En nuestra sociedad, es común enterarse de que un colega abogado cometió algún tipo de fraude o engaño en perjuicio de una persona o institución; esta situación alimenta la mala fama de los profesionales del derecho; sin embargo, pese a que existen pésimos abogados que no son dignos de nuestra profesión, también tenemos abogados que día a día se esfuerzan por dar lo mejor de sí en cada caso que se les presenta, procurando alcanzar la justicia y salvaguardando la dignidad humana; estos profesionales si están a la altura y han alcanzado el prestigio gracias a un trabajo digno. Día a día debemos atender los casos que llegan a nuestro despacho, velando y salvaguardando los derechos de nuestros clientes, principal misión que tenemos los letrados; por lo tanto, decidir qué casos tomar y qué casos no, debe responder a nuestro criterio, donde el dinero no sea un factor determinante, sino la evaluación de la causa justa; si bien es cierto, a todas las personas les asiste el derecho a la defensa, no podemos defender a todas las personas, por diversas razones; es aquí, precisamente, donde la deontología juega un rol fundamental. El nombre de nuestra profesión proviene del latín “advocatus”, que significa “el llamado”, el llamado para defender las causas dignas y justas, nuestra profesión así lo exige, por lo mismo que rescata el servicio de los valores que dignifican y rigen el comportamiento del hombre; de todas las profesiones, solamente el ejercicio del derecho es el único que se preocupa por alcanzar el máximo de todos los ideales de la república de Platón, como lo es, la justicia; solamente un abogado que actúa con ética profesional, es capaz de luchar contra las severas y filosas garras de la injusticia, contra el despotismo más cruel a donde pueda llegar la bajeza de la condición humana y en toda causa donde los derechos del individuo se vean amenazados y vulnerados, es ahí donde el abogado se convierte en el defensor por excelencia, y arremete contra todo ello, sin temor a nada.
En nuestro país, quizás, aún nos falta mucho por mejorar en la profesión jurídica, pero si hacemos un breve comparativo con otras naciones, veremos que el abogado cuenta con plena independencia y libertad en todo el rigor de la palabra, la misma que lo faculta a poder aplicarla en la profesión; otras naciones comparten esa libertad del abogado, dentro de su actuación en los juzgados y tribunales, como en el caso de la ley orgánica del poder judicial español, por ejemplo; surge la pregunta: ¿por qué no hacer lo mismo en nuestro ordenamiento jurídico? Somos capaces de copiar códigos y leyes de otros países para adecuarlos a nuestro contexto socio-jurídico, pero no somos capaces de copiar lo mejor que hay en otras legislaciones y aplicarlos en nuestra realidad; la independencia y plena libertad del abogado en el ejercicio de sus funciones, no ayudan a los intereses, quizá políticos, quizá socio-económicos de nuestro país, y por ello, aquí el abogado, no es libre del todo y cada vez menos, son los abogados que optan por ser independientes, ya que la gran mayoría prefiere trabajar agachando la cerviz y sirviendo como Ganímedes, al Estado o a otros intereses, buscando una pensión fija, un sueldo estable, a costas de perder su libertad e independencia, con el riesgo de perder el estribo de la ética profesional.
Apreciados colegas: no perdamos nuestra libertad e independencia como abogados que somos y sigamos trabajando con honra, disciplina y dignidad humana, para mostrar a la sociedad que aún existen abogados capaces de ser los mejores en su profesión, capaces de llevar los procesos y defenderlos de manera justa y legal, alejado del escrutinio y la ignominia con la cual estamos vistos, y demostrando que somos todo lo contrario.