Vamos por partes. No hay que ser erudito para entender que el Perú atraviesa por uno de sus peores momentos, históricamente hablando. Hasta Pedro Castillo debería estar enterado. Pero justamente, todo indica que la lógica no es uno de los atributos de esta generación llamada del bicentenario, que hoy alucina co-gobernar el país. Pregunta: ¿a mérito de qué? Porque parte de esta promoción –que adquiere mayoría de edad en el bicentenario patrio- transpira de todo menos responsabilidad. Tampoco coherencia. Aspira a co-gobernar un complejísimo país, animada por su “momento revolucionario”, escondiendo sus ansias de poder, baja preparación educativa –carece de formación cívica-, rechazo al esfuerzo, amor al facilismo, y un indómito afán figurativo que corroe su inteligencia. Lo que procurarían ciertos bicentenarios es aprovecharse del sacrificio de millones de peruanos que, durante décadas, han aportado trabajo, capitalizado patrimonio y sacrificado sus vidas para desarrollar el Perú. Esfuerzo que forma parte del activo del Estado; no de cierta generación. En el fondo esta tesitura revelaría el desapego de este grupo por el interés nacional, en favor de sus intereses particulares.
Porque, reiteramos, aparte de revolucionaria, hepática, proclive a la violencia, facilista, y figuretti, gran parte de la generación bicentenario tiende a ser ineducada, alérgica al trabajo, rebelde ante las leyes y legataria del esfuerzo ajeno para usarlo como activo propio en saciar su egoísmo, sin siquiera aportar contrapartida para las generaciones futuras. Es decir, sin cumplir con el propósito de todo ser humano. Que es estudiar, prepararse, trabajar, constituir patrimonio para que las generaciones futuras tengan precisamente cómo educarse, trabajar y crear capital para sus herederos. Este no es el caso de esa mayoría de “bicentenarios”, auto considerados sabios y depositarios del ahorro acumulado por quienes los antecedieron, para dilapidarlo sin hacer esfuerzo.
Sería bueno que los bicentenarios revolucionarios entiendan que pronto se verán con la triste realidad. Que la superficialidad es efímera y los activos se esfuman. Además, que están obligados a forjar inversiones que demanden trabajo. Porque sin ambos elementos ellos acabarían en la inopia. ¡Más frustrados y resentidos de lo que fueron cuando se abalanzaron a apropiarse del país, so pretexto de un cambio generacional con afanes más egoístas que patrióticos! Típica conducta caviar. ¡Que otro trabaje para que yo viva espléndido! ¡Hasta toparse con la verdad! ¡Que el Mundo no es como lo imaginan! Más claro. Como quieren imaginarlo. Al mundo uno viene sin pedirlo, para desarrollar una disciplina productiva; para aprender ciencias y humanidades aplicables a mejorar nuestra especie; para aportar ideas y superar el planeta; para sacrificarse en mantener a una familia que busque promover el progreso de la raza humana; para ser solidarios con sus congéneres y convivir en un mundo superior. Es más. Al mundo no se viene a protestar, realizando marchas callejeras teñidas de sangre so pretexto de rebelarse porque así se lo ordenan los maquiavélicos de siempre. Acá su obligación, jóvenes del bicentenario, es esforzarse y superarse para implementar en su trabajo los conocimientos aprendidos en escuelas y universidades y destacar por sus propios méritos.

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