre no hay que verlo solo en su faceta política. El fue un pensador del Perú. Comprendía que el Perú tenía dos raíces culturales que era necesario complementar. El recuerdo y homenaje debe ser no solo al político, sino a un estudioso del Perú, a un amante del Perú, a un profesor que entregó su vida a la docencia.








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