Día de la Canción Criolla: las tradiciones de mi tierra

La OEA declaró a Augusto Polo Campos, Arturo 'Zambo' Cavero, Óscar Avilés, Luis Abanto Morales y Jesús Vásquez patrimonios artísticos de América el 3 de junio de 1987.


Todos los 31 de octubre se celebra el Día de la Canción Criolla, promulgada en 1944 por el expresidente Manuel Prado Ugarteche. Este día se celebra con música en callejones, casas, peñas criollas, colegios, la esquina y el barrio.

El criollismo en Hispanoamérica, como movimiento asociado a las letras nacionales, surgió a fines del siglo XIX, en medio de un menosprecio generalizado por el mundo campesino y una tendencia a privilegiar la ciudad como centro de desarrollo de las nacientes repúblicas de la región.

El criollismo es una corriente literaria que surge en la última década del siglo XIX y se extiende hasta 1929. Fue la literatura regionalista de afirmación cultural mediante la cual los escritores americanos de habla hispana representaron la singularidad étnica, fáunica, vegetal y geográfica de sus países en una época en la cual las nuevas naciones celebraban el primer siglo de su independencia. “El criollismo es una manera de vida popular, surgida a partir de la síncresis de las costumbres europeas llegadas a América, desde España, Portugal, Francia o Inglaterra, que se mezclaron con las culturas autóctonas. Criollos son también los descendientes de europeos o africanos nacidos en este continente”.

Nace el criollismo

El 31 de octubre, se celebra en nuestro país el tradicional Día de la Canción Criolla. Esta fecha fue instituida en 1944 por el presidente Manuel Prado Ugarteche, como un reconocimiento a un género musical que entonces estaba adquiriendo gran popularidad. Según los historiadores, la iniciativa fue de Manuel Carrera, presidente del centro musical Carlos A. Saco. Esa primera celebración del Día de la Canción Criolla consistió en una serenata realizada ese 31 de octubre, en la Plazuela Buenos Aires (en Barrios Altos), en el jirón Huánuco (entre los jirones Cusco y Miroquesada), y que se inició a las nueve de la noche. Se presentaron glorias del criollismo como La Limeñita y Ascoy, el dúo Romero – Monteverde, y Máximo Garrido, entre otros artistas.

Sin embargo ese 1944 fue solo un año “intermedio” en la historia de esta música tan nuestra. Sus orígenes se remontan a las primeras décadas del siglo XX, cuando los intérpretes limeños comenzaron a fusionar elementos musicales tan disímiles como el vals vienés, la jota española, las melodías prehispánicas peruanas y los ritmos afroamericanos. Así surgió un género netamente urbano y limeño, con canciones que solían interpretarse en las retretas y festividades populares, al principio por dúos conformados por un cantante y un guitarrista. El más famoso de ellos fue el de Montes y Manrique: el cantante Eduardo Montes (1874-1939) y el guitarrista César Augusto Manrique (1878-1966). Ellos serían las primeras “estrellas del criollismo”, a tal punto que en 1911 viajaron a Nueva York (Estados Unidos) a grabar (182 canciones), de las cuales apenas se conservan unas treinta.

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El 15 de enero de 1913, se editó en La Prensa la nota ‘El arte popular’ firmado por el ‘Joven X’, uno de los seudónimos utilizados por Leónidas Yerovi Douat, en el que consignaba el surgimiento de los noveles cantantes Eduardo Montes y César Augusto Manrique, pioneros en la grabación de discos. Los años de apogeo del criollismo musical fueron las décadas de 1940 y 1950, y parte de los años 60.

Estos músicos, nacidos en Barrios Altos, lo hicieron para la casa Columbia Phonograph & Company de Estados Unidos bajo el nombre artístico de Montes y Manrique.

