Vivimos en una sociedad cargada de prejuicios y poco tolerante; esta sociedad se permite criticar todo lo que los demás hacen, y nuestra carrera no se salva y cae víctima de sus infamias. El abogado es quien se ve perjudicado ante los inescrupulosos ataques que los mismos ciudadanos se atreven a lanzar y a opinar sobre nosotros; aunque sabemos que poco importa lo que diga la gente, eso no da lugar a que se nos critique de las acciones o decisiones que tomemos; inclusive, existen ocasiones en que las mismas personas que requieren de nuestros servicios profesionales son las primeras en atacarnos cuando no aceptamos llevar su caso o gestionar un determinado tema.

Nuestra sociedad es, a veces, indigna e injusta, su crítica hacia los profesionales del derecho no solo se produce en las esferas pequeñas, sino también en las grandes; esto no debe ser óbice para mantener nuestra independencia y la respectiva distancia de los poderes públicos; como servidores de la justicia, nuestro primer deber es acatar las leyes por más injustas que estas puedan parecernos; del mismo modo, el abogado debe mantener su independencia, acatando la norma, aceptando lo que el ordenamiento jurídico impone, pero siempre vigilante, cauteloso y valeroso, para denunciar cualquier trasgresión, violación de la norma o intento de vulnerar el orden social. El hecho de que la sociedad nos juzgue y nos critique, o el hecho de que los jueces y magistrados tengan un cargo jerárquico debido a la función que ejercen, no quiere decir que el letrado deba temerles; precisamente, son ellos los primeros llamados a obedecer y respetar la ley, tal como guardaron cumplir en su juramento o promesa; el abogado, si ve alguna acción que atente contra los valores, los principios y la norma, debe inmediatamente denunciar ese hecho, porque por más cargo público o facultad que tengan al ser magistrados, el comportamiento y la conducta de ellos no pueden ir en contra de las leyes.

La crítica que la sociedad hace de nosotros –los abogados– recae más en el aspecto de las coimas, el engaño y la corrupción; lamentablemente, no se puede hacer mucho por esta mala imagen que se nos ha formado y solo queda trabajar diligente y arduamente para tratar de opacar esa mala reputación; debemos cuidarnos mucho de los factores sociales que estén vinculados a los conflictos de intereses que puedan producirse entre las partes; como profesionales del derecho, debemos preocuparnos más en buscar el interés de la justicia que la “fama personal”, pues como servidores de la justicia, estamos destinados a ser leales a las causas nobles. Sabiendo como es la crítica de la sociedad, no debemos comprometer nuestro trabajo, ni nuestra independencia a la acumulación de trabajos que pongan en juego nuestra labor profesional, como también nuestro tiempo y nuestra libertad; esto quiere decir, que si se nos presenta casos muy complicados, no debemos aceptarlos por una cuestión de profesionalismo, pues no somos “salvadores” ni superhéroes, pues no estamos obligados a aceptar todo lo que se nos presente, ya que lo más importante aquí, es saber respetar nuestro espacio, nuestra ética profesional, los años de estudio, interpretando normas y leyendo doctrina y analizando jurisprudencias.

A modo de conclusión: nuestra libertad profesional no debe perderse para nada en la labor diaria de un buen letrado, ya que nuestra actitud, nuestro carácter y nuestro temple, dirán mucho de la persona que llevamos tras la medalla de abogado.