Desde hace algunas décadas, los abogados que día a día litigan y resuelven sus casos judiciales se han vuelto más “codigueros” y apegados a la norma escrita, no hacen más que reproducirla tal cual, sin profundizar en ella; incluso, se ha perdido la noción argumentativa y el carácter interpretativo de la norma, bajo una perspectiva iusfilosófica, la cual es propia de una sociedad jurídica decadente, que en vez de situarnos en un contexto pensante, nos envuelve cada vez más en una penumbra y sombría entropía. ¿Por qué nuestra comunidad jurídica ha dejado de valorar la importante labor de la filosofía? Me atrevería a decir que nuestros colegas ya no aplican, ni emplean buenos criterios de interpretación normativa en sus escritos, como consecuencia de una mala y paupérrima enseñanza de la filosofía del derecho en las aulas universitarias.
La materia de filosofía del derecho, en vez de ir incrementando su número de horas, ahora se ha retirado de los planes de estudios de muchas carreras profesionales jurídicas; una asignatura vital y elemental para la formación destacada de nuestros futuros abogados, va quedando de lado por emplear materias mercantilistas, que si bien les proporcionará grandes sumas de dinero o asegurará sus trabajos en buenos puestos, hacen que su conocimiento sea escaso; se utiliza como justificación el carácter teórico y no práctico de estas asignaturas. Bajo esa lógica, soslayan una materia que puede ser capaz de proporcionarle los mejores y grandes conocimientos de la humanidad, como lo es la filosofía, y en nuestro caso, a los grandes clásicos pensadores del derecho que nos enseñan a cómo pensar mejor, pues los desechamos y preferimos “lo práctico”, olvidándonos que no puede existir lo práctico si no es respaldado por una teoría o pensamiento filosófico que lo formule.
Precisamente, la filosofía del derecho trata sobre la búsqueda y solución a los problemas que el derecho presenta; muchos letrados piensan que el estudio de esta disciplina solo trata de vanas sendas turbias y confusas de donde no se extrae nada bueno; pensar así, es vivir equivocado, pues sin la filosofía del derecho, no existirían las constituciones políticas y mucho menos los códigos; la doctrina y el estudio de la teoría general del derecho avalan esta postura. Los noveles abogados se interesan por aprender cuestiones prácticas y elementales que les ayuden a solucionar los conflictos de intereses que día a día ven, pero se olvidan que la filosofía del derecho les puede dar muchas más luces de cómo regular el comportamiento humano, sobre la base de la norma y de la doctrina para obtener un mejor resultado en el caso; lo que no dice la ley, lo que no se encuentra en el espacio jurídico, se encuentra en los confines del universo iuris, que solamente la filosofía del derecho hace que el abogado acceda; no se trata de devorar centenares de libros de filosofía del derecho para demostrar erudición o soberbia ante los demás, se trata de leer mucha filosofía del derecho y saber en qué casos y medidas prudentes se puede aplicar lo estudiado. Los profesionales del derecho debemos estar preparados tanto en la parte práctica, para resolver los problemas de los clientes, pero también preparados mentalmente y estar dotados de cultura jurídica; el abogado que aprende filosofía del derecho, está un paso por delante de quienes no lo hacen.
En conclusión, podría decir que no hay nada de malo en que un abogado se prepare y estudie muy bien sus casos bajo el análisis que hace de los códigos civiles o penales, pero solo el abogado que aparte de hacer lo propio, estudia y se preocupa por ahondar en los terrenos de la filosofía del derecho, será aquel que logre superarse –no solo ante otros- sino también a sí mismo.