La guardia vieja

A esa primera generación de “fundadores” de la música criolla -la llamada “Guardia Vieja”- seguiría otra de autores ‘clásicos’, encabezada sin lugar a dudas por Felipe Pinglo Alva (1899-1936). Ya el “criollismo” se había desarrollado como una expresión cultural netamente limeña, con sus jaranas y vida bohemia, lo que se ve reflejado en la accidentada vida de Pinglo, quien murió muy joven, a los 36 años de edad. Sin embargo, nos dejó algunos de los valses más entrañables: “El plebeyo”, “El huerto de mi amada”, “El espejo de mi vida”, “Hermelinda”, etc. Y es recién a partir del impulso que le dio Pinglo que la música criolla comienza a trascender los tradicionales barrios limeños del Rímac y Barrios Altos, con intérpretes como Filomeno Ormeño, Las Limeñitas, Lorenzo Humberto Sotomayor y Los Morochucos, grupo en el que debutó el joven guitarrista Oscar Avilés.

Los años cuarenta y cincuenta serían los del apogeo del criollismo, con grupos como Los Embajadores Criollos, con la primera voz de Rómulo Varillas. Y ese apogeo se dio en simultáneo con la época de oro de la radio (1940-1956), por lo que la música criolla alcanzó una difusión masiva sin precedentes. Fueron cantantes criollos nuestras primeras estrellas de la cultura de masas: Los Embajadores Criollos llegaban a sus presentaciones en los autos más lujosos de la época, y eran recibidos por sus admiradores entre gritos y muestras de histeria; y cantantes como Jesús Vásquez eran contratadas en exclusiva por las más importantes empresas transnacionales (en este caso, Coca-Cola). Esa difusión masiva permitió que limeños de otras clases sociales hicieran valiosos aportes a la canción criolla; como Chabuca Granda y Alicia Maguiña.

DIA DE LA CANCION CRIOLLA
La música criolla es un género variado de la música peruana característico de la costa de ese país que tiene influencias y mezclas provenientes principalmente de Lima.  Esta comparte con la música afroperuana, debido a sus orígenes musicales y rítmicos desde de los colonizadores españoles, la gente indígena nativa y los esclavos africanos.

El uso del término ‘criollo’ alude principalmente al perfil transformado y decantado de géneros importados que fueron reinterpretados en el Perú. En sí, el género fusionó estilos propios y extranjeros, que englobó a cada momento histórico, desde la época colonial hasta ahora. Este género fue plasmándose de diferentes maneras en la cultura musical del Perú a través de los instrumentos musicales utilizados, las formas y contenidos de los cantos, los bailes, etc.

Con el surgimiento de Felipe Pinglo Alva, luego de la primera formación de autores e intérpretes de la denominada Guardia Vieja, la música criolla marcó su identidad musical en la cultura popular, con ayuda de la radio de los años 1920.  Posteriormente, surgieron personas emblemáticas en la historia como Eva Ayllón y Chabuca Granda.

Por ser un término paraguas, también agrupa varios géneros representativos como el vals peruano, la marinera y la polca peruana como también al landó, la zamacueca, el tondero y el festejo.

Las primeras voces

El nacimiento del siglo XX encontró a Lima en medio de un arduo trajín musical. Los cantantes de entonces buscaban voltear la página del viejo género vienés, ya en agonía. Francisco Ferreyros, bohemio y popular solista de entonces, cantaba a pulmón limpio en la Alameda de los Descalzos temas decisivos: “Luis Pardo”, “Celaje”, “China Hereje” o “Ídolo”. No era raro que eso ocurriese. Las retretas públicas y los musicales de los teatros habían creado un público fervoroso que oía a sus intérpretes con no poca pasión. Eso hizo posible que un dúo de cantantes del distrito del Rímac, Eduardo Montes y César Manrique, fueran a grabar a los Estados Unidos gracias a la Columbia Phonograph & Company, una de las primeras disqueras del mundo. Aquel dúo produjo un total de noventa y un discos de 78 rpm, con 182 temas, todos de la llamada Guardia Vieja, generalmente de autores anónimos que nunca pensaron en ese lujo estrafalario de los derechos de autor. Los discos grabados se vendieron en Lima inmediatamente. Fue el primer dúo en abrazar la fama.

En la segunda mitad de la década de 1930 brillaba Rosita Ascoy, La Limeñita, una de las pocas intérpretes mujeres en la escena principal.  Años más tarde congregaría a su hermano Alejandro, su eterna segunda voz y guitarra. Ambos eran menudos, sin arrogancia y muchos decían que sus registros de voz eran más bien modestos y que su guitarreo no salía del tundete. Pero la emoción, el sentimiento con que cantaban, su cuidadosa selección de temas de la Guardia Vieja, los hicieron inmortales.

