Hace décadas, la profesión de abogado ha ido perdiendo cierta credibilidad para algunas personas del medio en que vivimos, sin embargo, esto no quiere decir que debemos quedarnos cruzados de brazos y agachar la cabeza ante tan mala reputación que se nos ha asignado; pareciera como que la mayoría de personas solo ven lo superfluo de las noticias y se dejan llevar por lo que dicen los diarios sobre nosotros, los abogados, o aquella mala fama de “deshonestos”; muchos pueden decir que lo somos, debido a que los medios de prensa solo hablan de los malos abogados, aquellos que forman titulares en los diarios o son la primicia de los noticieros matutinos que se muestran en la televisión. Pero ¿por qué la prensa no se preocupa en mostrar a los buenos abogados? ¿Por qué los medios de comunicación no enfocan o no resaltan en sus primeras planas a los abogados que trabajamos con dignidad, ímpetu y perseverancia? La razón es sencilla, la imagen de un buen abogado no vende; incluso, pareciera ser como si la sociedad estuviera esperando o aguardando las noticias en que solo salgan cosas malas sobre los profesionales del derecho y no cosas buenas; qué hay de los abogados que trabajan con orgullo, pasión y dignidad. ¿Qué hay de los abogados que pretendemos mejorar el derecho en nuestro país y tratamos de borrar la mala reputación o imagen que injustamente se nos ha asignado? Pareciera como si las personas no saben todo lo que implica cargar sobre nuestros hombros esta loable profesión, pues la formación empieza desde las aulas universitarias, pero se logra con el desempeño o en el ejercicio de nuestra carrera, y para ser más exactos, desde nuestro despacho.

Nuestro espacio de trabajo debe contar con los elementos necesarios para poder desarrollar nuestras actividades con agrado; aparte del mobiliario y los equipos, se debe contar con buenos libros en nuestra biblioteca, los mismos que deben ser leídos y analizados para poder marcar la diferencia con nuestros colegas, en la sana competición y ejercicio profesional; si nuestro trabajo es de forma independiente, debemos preocuparnos hasta por la forma de atender a nuestros clientes y por su comodidad. La preocupación mayor, obviamente, se centrará en la retribución económica por nuestro trabajo; el dinero es el recurso esencial para poder realizar nuestras tareas en salvaguarda o en beneficio de nuestro cliente, así como el estímulo para poder desarrollarnos profesionalmente; tanto el letrado como el cliente han de actuar con sinceridad, poniendo sobre la mesa el costo del honorario, sin aprovechamientos, procurando la retribución justa por el esfuerzo que requiere analizar y llevar el caso de manera idónea; el buen abogado, más que sus pergaminos o experiencia laboral, deberá ganarse la confianza demostrando la habilidad garantizada al cliente, pensando en el valor sagrado que está en juego: la justicia, la cual está muy por encima del dinero; habrá ocasiones que nos topemos con clientes complicados que podrían afectar nuestra labor profesional, o aquellos que traten con desdén nuestro trabajo; cuando esto suceda, lo mejor será no llevar el caso, poniendo a salvo nuestra noble labor profesional y la buena reputación de todos los abogados.
Concluyo, esta vez, evocando una frase de Lucio Anneo Séneca: “Cuando hagas algo, no pienses en las riquezas, sino has que las riquezas sean la consecuencia de tu éxito”.