Es curioso identificar que el voto decisivo en esta elección se encuentre entre quienes quieren un cambio del modelo económico, aunque no definitivo. Sugieren ajustes que incluyan a las grandes mayorías, sin destruir lo avanzado hasta el momento.
La última encuesta del IEP revela que un 33% quiere cambiarlo todo (terreno que sostiene el voto de Perú Libre), un 5% no quiere cambiar nada (terreno que sostuvo el voto de Renovación Popular, Avanza País y Fuerza Popular), y un 58% quiere mantener el modelo económico, pero con algunos cambios. El candidato que se apropie de esta narrativa será, finalmente, el gran ganador.
Ello explica, por cierto, la pragmática y sinvergüenza moderación en el discurso político del candidato Castillo las últimas dos semanas, expresado en sus más recientes declaraciones a los medios de prensa: aceptando al mercado y a la inversión privada y empresarial como datos de la realidad, reconociendo que el cambio de Constitución será consultado con la ciudadanía, y deslindando de su mentor ideológico Vladimir Cerrón y sus múltiples investigaciones por corrupción sin mayor asco y descaro.
Castillo quiere ser presidente y hará lo que esté a su alcance para lograr el objetivo. Su estrategia periférica, puerta a puerta, calle por calle y boca a boca parecen darle hasta el momento buenos resultados. Pero el sillón de Pizarro exige que Castillo demuestre sus habilidades blandas en el “mundo oficial”. Tiene que meterse dentro de la caja. Eso significa traducir su pragmatismo en propuestas concretas (en algunos casos contradictorias), que demuestren su comprensión de economía política y sociología del mundo global. Aquí es donde su radicalismo camuflado puede hacer un cortocircuito. Pero tendrá que pasar la prueba sí o sí. Entonces sabremos si está listo.
Fujimori, por su parte, la tiene mucho más compleja. A diferencia de Castillo tiene que salir de la caja. Eso significa que debe desarrollar un discurso radical que cuestione el modelo sin destruirlo. Uno que ponga los privilegios de las minorías limeñas al final de la fila, y lo diga abiertamente, sin temor, sin rubor. Es la hora de las regiones. Y la inversión, el crecimiento y el desarrollo irán hoy a las regiones, a los polos del interior. “Los limeñitos no comerán más de tu pobreza, peruano de las regiones”. Tendrá que decirlo convencida. “Los pituquitos pasarán hoy al final de la fila en la prioridad del país”. ¿Lo hará?
Si la candidata que defiende el sistema no logra conectar con este rumbo, hacia un cambio radical que no quiebre el sistema, difícilmente romperá con ese voto emocional de hartazgo que aún impera como secuela de la primera vuelta. El tiempo corre a su favor. Los peruanos necesitamos tiempo para enfriarnos. Y nos enfriamos. Entonces, la cólera de un sentimiento de confrontación termina buscando puntos de encuentro, de unidad, de celebración. ¿Le alcanzará el tiempo a Fujimori?

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