Algo después, en la década de 1940 aparecen otros conjuntos criollos, estimulados por las grabaciones hechas en Chile y Argentina. En Lima se grababa en un modesto estudio al lado de las vías del tranvía, por lo que cada vez que este pasaba, se estropeaba la grabación. En esta década brillaron Los Chalanes del Perú (con Lorenzo Humberto Sotomayor, Alejandro Cortez y Pepe Ladd, entre otros) y Los Trovadores del Perú (Miguel Paz, Javier Gonzales y Oswaldo Campos), quienes fueron los primeros conjuntos peruanos en ser aclamados también en el extranjero. A mediados de la década surgió el dúo Los Morochucos formado por Augusto Ego Aguirre y Luis Sifuentes, que al fallecer Sifuentes, se convertiría a partir de 1947 en trío con Alejandro Cortez y Óscar Avilés. Este trío, liderado por su director y fundador Augusto Ego-Aguirre, fue conocido como “Los Caballeros de la Canción Criolla” y aunque sin arraigo popular, fue muy conocido entre los sectores acomodados de la sociedad.

Legado de tradición

A lo largo de la historia, muchos conjuntos de música criolla han sido y son admirados, pero solo dos de ellos fueron idolatrados por el pueblo y tuvieron un éxito masivo y apoteósico: el trío Los Embajadores Criollos (1949-hasta la actualidad) y el dúo Los Troveros Criollos (1952-1990).

Los Embajadores Criollos, trío formado en 1949, estuvo integrado originalmente por Rómulo Varillas Talaviña (primera voz, guitarra), Carlos Correa Álvaro (segunda voz) y Alejandro Rodríguez (primera guitarra). Provistos de temas melodramáticos en el límite del llanto como “Víbora” o “El Tísico”, llegaban a sus audiciones en la radio en elegantes autos Studebaker o Mercury, excitando el griterío de sus fanáticos que los esperaban en la calle.

A comienzos de la década de 1950, la canción criolla deambulaba entre la jarana estridente y el quejido plañidero de Los Embajadores, hasta que en 1952 aparecieron Los Troveros Criollos, el dúo formado por “El Carreta” Jorge Pérez y Luis Garland. En un hábil cambio de manos, se dedicaron a interpretar primero un amplio repertorio de canciones alegres, como Cirilo Murruchuca, Un Zapatero celoso” y otros, luego aumentado con valses del compositor Mario Cavagnaro, hechos en replana de barrio. Tremendo suceso. Fueron aclamados por el pueblo, principalmente por los jóvenes quienes se identificaron con ellos y con su mensaje alegre y optimista. Su alegría sencilla y contagiosa los paseó por la popularidad, rompiendo todos los récords de ventas. Claros ejemplos son los valses: “Yo la quería Patita” y “Carretas aquí es el Tono”.

Esta puerta abierta por Los Troveros Criollos condujo a la aparición de otros grupos, como el trío Los Romanceros Criollos, que siguió la senda de la música criolla alegre, pícara pero no destemplada. Julio Álvarez, Guillermo Chipana y Lucas Borja, que debutaron en 1953, pronto compartieron fama y salas de radio con los anteriores grupos. Emblema suyo fue China hereje.

Radio La Crónica o Radio América podían poner doce horas de música criolla continuada, sin perder sintonía. La jarana no solo estaba en Lima sino en el país entero. Eso lo probaron Los Dávalos en 1954, dos hermanos arequipeños que debutaron cantando “Melgar”, el segundo himno de su tierra. Su tono quejumbroso y regionalista los identificó con la Ciudad Blanca. Con los años viajaron a Nueva York y se quedaron a vivir allá, como dioses vivos de la colonia peruana.

