Los profesionales del derecho, a menudo, somos mal vistos por la sociedad, se nos cataloga como seres codiciosos que perseguimos grandes beneficios pecuniarios; sin embargo, esto es muy equívoco; si bien existen algunos colegas que hacen mal uso de nuestra noble profesión y profanan la carrera de Derecho, no es correcto que justos paguen por pecadores; no podemos negar que existe falta de ética y pérdida de moral, no solo en lo profesional, también en lo personal. Deberíamos volver la vista atrás y empezar a restaurar y reintegrar las creencias del ser humano en el mundo en que vive, diferenciando la fantasía, el mito y la tradición de lo racional y lo científico; así como muchas personas aún conservan las mismas creencias y supersticiones, el abogado debería conservar los antiguos valores y la antigua moral, como máximos estándares, los mismos que deben guiar su conducta, su comportamiento y su responsabilidad laboral.

Al referirnos a la pérdida de la moral, observamos que el ser humano es quien ha propagado y ha producido los conflictos y situaciones denigrantes, que la sociedad no ha podido resolver de manera natural y es por eso que debe recurrir y acceder a la justicia. La interacción humana no solamente crea relaciones convencionales y sociales entre los seres humanos, sino también crea los conflictos más desastrosos y los casos más horrendos que la humanidad haya podido contemplar; desde pedofilia, parricidio, filicidio, feminicidio, como también la inseguridad ciudadana que a diario cobra víctimas en nuestras ciudades; hechos como estos y otros ejemplos que podríamos mencionar, reflejan cómo la naturaleza humana se ha desvinculado totalmente de la conducta ética, de las reglas morales y, en algunos casos, la pérdida espiritual o la fe de muchas personas.

Acabar con todos los males de nuestra sociedad es, prácticamente, imposible; por más que existan personas buenas, confiables y que preserven la moral, la mayoría de personas en el mundo están contaminadas con la maldad en su interior; si pretendemos el progreso, simplemente tendremos que evaluar los límites de la moral que actualmente vivimos, reduciendo la brecha entre el materialismo humano y el progreso moral y social, demostrando que si hemos sido capaces de conquistar el espacio exterior, deberíamos ser capaces de conquistar nuestro espacio interior, es decir, a nosotros mismos. El abogado, no solo debe ser capaz de conquistarse a sí mismo, también debe emprender la labor de trabajar con seriedad, responsabilidad y eficacia, cuando tenga que atender los casos que se le presenten, por más difíciles que parezcan, deberá resolverlos; para ello deberá analizar si las causas que va a defender o asesorar se encuentran desvinculadas de elementos denigrantes o indignos, incluso de aquellos elementos que atenten contra la integridad y la moral, tanto de su persona como de su cliente, sin olvidar el máximo lema de nuestra orden: Orabunt Causas Melius (defenderán las mejores causas), dejando en alto nuestra profesión y quedando bien con el cliente y con uno mismo.
Los abogados estamos para ejercer la profesión de manera digna, asumiendo con credibilidad y responsabilidad la defensa o el asesoramiento; es menester recordar a Ángel Osorio y Gallardo, quien nos exhorta en su obra “El alma de la toga” a ayudarnos a encontrar no solamente los aspectos morales, sino filosóficos, de la enseñanza de los grandes pensadores de la antigüedad, ya que muchos de ellos no solamente nos legaron sus grandes obras, también nos ayudaron a entender cómo se debe vivir de manera correcta, siguiendo los principios, así como cultivando el amor al conocimiento y estudiando la filosofía, haciéndonos cada vez más conocedores de la cultura, precisamente lo que el abogado de hoy necesita.