Por culpa de la algarada comunista, estamos al borde de perder la calificación “Grado de Inversión” que tantos años de sacrificio y perseverancia le costaron a millones de peruanos.

Por ahora se nos ubica en el estadio que coloca a la deuda internacional peruana en “negative watch”. La culpa no es de nadie más que de esta asonada roja que, con apenas 11% de respaldo popular –¡el resultado en primera vuelta es el que manda!- actúa como si tuviese el apoyo de la mayoría nacional.

No es así. La votación en segunda vuelta atrajo a los odiadores del fujimorismo –que probablemente superen el 70% de la población- aparte de los indecisos, los tontos y, sobre todo, políticamente correctos.

Por tanto, actuando como mandantes de lo que las izquierdas llaman las grandes mayorías y violentando la Constitución actual, los cerrones, castillos, bellidos, etc., perseveran en imponernos una asamblea constituyente para anular la Carta actual y sustituirla por otra calcada de los registros cubanos y venezolanos. ¡Como si en la primera vuelta el comunismo hubiese obtenido más del 50% de votos! Este descaro no podemos ni debemos permitírselo al prosenderismo que se ha instalado en el poder, arropado bajo el sombrero luminoso. Las constituciones no se fraguan al calor de una elección política.

Su cambio exige un proceso previo para que, con toda serenidad, la ciudadanía medite sobre lo que representaría transformar su concepción de vida. De una sociedad habituada a las tradiciones occidentales a otra signada por el tirabuzón marxista, maoísta pensamientogonzalo.

Es evidente que la campaña oficialista a favor de convocar a un ilegítimo referéndum a efectos, repetimos, de obligar inconstitucionalmente al Legislativo a que convoque a una constituyente para reemplazar la Carta del 93, está dando los frutos que espera el régimen comunista:. Es decir, quebrar al país desde sus bases sociales, económicas y políticas para, agudizando las contradicciones so pretexto del caos, proclamar que esta nación es inviable. Consecuentemente, sólo quedaría refundarla estableciéndole una nueva Carta.

El Dólar continúa al alza, los precios se disparan a diario, la falta de trabajo es manifiesta, la angustia social es sobrecogedora, la inseguridad ciudadana es brutal, el malestar general está llegando al extremo, etc.

Ante semejante panorama, es indudable que la imagen externa del Perú atraviesa por su cota más baja del último cuarto de siglo. De haber sido una nación estrella para muchos gobernantes primermundistas, hemos retornado a los niveles biafranos de los años 70, bajo aquel régimen igualmente procubano del dictador Velasco.

Las tres más importantes calificadoras de riesgo han rebajado la idoneidad del riesgo país del Perú, colocándolo ad portas de la pérdida del “Grado de Inversión”, lo que implica que aquel inversionista que decida emprender algún proyecto acá no cuente con el visto bueno de aquellas calificadoras. Lo que, entre tantas otras trabas, encarecería los costos de endeudamiento para cualquier iniciativa.

La razón para que las calificadoras de riesgo adoptasen esta medida es una sola: la enorme incertidumbre sociopolítica y el creciente malestar general que esta acarrea. ¿Está claro, presidente Castillo?

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