Era el año 1953, la época dorada de la radio, cuando la música criolla era la invitada especial en los hogares peruanos a la hora de almuerzo y la mayoría de emisoras contaban con un programa dedicado a lo nuestro. En esa etapa surge un trío sensacional que con el andar del tiempo llevó al estrellato internacional nuestra música. Su nombre: “Los Chamas”. Sus fundadores los hermanos Washington y Rolando Gómez del departamento de San Martín. El nombre del trío “Los Chamas”, es típico de la selva que significa indígena, luego traspasaron fronteras e inmortalizaron canciones y compositores convirtiéndose en auténticos embajadores musicales del Perú. Uno de sus grandes éxitos: “En un atardecer” del compositor Manuel Acosta Ojeda y también “La Flor de la Canela” que se convierte en un suceso y les permite ingresar a la fama y la popularidad impulsándolos al extranjero, consagrando también a nuestra gran Chabuca Granda. En 1955 se interpreta el vals Madre, que se convierte en un himno al amor maternal y que se ha vuelto emblemático en el Día de la Madre. Este maravilloso trío criollo, con guitarristas y voces fuera de serie, que marcó época y deslumbró al público, paseó su arte inigualable por escenarios de todo el Perú y salieron de gira a Bolivia. Luego, en 1958 partieron a Estados Unidos llevando las composiciones de Chabuca Granda, Manuel Acosta Ojeda, Luis Abelardo Núñez, Amparo Baluarte, Lorenzo Humberto Sotomayor, César Miró, Javier Cisneros, Mario Cavagnaro y Felipe Pinglo.

Pocos después, en 1957, apareció el mejor dúo mixto que se recuerde el de Irma Céspedes y Oswaldo Campos. Irma tenía una voz privilegiada. De Oswaldo se admite que fue una de las mejores segundas voces del criollismo. Ellos eludieron los temas que maltrataban a la mujer con sus letras, algo frecuente entonces por la influencia de los temas de Los Embajadores Criollos, para enraizarse en la tradición. Cantaron juntos muchos años.

Adiós a Los Barahona

Luego de muchos años de trayectoria artística y gracias a una amistad de 40 años creo necesario darles un adiós postrero a los Hermanos Barahona, que no se encuentran físicamente entre nosotros, pero vivirán eternamente en los corazones de quienes los conocieron.

Los Hermanos Barahona, Alberto, primera voz y guitarra y Gerardo segunda voz y percusión llevaban 43 años de vida artística, el arte lo llevaban en las venas, heredado de sus padres Enrique Barahona Rojas y Doña Guillermina Lecaros Ruiz, Jaraneros de antaño y cultores e la música criolla.

Los Hermanos Barahona iniciaron su carrera en el programa criollo (Qué Buena Mesa) en la década de los 70 y posteriormente fueron invitados al programa de Augusto Ferrando (Trampolín a la fama), donde iniciaron su meteórica carrera y reconocidos a nivel nacional. Tras su exitosa trayectoria fueron invitados por Turismo del Pacífico al Congreso Latinoamericano de cultura para representar al Perú, llevando nuestra música a Paraguay donde fueron anfitriones de este evento.

A su regreso fueron convocados por la disquera Virrey para grabar su primera producción discográfica titulada “Los Nuevos Criollos”, logrando un gran éxito de venta nacional. En el año 1980, viajan a México para participar del segundo festival latinoamericano siendo premiados por Turismo del Pacífico.

En 1981 son invitados por la disquera Music Shop S.A a grabar su segundo larga duración titulado “Con Sabor a Peña”, con el que vuelven a lograr un éxito en ventas. En el mismo año graban dos sencillos con los temas Rebeca, Por mi vanidad, El Grito y A mi bandera, siendo invitados a Brasil como embajadores de nuestra música haciendo una gira por Río, Sao Paulo, Bahía y San Salvador. En el año 1983 viajan a los Estados Unidos (Miami) para cumplir una serie de presentaciones que luego se extendieron por Argentina y Uruguay, acumulando una serie de premiaciones por su larga y exitosa trayectoria artística.

La música criolla tiene muchos representantes que ensalzan al Perú. No podemos olvidar a Óscar Avilés, Augusto Polo Campos, Luis Abanto Morales, Cecilia Barraza, Delia Vallejos, Esther Granados, Eva Ayllon, y otros peruanos más, quienes lograron inmortalizar uno de los estilos de música más importantes del país.

Los Barahona
Por Andrés Dávila 

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