La carrera profesional del derecho está vinculada a los conflictos sociales; como abogados, muchas veces cargamos nuestros problemas personales y con ellos, tenemos que tratar de resolver los problemas ajenos; sin embargo, lo que motiva a hacerlo, más allá de la vocación que se tenga para el ejercicio profesional, es la capacidad innata que tiene un buen abogado, para resolver los conflictos y problemas de sus patrocinados. Nuestra profesión, no está hecha para tratar con delicadeza a nuestro cliente, sino para ser firme y decirle las cosas tal como son; para poder lograr esto, el asesorado o defendido debe ser lo más sincero y directo con el abogado y contarle las cosas tal cual ocurrieron; no debe guardarse nada, porque si lo hace, quien se perjudicará será él y no su abogado, porque nosotros elaboraremos una defensa de acuerdo a lo que nuestro asesorado o patrocinado nos confíe.
El abogado, debe empezar por escuchar bien lo que su cliente le tendrá que decir y luego de ello, amparado por la ley y la solución fáctica del problema, el abogado deberá neutralizar y calmar al patrocinado, mostrándole cómo empezará a resolver los hechos más relevantes del conflicto, como también le dará luz para ver los reclamos o la defensa que podría tener la otra parte de manera objetiva y sigilosa; como profesionales del derecho, estamos más que obligados a prestar un buen servicio, más aún ante la adversidad de la causa, pero no solo estamos forzados a prestar nuestra profesión ante el patrocinado, sino también dejar en alto el nombre del derecho ante el juez y la administración de justicia, de ser el caso. Al tratarse de causas y conflictos privados, el abogado debe mostrar su valentía, su espíritu fuerte, su inquebrantable compromiso con la ley y la justicia, al momento de tomar el caso y luchar junto a su cliente hasta el fin del proceso o de la gestión; el abogado valiente, lo hará, no verá obstáculo, ni oposición en poder hacerlo, pero el abogado débil, titubeante, con poca preparación, tiritará y muchas veces desistirá de la causa. El abogado debe ser consciente que cuando toma un caso, cuando asume y desempeña su papel de defensor o gestor, debe estar dispuesto a luchar por la causa, tal como ordena la legislación, siempre y cuando, la causa sea una causa noble, justa y digna de ser defendida.
Por más difícil que sea el conflicto y la adversidad que deba afrontar el abogado, debe saber y ser consciente, que en esta lucha está solo; si bien, los allegados pueden aconsejar si debe llevar el caso o no, o si lo está llevando y la adversidad es fuerte, le recomienden desistir, el abogado debe recordar que solo puede oír a las personas cercanas a él, sus diversas opiniones, pero que al final, solo dependerá de él, seguir en la causa defendida o no. Aquí también se debe reflejar la conducta y actitud independiente que tenga el abogado para ser capaz de dar solución a esta disyuntiva, pues debemos ser inteligentes al momento de tomar el caso y defenderlo, esto denotará mucho el éxito que obtengamos al final del proceso o la gestión, si sabemos conducirlo de manera adecuada y legal, conservando siempre nuestra diligente actitud perseverante pero afianzadora y convincente de poder ganar siempre, tal como sentenciaba el poeta romano Horacio: “En las cosas adversas, condúcete con ánimo y fortaleza”, con lo cual, exhortaba a los hombres a que seamos más grandes, temibles y fuertes, ante las desgracias y adversidades que la vida nos presente.