A muchos de mis amigos al iniciar el año les expresé mis mejores deseos: “Que en el 2020 todos tus sueños se hagan realidad”. A pocas horas de terminar el año debo reconocer que yo, ni ellos en su peor pesadilla, pudimos prever que nos pudiera pasar algo similar a lo sucedido en los últimos nueve meses. Lo que nos hace dudar si los encierros, restricciones, desempleo, frustraciones, caos político, persecuciones, violencia, enfrentamientos, realmente lo hemos vivido o sólo ha sido una alucinación al mejor estilo de una película de ficción.

Lo real es que nuestra fe ha sido sometida a una dura prueba. La pandemia, aún sin vacuna a la vista, viene siendo implacable, se ha llevado miles de vidas que todavía no terminamos de contar y las cifras covid indican que más de un millón de peruanos han sido contagiados hasta hoy. Cifras contradictorias a las que reconoce el gobierno al declarar que, de cada cien peruanos, cuarenta han sido afectados por el virus.

La Covid-19 no estaba en nuestro diccionario, ni una pandemia en los planes del gobierno. Sicológicamente estábamos más preparados para un terremoto, con carpas, frazadas y alimentos para miles de damnificados, pero no estábamos listos para enfrentar una inesperada emergencia sanitaria. Lamentablemente, en las dos últimas décadas, no hemos asignado recursos para mejorar y construir más hospitales, ni equiparlos adecuadamente. Una pobre gestión del Gobierno no supo aprovechar la experiencia en otros países, para implementar durante la cuarentena obligatoria, aún con pocos infectados, hospitales de campaña, con camas UCI, respiradores, adquirir plantas de oxígeno, preparar médicos intensivistas, adquirir pruebas moleculares, etc.

Todas las estrategias, planes, recursos, talentos y energías, debieron estar enfocados en la pandemia. Lamentablemente tuvimos un ex presidente que, en vez de gobernar y dirigir un país en crisis, contando con el respaldo del pueblo que confiaba en su capacidad para superar el difícil momento, prefirió ocupar su tiempo en confrontar y perseguir a quien se atreviera a hurgar en su pasado, sin pensar en las consecuencias de su desenfoque e inacción.

Su actitud hostil, las serias denuncias, un discurso retador y soberbio ante el Congreso, produjeron su vacancia. A partir de ahí tuvimos muchas marchas poco pacíficas, que enfrentaron a los protestantes con la muerte, lo que presionó que tuviéramos tres presidentes en ocho días.

En las últimas semanas hemos vivido días rojos y morados, con una izquierda radical agazapada, escondida detrás de un gobierno morado, que ha promovido agitación bajo la excusa de demandas laborales que pretenden modificar las leyes en las carreteras, destruyendo iniciativas empresariales importantes, cuando realmente lo que buscan es cambiar la Constitución, junto con su exitoso modelo económico.

Sea sueño o pesadilla: ¿Estamos dispuestos a permitirlo?

Luis Otoya Trelles