Historia del cadete fantasma: dudosa muerte de un alumno del colegio Leoncio Prado

Se trata de un alma en pena que habita en este centro educativo, produciendo temor e incomodidad a los cadetes estudiantes.


Leoncio Prado Gutiérrez fue un militar peruano que participó en diversas guerras contra España, en Cuba y Filipinas. Participó en la Guerra del Pacifico, tras ser capturado fue fusilado por el ejército chileno en julio de 1883 luego de la batalla de Huamachuco. En su memoria se han creado diversas instituciones peruanas, como el Colegio Militar Leoncio Prado.

Entre las historias espeluznantes y leyendas de nuestra querida Lima, siempre nos sorprende relatos de hechos inexplicables o historias que son tergiversadas o llenas de informes ocultos o engaños que forman parte de nuestras vivencias y tradiciones que nos vuelven a la realidad, poniendo en tela de duda la veracidad de las circunstancias que rodean temas reales.

Durante sus horas de castigo o guardia, muchos de los alumnos que pasaban la noche ahí aseguran haber experimentado algun tipo de actividad paranormal. El cadete fantasma es nada menos que Duilio Poggi Gómez, joven estudiante del citado centro de estudios, quien falleció, presuntamente, luego de sostener una pelea con un avezado delincuente.

Antiguamente, en el legendario colegio ubicado en La Perla (Callao), las paredes del colegio cuentan una leyenda urbana que muchos exalumnos y profesores aún recuerdan. Esta es la historia del cadete Poggi que murió por defender a una dama en un tranvía de los años 40.

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Esta es uno de estos casos en donde afloro la veracidad de los hechos y en donde una persona fue condenada injustamente haciendo caso omiso a la verdad y la justicia.

La Gran Unidad Escolar Leoncio Prado, como se le denomina desde el 24 de mayo de 2007, es una institución educativa con una grandísima historia y semillero de personalidades, varios con influencia en la vida política, científica, cultural y deportiva de la región y el Perú. Además, existen mitos y leyendas que se han trasladado año tras año por los distintos alumnos que pasan, como la del “Cadete Fantasma”.

Historia del Leoncio Prado

La Gran Unidad Escolar Leoncio Prado fue creada el 25 de febrero de 1828 por el Congreso General Constituyente del Perú y el 4 de marzo del mismo año fue promulgado por el presidente de la República José de La Mar. Sin embargo, ha pasado por varios nombres en el camino y momentos históricos.

El primer nombre fue Educación Básica Científica, para el cual asignaron el edificio San Francisco. Inició con apenas 12 alumnos, todos becados: 3 de Huánuco, 4 de Pasco y 1 de Huamalíes, Cajatambo, Conchucos, Huaylas y Jauja, respectivamente. El primer rector o director fue el Dr. Gregorio Cartagena.

Entre 1832 y 1833 cambió de denominación a ‘Colegio de la Virtud Humana’ y años más tarde por ley, el 8 de julio de 1846, pasó a llamarse “Escuela Central de Minería”. En julio de 1848 asume la rectoría Mariano Dámaso Beraun, pasando de categoría de “Colegio Mayor o Universidad Menor” a llamarse “Colegio Central de Minería”.

El 14 de julio de 1933, a iniciativa de la Sociedad Fundadores de la Independencia y Vencedores de Dos de Mayo, cambiaron el nombre de Colegio Nacional de Minería a Colegio Nacional Leoncio Prado, acordándose declarar el día del colegio el 24 de mayo de todos los años.

Mediante resolución de la Dirección Regional de Educación, en 2007 el colegio retoma su denominación a la Gran Unidad Escolar Leoncio Prado, el cual permanece hasta hoy.

El cadete fantasma

Años atrás, en el colegio, ubicado en la Avenida Costanera 1541, La Perla (Callao), existía un edificio llamado La Siberia. El objetivo de su construcción era ser un lugar de entretenimiento para los alumnos, pero terminó convirtiéndose en un lugar de guardia, además de castigo para los indisciplinados, al ser un lugar tenebroso, oscuro y frío.

Durante sus horas de castigo o guardia, muchos de los alumnos que pasaban la noche ahí aseguran haber experimentado algún tipo de actividad paranormal, según afirma la escritora Irene Corzo.

Se escuchaban pisadas de alguien caminando o se veían sombras, pero los más sorprendente era ver a un cadete con el uniforme antiguo haciendo guardia. Según cuentan algunos alumnos, varios en shock nervioso por tener estas experiencias.

