La errónea muerte de Jorge Villanueva Torres, el llamado ‘Monstruo de Armendáriz’

El crimen de un niño de tres años que aterrorizó a los limeños en la década de los cincuenta queda al descubierto.


Uno de los juicios más sonados de todos los tiempos es el de Jorge Villanueva, apodado como el “Monstruo de Armendáriz” por una acusación de homicidio en los años 50. Fue ejecutado por pena de muerte, pero luego se comprobó un error judicial que determinaría su inocencia.

A través de la historia, la ley peruana ha estado envuelta en varias polémicas, ya que ha habido casos que nunca terminaron de resolverse, al igual que sentencias controversiales que la ciudadanía recuerda hasta el día de hoy.

Transcurría el año 1954, en la ciudad capital de Perú, Lima; un turronero que trabajaba en la calle Atahualpa, hoy Alberto Lafón, al cual le agradaban los pequeñuelos que jugaban con él, un día le compró un dulce a un niño que siempre pasaba por la zona al cual tenía mucha confianza, a los siguientes días el 9 de setiembre se anuncia en los medios de comunicación de todo Lima la horrenda noticia.

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“El cadáver de Julio Hidalgo Zavala, un niño de tres años y medio fue hallado en una covacha en la Quebrada de Armendáriz, el cuerpo fue encontrado en posición decúbito ventral, parece ser que un “anormal” haya violado al menor”. La gente que conocía la dudosa amabilidad del hombre turronero con aquellos niños de la zona dio muchas sospechas y junto con la prensa empezaron a declarar en contra de aquel hombre y se inició su feroz cacería, es que aquel hombre coincidía con aquellas descripciones de la policía: “Estatura baja, moreno, azambado y de ojos razgados”.

Monstruo de Armendáriz
Aquel hombre vivía con el miedo en la sangre por aquellas acusaciones de toda la gente, se la pasaba errante ya que su persecución era diaria, hasta que fue hallado, una semana después los medios de comunicación exponían como el asesino a Jorge Villanueva Torres; después de una cruel tortura confeso haber sido el asesino, la prensa dio a conocer alegremente que aquel hombre la policía lo había hecho confesar.

La ejecución

Pasaron tres años de penurias para el dichoso ‘Monstruo de Armendariz’, así fue llamado por la multitud limeña, su abogado tomó la defensa y logró que en un mes y medio se retirara el cargo de violación, pero nadie le quitó a aquel hombre el sufrimiento que sentía por las falsas acusaciones que se le tildaban, los magistrados lo condenaron a muerte por homicidio, el miedo y el dolor inundaban su mente.

Al amanecer del 12 de diciembre de 1957, de una friolenta y nublada mañana, fue llevado con mucha violencia a la Penitenciaría de Lima, situado en lo que hoy se conoce como el Sheraton y el Centro Cívico, había sido insultado, golpeado, tratado como la peor bestia del mundo, caminaba esposado, con un overol jean azul muy gastado y descalzo, caminó hasta el patio donde la sentencia iba a ser ejecutada. Miles de personas se arremolinaran ante la Penitenciaría Central. A las 5 y 25 de la mañana, cinco vigilantes arrastraron a Villanueva hasta el paredón. Fue atado a un poste de tres metros de altura. Ocho guardias lo esperaban con sus fusiles en mano. Se dice que mientras el oficial impartía órdenes marciales, el condenado exclamaba: ¡Soy inocente! A las 5:36 de la mañana, una descarga lo silenció. Afuera, algunas mujeres lloraban, mientras los hombres comenzaban a preguntarse si de verdad Villanueva era el temible Monstruo de Armendáriz. Víctor Maurtua, quién era médico legista presenció la ejecución colocándole un pedazo de cartón envuelto con un trapo negro en el pecho para fijar la puntería, después de 10 minutos, dos balas impactaron el cuerpo de aquel hombre dejándolo muerto en el pavimento con los ojos medio abiertos.

Cuando los reporteros preguntaron al capellán si un hombre podía mentir estando a un paso de la muerte, el religioso contestó: “Yo creo que el final es la hora de la verdad”. Con estas palabras crecieron las dudas.

El acusador en su laberinto

Días después, en una entrevista a Ulderico Salazar, el testigo más importante del proceso, el turronero dijo: “Espero que la sociedad me dé un trabajo estable para mantener a mis tres hijos”.

El diario La Prensa informó que Salazar se había contradicho más de 30 veces durante el proceso. Las dudas en torno a la culpabilidad de Villanueva han dejado un sabor a remordimiento sobre la pena capital para uno de los delitos más horrendos. Además el protocolo de autopsia estableció que no había signos de violación; ahora solo queda despejar la duda si es que se trató de un crimen.

Mientras tanto la gente estaba contenta, más las que vivían por el lugar, pasaron dos días más y la policía no podía explicar el cuerpo de otro niño asesinado y violado en el mismo puente Armendáriz.

Monstruo de Armendáriz
La muchedumbre de alcurnia ponía en duda la justicia al fusilar a un hombre que quizás no fue el culpable, volvieron a investigar a todas las personas del lugar y bajo una investigación minuciosa se encontró culpable al delator del otro, el verdadero culpable Ulderico Salazar, el heladero de aquel lugar.

Que podían decir los diarios ante tan aberración y el hecho erróneo de haberle quitado la vida a un inocente, podían cambiar quizás sus titulares? , podía la gente observar el nuevo rostro del monstruo que crearon, pero nadie puedo devolverle la vida a un pobre mendigo al que todos llamaron “EL MONSTRUO DE ARMENDÁRIZ”.

