Sophía Yánez: «La poesía es la partitura de la existencia»

Presentó poemario «Ejercicios de levedad».

Por Carlos Rosales Purizaca

Sophía Yánez es una poeta ecuatoriana estadounidense que alterna su vida entre Lima y Quito. Es docente de la Universidad Central del Ecuador y cabeza del colectivo Durga Andina.

Ha publicado diez poemarios: En línea girasolar, Tingshas, Poemas de paso peruano, En Shanghai los pájaros son mutuos, Puerto de Hayu Marka, Cuerpo libre, El sonido de la pureza, Patria de agua, The Zucco Stage y recientemente en Lima presentó Ejercicios de Levedad. Varios de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés y portugués. En esta entrevista hurga en los hilos más profundo del espíritu humano y cómo la poesía nos reinventa en medio del abandono.

Al inicio cuentas que este libro nació fruto de la reflexión sobre los pesos que son capaces de levantar las mujeres, ¿se trata de un homenaje a la resiliencia femenina?

Mi último poemario no fue pensado como un discurso a favor de la resiliencia de la mujer. Más bien, es un producto de mi resiliencia que se alinea, por esas cosas de las sincronicidades o del azar del universo, con un momento histórico para el Ecuador. Me refiero al momento en que Dájomes trae la primera medalla de oro olímpica en el levantamiento de pesas femenino. Al ver las imágenes de su momento crucial, me puse a pensar en que la sola existencia de un ser humano es el continuo arte de comprender la fuerza de la gravedad y los condicionamientos materiales y volverlos leves para el espíritu. Quizás más bien pensaríamos en los egipcios y la balanza donde se pesa el alma de los muertos contra una pluma. En resumen, la resiliencia es fruto de comprender la poética de la existencia. Solo entonces estamos verdaderamente vivos y vivir de acuerdo a esto nos lleva a un ejercicio de levedad.

¿Con qué piel solemos revestirnos en este mundo lleno de etiquetas?

Es necesario hallar la piel de luz que está presente en la piel de todos los días. Desde ahí nos construimos y es posible escucharnos más allá de las exigencias y condicionamientos sociales. Si algo cambió la pandemia, debería estar ligado a la capacidad de trascender los lugares mezquinos de representación del mundo: la escritura, el trabajo con las imágenes, todo lo que conlleva el trabajo del espíritu en comprender que su naturaleza es la levedad y no la pesadumbre, nos llevan más allá del mundo de las apariencias o «velo de Maya» como lo llamaban los hindúes. Las etiquetas son muchas veces epitafios para contenidos más hondos que nos negamos a ver. Nos negamos esta posibilidad porque es más cómodo y nos da más seguridad caer o vivir de lugares comunes, prejuicios y condicionamientos. Pero esa no es la verdadera vocación de un espíritu que se comprende a sí mismo y ama.

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