Irene relata también que el fantasma que se le aparecía a los estudiantes tiene nombre y apellido: cadete Diulio Poggi. Este chico ingresó al Leoncio Prado en 1945, pero falleció un año después. Su muerte se dio de forma trágica a los 16 años luego de intentar defender a una joven, quien estaba siendo atacada por un ladrón en un tranvía. Algunos relatos periodísticos cuentan que fueron tres hombres contra los que peleó, uno de ellos Severiano Joya Illescas.

Por esta heroica muerte, un pabellón del colegio lleva su nombre e incluso existe un busto en su memoria. Es destacado y reconocido por los alumnos por su valentía y heroísmo. En la actualidad, el pabellón La Siberia ya no existe. Como parte de la remodelación de la institución para agrandar la infraestructura y recibir a más alumnos, fue demolido.

Los hechos

En el caso del alumno del cuarto año del Colegio Militar Leoncio Prado, la caballerosidad, el respeto y la valentía le costaron la vida. El joven se enfrentó a una violencia irracional que acabó con sus sueños a los 16 años.

Según los informes de la autopsia, el joven fue golpeado hasta causarle la muerte en una pelea feroz con un individuo prontuariado.

La reconstrucción del crimen se realizó el 9 de noviembre de 1950; estuvieron presentes además de las autoridades judiciales, los jefes de policía Julio Montes Flores y Clodomiro Marín del Águila, Carlos Aguirre Corrales, Ricardo Ubillús y el juez del crimen Teófilo Ibarra Samanez. No buscaron a la presunta señora que había sido molestada; y de ella nunca se supo nada, situación extremadamente rara porque no hubo ni un solo testigo del suceso: pasajeros, cobrador, motorista. La pelea fue supuestamente en el Campo de Marte y al momento de hacer la necropsia de rigor, su uniforme no estaba rasgado, ni sucio por el revuelco, ni señales de  golpes o rasguños.

Golpeado hasta causarle la muerte en una pelea feroz con un individuo prontuariado. Los médicos no señalan golpes en otras partes del cuerpo: ni en el pecho, ni en el rostro, ni en los brazos, ni en las canillas. ¿¡Qué reyerta tan limpia, qué pelea tan caballeresca!?

La policía no pudo descubrir quién era el asesino, simplemente porque no fue asesinado.

Sin testigos, aparece un culpable

Al cabo de muchos años, se produjo “una feliz circunstancia” como la llamó un cronista del diario El Comercio. Un funcionario de la isla penal El Frontón logró escuchar la conversación que sostenían dos reos, uno de los cuales decía al otro: “Mejor que no le hayas dicho al juez lo de Poggi porque si no te hubiera caído más pena.” Al oír el diálogo, un empleado los denunció ante la autoridad, y se dio comienzo a un severo interrogatorio “científico” de golpes, baños de agua fría a medianoche y amenazas de muerte con mentadas de madre y otras formas del lenguaje “académico” que conocían.

Uno de ellos soltó un nombre: el de Severino Joya, pero lo raro de todo esto fue que ni los conductores ni los cobradores de la empresa del tranvía tuvieron noticia de lo que, según la familia, había sucedido, es decir, el lío, la discusión de Poggi con el negro en “el tranvía”.

El diario EL Comercio, en la edición del viernes 10 de noviembre de 1950 puso este titular a la noticia: “Fue descubierto el asesino/ del valeroso cadete del Colegio/ Militar Leoncio Prado, /Duilio Poggi Gómez”. Fue descrito como un “zambo de un metro setentiuno de estatura, corpulento, de unos veinticinco años de edad”.

Reconstrucción del homicidio

Luego de haber sido coaccionado, torturado y amenazado de muerte, miembros de la Policía manejaron “un libreto”, muy bien preparado, en donde Severino Joya Illescas se inculpaba del hecho de muerte en donde perdiera la vida el cadete Duilio Poggi Gómez, en la reconstrucción de los hechos Severino cuenta la lección aprendida de la fuerza Policial.

Según informes de la época, en una camioneta iba convenientemente custodiado el “asesino”, que era un zambo de un metro setentiuno de estatura, corpulento y de unos 25 años de edad, de aspecto repulsivo, perfectamente tranquilo y hermético. Lo custodiaban el oficial primero Oscar Belaunde Casas y el brigadier Enrique Gulmet Gómez, también iba un tío de la víctima como parte de la familia, ya que el padre del cadete estaba indispuesto.

