Si eres psicólogo sabrás muy bien para qué sirven las redes. El promedio de pacientes manifiesta ser infeliz, vivir en ansiedad, tener problemas y, sin embargo, ves en sus cuentas de Facebook una apariencia que sirve para la ilusión sobre lo bien que les va. Para eso sirve Facebook.

En realidad, no existe un medio que permita a la gente comunicar sus cuitas sin ser juzgada. De querer hacerlo, deberá pagar por la escucha. Hay otras maneras de comunicar y quitarse todo lo que hay encima para ser uno tal cual (quien haya seguido un curso de teatro lo sabe bien). El teatro o el clown nos desnudan, como nos desnudan aquellas máscaras que nos ponemos en la falsa idea que ellas nos esconden. Es una forma de hacerse escuchar y de ser. Es terapéutico. Alguna vez en un largo curso de teatro, fue una máscara la que me desnudó en el espejo. Las máscaras son los escudos invisibles que nos permiten ser lo que somos. Paradoja.

Facebook muestra lo bien que estamos o la magnificencia de nuestras vidas. No es una máscara, es una plataforma, una ficción; no es una máscara, pues nos esconde debajo del Photoshop, el gesto, la patería y el triunfo profesional. Sí, porque tus problemas le importarán nada a quien te vea. Oportunidad perdida, pues, qué mejor terapia que saber que se es escuchado sin juicio o que se está acompañado. Hace unos días, un hombre se suicidó desde una torre, fue su segundo intento. Fatalmente lo logró por insistencia. La gente busca siempre solucionar los problemas de los otros en congojas o aprietos, cuando lo único que nos piden es “ser acompañados”. Acompañar es cargar el peso del problema, es un “estamos” y un “somos”; no es ocasión para mostrar la vidriera de nuestra inteligencia.

Acompañar es ser uno con el otro, bajar a su inframundo para subir juntos como una fuerza espontánea. De allí la importancia de escuchar en un mundo que no escucha, que antepone la vibración del Whatasapp a la urgencia del otro o que prefiere interrumpir para exhibir. Escuchar es un arte y, desde luego, no hay sillón de escucha gratis, como tampoco hay oídos y menos la empatía que nos permita comprender al otro en sus miedos, sus penas, sus derrotas o sus culpas.

¿Y qué si, por default tecnológico, no somos nosotros esa plataforma que acompañe a los demás?