Cuando empezamos a ejercer nuestra profesión, nos percatamos que no solo debemos lidiar con los problemas de nuestros clientes, sino también con todas las instancias de los sendos procesos o gestiones que tengamos que llevar a cabo; si hacemos una buena labor, no solo lograremos resultados favorables, sino también nuestra reputación y credibilidad como buenos letrados, quedará en alto. Como servidores de la justicia, recae sobre nuestros hombros la importante tarea, no solo social, sino también jurídica, de llevar el nombre del derecho por todo lo alto, en búsqueda de alcanzar el mayor de los bienes jurídicos: la justicia; sin embargo, para poder lograr aquello, no basta con triunfar en un proceso, sino también el saber cómo ganarlo, con actitud crítica y capacidad cognitiva, empleando los elementos y recursos del pensamiento y la lógica jurídica, los cuales deben verse reflejados en nuestra argumentación y nuestro lenguaje, expresados en los escritos, y en el caso de los magistrados, en sus resoluciones.

Cotidianamente podemos apreciar la cantidad y la buena calidad de nuestros colegas que se desempeñan en las distintas áreas de nuestra profesión; pero, en el caso de los magistrados, ¿están realmente capacitados con actitud crítica y buen razonamiento para poder emitir resoluciones? Vamos a atrevernos a exponer algunas consideraciones que podrían ser útiles para nuestros colegas al momento de exponer o aplicar un adecuado razonamiento jurídico. En primer lugar, debemos reconocer una inapropiada formación que los profesionales del derecho recibieron en las aulas universitarias, donde se ha descuidado asignaturas como: lógica jurídica, epistemología jurídica, argumentación jurídica y razonamiento jurídico; en el campo procesal, me atrevería a sugerir la incorporación de una materia acerca de la lógica procesal, la misma que sería de gran utilidad para quienes se van a dedicar a la defensa o a la magistratura; sin embargo, observamos que ocurre todo lo contrario, paulatinamente se han ido retirando este tipo de materias de la currícula, salvo honrosas excepciones. Por otra parte, para tener mejores magistrados y mejores abogados, debemos reconocer que la formación de los mismos no solo debe estar basada en la interacción y resolución de conflictos, sino también en profundizar y estudiar la historia del pensamiento jurídico; sabemos que han sido muchas las escuelas del derecho que, a lo largo de la historia, nos han dejado un gran legado que hoy podemos aplicar; los grandes pensadores del derecho no hubieran sido capaces de aportar tales posturas si no fuera por la lucidez y la claridad de razonamiento que poseían, determinando así las reflexiones propias y contribuyendo a mejorar, cada vez más, las perspectivas y las soluciones de los conflictos.
Lo que busca, en sí, el razonamiento jurídico es que que todo lo dejado como legado por los grandes juristas sirva para ponerlo en práctica, ya sea frente a los tribunales, en la asesoría o gestoría, pues nuestros clientes estarán aguardando un resultado positivo de nuestra labor, siempre en búsqueda de la justicia; no debe amilanarnos el hecho que hoy en día exista una escasez de filósofos del derecho, pues aun así, los aportes, contribuciones y teorías que abordan y alimentan la teoría del derecho, son muy importantes, teniendo en cuenta que toda aplicación práctica debe tener -siempre- un soporte teórico como base, siguiendo el ideal de Protágoras: el homo mensura (el hombre como medida de todas las cosas), es decir: 50% teórico y 50% práctico, alcanzando con ello la plenitud personal.

Para concluir, les dejo la siguiente pregunta: en nuestro ejercicio profesional, ¿razonamos jurídicamente o simplemente nos dejamos llevar por lo que mejor nos parezca? Con la respuesta a esta pregunta seremos capaces de saber si estamos, como abogados, bien preparados o no.