Llegada la comitiva por la avenida de la izquierda del Campo de Marte, a pocos metros del monumento que allí existe, y muy cerca de la pista, se procedió a la reconstrucción. Al descender de los vehículos el tío del infortunado cadete, haciendo un gesto de impresión, dijo ¿Cómo este hombre pudo matar a mi sobrino? El juez ordenó al asesino que relatara como se dieron los hechos, respondiendo este en la siguiente forma. “Yo iba por esta pista con una muchacha de la cual era enamorado, y fue interceptado por Poggi diciéndome que porque la molestaba. Al contestarle que éramos amigos, Poggi me dio una trompada que me llego al mentón doliéndome y yo le conteste con otra que no le llegó por haberla esquivado. Entonces lo cogí por la solapa y le pegué un cabezazo, cayendo mi contrincante de cara al lado izquierdo sobre el grass, allí le di una patada, que le golpeo en el muslo. “En ese instante de la reconstrucción un auxiliar hizo las veces del cadete reproduciendo la escena”. A una pregunta del juez, dijo que lo conocía de antes por haberse hecho amigos en la avenida Guzmán Blanco a quien reconoció en una fotografía que el funcionario judicial le presentó.

Dijo, después, que al ver privado al cadete huyó por el Mercado Modelo, zona que estaba llena de tómbolas, llegando hasta la Plaza Grau donde tomó un tranvía y se dirigió a su casa. Preguntado si supo el resultado de su pugilato, respondió que no, porque no lee “los comercios”. A otra pregunta del juez, respondió que él calcula que el pugilato duraría diez minutos. Durante el interrogatorio se notó que el asesino caía en una serie de contradicciones, siendo la impresión de los presentes que ocultaba la verdad de los hechos. Vestía camisa de faena azul; se le notaba camiseta blanca, pantalón kaki muy usado, calzado amarillo; tenía una gorra blanca que se la hicieron quitar de la cabeza. Pies y manos muy desarrollados. Al iniciarse la reconstrucción comenzó a llorar. Esta diligencia judicial y policial concluyó a las 5.35 de la tarde, siendo nuevamente llevado “Joya”, el presunto asesino, a la prisión, donde continuaba incomunicado.

Sospechoso asesinato de Duilio Poggi

Duilio Poggi Gómez fue un joven cadete del colegio Militar Leoncio Prado. Era admirado, querido y respetado por sus vecinos y amigos, lamentablemente su futuro se truncaría al enfrentarse a un delincuente, el joven Duilio con tan sólo 16 años afrontó el peligro que le costaría la vida.

Se supo que actuó en defensa de una dama que no conocía, este con la caballerosidad que lo caracterizaba cedió el asiento del tranvía a dicha señora, sin embargo, un individuo Severino Joya Illescas se interpuso en el asiento, Duilio increpó la actitud de Joya Illescas y este lo retó a un duelo.

El joven cadete de solo 16 años se enfrentaría a un individuo que lo superaba en físico y edad. Durante la pelea Duilio no se percató que también se encontraban dos sujetos que lo atacaron por la espalda, en esa pelea desigual Duilio recibió una severa y brutal golpiza en abdomen, tórax y cabeza. Duilio completamente golpeado y con un dolor intenso de cabeza apenas pudo llegar a su casa, falleciendo el 29 de diciembre de 1946 a las 3:00 a.m. en el hospital de la Policía cumpliendo el código del cadete.

Su asesinato quedó impune por falta de pruebas. Existe un parque en su honor y un pabellón que lleva su nombre en el Colegio Militar Leoncio Prado.

Descubren la verdad

El diario Última Hora, mediante una investigación periodística, demostraría que Severino Joya Illescas era inocente y que la policía le estaba achacando un crimen; porque cuando se produjo el asesinato, Joya se encontraba en la hacienda San José en Chincha, donde trabajaba como bracero. Era un hampón con amplio prontuario, pero no estaba comprometido en la muerte del cadete.

Al cabo de algunos años el escritor y periodista Guillermo Thorndike narró lo que, según él, era la verdad. Los padres de Poggi habían sostenido en su casa una seria discusión en la que intervino su hijo con el fin de evitar el maltrato físico de su madre. En estas circunstancias, y en lo acalorada de la discusión, fue lanzado de un segundo piso por su padre y se cayó golpeándose la cabeza, accidente que le ocasionó la muerte.

Ellos entonces inventaron la escena que hemos referido. Si contaban la verdad, ambos iban a ser interrogados y se conocerían intimidades de la pareja que serían materia de escándalo entre sus familiares y amigos. Dejaron que un inocente pagase las culpas de ellos, sin importarles lo que su silencio estaba ocasionando. Un busto en un patio del Colegio Militar Leoncio Prado rinde homenaje a su memoria. Así es la historia, llena de verdades a medias, confusa, particularmente acomodada, arreglada y oportuna. El ‘Negro Joya’, al paso de los años, salió libre y nunca más se supo de él.

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