Una ilusión, cualquiera, puede mitigar el temor de la víspera. Va a empezar el 2021. Debo creer más allá de las evidencias y de las certezas (que son tan pocas) que el próximo año será mejor que este de la peste y de las angustias que está por terminar. Debo esperar contra toda la esperanza. El año de mis padres ya pasó y lo recuerdo con ese verso feliz: “sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos.” La posesión del ayer es, de alguna forma que apenas entreveo, la dicha del mañana. Dentro de poco el sol volverá a aparecer en el equinoccio de primavera completando su ciclo. El mito del eterno retorno se hará realidad una vez más sobre la tierra pero yo no sé si esa magia puede abarcar todo lo que ha sido dentro y fuera de mí y que ya no es, como los días y las noches del solsticio de invierno.

El muecín está en lo alto de la torre y ha llamado para la celebración del Hari Raya Puasa, la fiesta de tres días al final del mes de Ramadán con la que comienza el nuevo año. Los versos del cuerno del carnero van a sonar en el Rosh Ha-shaná porque también Jehová recuerda. Los hombres y las mujeres del Ganges limpian sus casas y colocan lámparas de arcilla en sus ventanas y tejados para recibir a Lakshmi, la diosa de la abundancia que, paradójicamente, sólo bendecirá las casas que no tengan luz.

En algunos ríos del Oriente (es la noche del año nuevo del Loy Krathong) van a zarpar barcas diminutas con velas encendidas y flores frescas para que la diosa del agua no se olvide de regar las tierras y los corazones en los doce meses que están por llegar. Y en el largo río amarillo, con el acompañamiento de tambores, la gente llena sobres rojos con regalos y los cuelga de sus escaparates (y de sus sueños) para que el otro (que son todos) los alcance.

En unas horas será el primer día del calendario gregoriano y así ha sido desde 1582. Tengo -sin tener por qué en esta víspera- nostalgia de la época en que los pueblos utilizaban el calendario juliano y observaban el Día del Año Nuevo el 25 de marzo, día de la Anunciación, cuando el ángel reveló a María que llevaba en su vientre al Hijo de Dios.

Todo nuevo año es una anunciación. Y una anunciación llena al que la recibe de temores e ilusiones. Bienvenido seas 2021. Bendice con tu fuego y tus bombardas a todos mis amigos, en especial a los más jóvenes, y a mis enemigos si los tengo. Dales fuerza y coraje para vivir sus horas más aciagas y paz y serenidad para las otras, las del júbilo y la exultación.

Cubre con tu halo de promisión por más pequeño que sea a mi familia. Dame el amor que trato siempre torpemente de cultivar con las palabras. No me lo niegues en el lento o fulgurante momento de las penas. Y trae a este país, mi tierra, a veces tan absurda, la ventura y el bienestar de cuerpos y de almas. No te fijes en las ventanas, ahora de repente sin luz, sino en el brillo que en cada hogar dejan la pura oscuridad y sus tinieblas. Acuérdate de la diosa del Ganges que en la noche de mañana sólo bendecirá las casa que no tienen luz pero sí ese fulgor inconfundible de la lucha.