Villanueva era inocente

En 2004, el médico forense que dirigía la Morgue Central, Víctor Maúrtua, reveló una nueva interpretación para las causas de la muerte del niño Julio Hidalgo. “El proceso se basó en una prueba médico-legal manipulada dirigida a encubrir la incapacidad de los funcionarios”, sostuvo Maúrtua.

El médico implicado, que también estuvo presente en el fusilamiento de Villanueva, esperó casi medio siglo para revelar que sus investigaciones concluyeron que el menor fue atropellado por un auto y posteriormente se desvaneció, por lo que el “Monstruo de Armendáriz” pagó un delito que no cometió.

De igual modo, en 2017, el expresidente del Poder Judicial Duberlí Rodríguez citó la posibilidad de absolver a Jorge Villanueva tras su muerte.

El hecho

“Es el crimen más cruel de todos los tiempos y merece ser castigado por la muerte”. La Crónica, 15 de setiembre de 1954. En la mañana del 8 de setiembre, dos jóvenes estudiantes que recorrían la quebrada de Armendáriz quedaron pasmados ante un sobrecogedor hallazgo. El cuerpo sin vida de un niño de tres años, con huellas de haber sido golpeado en la cabeza, se encontraba en una covacha de Barranco. El horror se divulgó rápidamente por las calles. El lugar se colmó de policías, periodistas y curiosos. Un hombre de mediana estatura, delgado y de bigotes ralos se acercaba. Era el albañil Abraham Hidalgo. Desde la noche anterior estaba buscando a su pequeño hijo Julio Hidalgo Zavaleta. Se abrió paso entre el tumulto. Ya cerca, solo su grito de dolor despertó la avidez de los reporteros y de los detectives. Era su hijo. Al día siguiente, los canillitas voceaban titulares de los diarios que divulgaban el crimen de la quebrada.

En las radios el crimen era motivo de comentarios que se repetían en buses, esquinas y bodegas. Todos exigían a la Policía la captura del homicida. Los padres de familia temían por la suerte de sus hijos. Decenas de guardias civiles y republicanos se desplazaban por las calles barranquinas indagando y buscando una pista para dar con el criminal. Hubo redadas en bares, billares y en cantinas del hampa limeña. La población comenzó a presionar: quería un culpable. “Era un sujeto negro y alto… me compró 20 centavos de turrón para el niño. Yo lo puedo reconocer”. Días después, un vendedor de turrones de nombre Ulderico Salazar Bermúdez se convirtió en el principal testigo. Aseguró a los agentes que había visto a un individuo de raza negra que se llevaba al niño por la quebrada de Armendáriz.

De inmediato, numerosos individuos sin oficio fueron arrestados. Salazar, ante una decena de detenidos, apuntó a Jorge Villanueva Torres, un vago de 35 años. Salazar declararía después a la prensa: “Logré identificarlo porque tenía un dedo torcido, como el hombre que me compró el dulce para Julito”. Desde ese momento, Jorge Villanueva Torres, conocido como el “Negro Torpedo” fue bautizado por la prensa nacional como el “Monstruo de Armendáriz”. “Yo he cometido muchos delitos… he sido un hombre malo… pero este, este crimen no me pertenece”, dijo Jorge Villanueva Torres.

Aunque el “Negro Torpedo” clamó por su inocencia, ningún favor le hacían los numerosos atestados policiales que tenía por vagancia y robo. Su pasado desordenado y marginal influyó para desacreditar cualquier alegato de inocencia. En las calles de Lima, la gente exigía que le aplicaran la pena de muerte. Hubo una manifestación pública por las calles de Barranco, donde vivían los familiares de la víctima. “Muerte para el monstruo”, gritaban los vecinos. La tarde del 14 de setiembre, un puñado de detectives informó a sus superiores que Jorge Villanueva había admitido ser el autor del crimen. Fue confinado en la Penitenciaría Central, una cárcel situada en aquel entonces en el Paseo de la República. Los diarios y las radios seguían azuzando el fuego del odio colectivo contra Villanueva. Debía morir. “La ley es dura, pero es la ley”, dijo Leonidas Velarde Álvarez, fiscal de la Corte Suprema.

El juicio

El juicio fue cubierto con amplitud por los diarios limeños. Los curiosos se agolpaban cada mañana al pie del Tercer Tribunal Correccional. La defensa de Villanueva fue asumida en el tramo final por Carlos Enrique Melgar, un joven abogado sanmarquino, que trató de demostrar que su cliente no era el culpable. Pero el testimonio del turronero fue demoledor. Juró que Villanueva era el hombre que llevaba al niño a la quebrada. Villanueva se defendió como pudo. Afirmó que los policías lo habían obligado a autoculparse. Nadie creyó en su palabra, pues durante la audiencia mostró ser un tipo rebelde, díscolo, conflictivo y contestón. El 7 de octubre de 1956 fue llevado por última vez al Palacio de Justicia. Después de dos años de juicio en el Tercer Tribunal Correccional decidió emitir su fallo: la pena de muerte. De pronto, las ventanas de la sala fueron quebradas por un golpe. Villanueva estalló en ira. Trató de agredir a los magistrados. Fue maniatado. Luego, con voz quebrada, el sentenciado insistió en su inocencia. En diciembre de 1957 la Segunda Sala de la Corte Suprema inició la revisión de la condena. Pero todo fue inútil. Los vocales decidieron ratificar la pena. El fallo decía a la letra: “Con inequívoca certeza de que es agente responsable de excepcional peligrosidad y conducta inmodificable se reclama la más severa sanción”.

Monstruo de Armendáriz
Por Andrés Dávila   

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