En nuestro paso por las aulas universitarias, a veces optamos por no prestar atención a algunas materias de la currícula por considerarlas “innecesarias” o, simplemente, las llevamos por cumplir y nunca más volvemos a revisar los apuntes o textos; lamentablemente, una de esas asignaturas lleva por nombre Derecho Romano. Como profesionales del derecho, hacemos muy mal al desdeñar o dejar de lado el estudio de este curso, al igual que el estudio de la teoría del derecho, pilares fundamentales de nuestra carrera; la teoría del derecho nos ofrece los conocimientos básicos sobre los cuales está estructurado el derecho (hombre, sociedad, norma, Estado, etc.); el derecho romano, por su parte, nos ofrece algo más que la historia de nuestra noble profesión, nos ofrece el conocimiento de la cuna de la norma, la cuna del derecho. Sin el derecho romano, todo lo que hoy conocemos con el nombre de “leyes” y “códigos” simplemente no existiría.

Tal vez, para varios abogados que ya ejercemos la profesión, nos pueda parecer incómodo o absurdo tomar un libro de derecho romano y revisarlo, puesto que en la práctica ya no revisamos esos textos; sin embargo, la perspectiva cambia cuando uno ejerce la docencia, sea en el área del derecho civil o en cualquier otra; en la cátedra, al menos en las primeras sesiones, el docente debe recurrir a la historia del derecho y explicar un tópico del derecho romano aplicado a su materia; por añadidura, quienes se desempeñan en las cátedras de derecho civil, cualquiera fuese el curso que traten: personas, acto jurídico, familia, reales, sucesiones, obligaciones, etc., no podrá desarrollar las sesiones sin haber expuesto, en la primera o segunda semana, un poco de historia de esta importante disciplina.

En nuestro país, el estudio del derecho romano -que va más allá de una mera historia- no recibe la debida atención y menos el rigor o la calidad científica, a diferencia de los países de habla no hispana; en las universidades norteamericanas, por ejemplo, existen especialistas en derecho romano que se han volcado al estudio de esta importante disciplina y producen artículos o textos de envidiable calidad; pareciera que los docentes de esta importante asignatura son seleccionados “a dedo” o simplemente se concede la cátedra a colegas que siendo de otra especialidad, aceptan la asignatura para “completar horas”; esta situación ha ocasionado que la enseñanza de esta materia en nuestras universidades pierda todo interés, con el consiguiente ausentismo y, lo que es más grave, algunas escuelas y facultades de derecho han retirado este curso de su pénsum por considerarla “innecesaria” para la formación del abogado.

Nos corresponde, como profesionales del derecho, recordar, reforzar o profundizar los conocimientos de derecho romano así como de latín o latín jurídico para comprender y, si ejercemos la docencia, explicar a nuestros alumnos la real importancia del Digesto, de las institutas de Gayo, de la ley de las XII Tablas, así como su aporte o repercusión que tuvieron y tienen hasta el día de hoy en nuestros códigos, al igual que todas las instituciones que surgieron en Roma; no en vano, Gayo, Ulpiano, Pomponio, Modestino, Justiniano y otros eminentes juristas romanos nos dejaron su legado; así como, en mi caso, las inolvidables enseñanzas del eximio y recordado maestro Jacinto Tello Johnson.