El año 2020 que hemos despedido antier será, por todo lo que ocurrió, el de más triste recordación para todos. Fue un año duro, difícil, trágico. Hemos sufrido las consecuencias de lo ocurrido en tres frentes, principalmente, y seguramente que la seguiremos padeciendo por buen tiempo, debido al carácter gradual de su recuperación en muchos de ellos. Atravesamos por una innecesaria crisis política que terminó polarizando las pasiones y ahondando las divisiones entre peruanos, seguimos enfrentando a una pandemia en la salud a consecuencia de la covid-19 y hemos sufrido una crisis económica que ha puesto a miles de personas en la calle, aumentando el desempleo y la desocupación y con un futuro poco sombrío a estas alturas. En cada uno de esos capítulos las respuestas oficiales no fueron debida y correctamente planteadas, a juzgar por los especialistas.

Hemos llegado al final de un año atípico que el tiempo nos permitirá evaluar con más objetividad. Fue una experiencia que nos afectó profundamente. Nuestras propias vidas ya no son las mismas. El largo confinamiento que se extendió casi todo el 2020 y lo seguimos viviendo con menos rigor, hizo que nos descubriéramos en nuestra interioridad poco explorada como integrantes de familias nucleares y seres sociales. Salieron a luz aspectos personales y colectivos que nos revelaban en una dimensión poco observada por nosotros. Sufrimos, es cierto, pero supimos enfrentar con mucha fortaleza. Y lo seguiremos haciendo, porque somos un pueblo que viene de culturas ancestrales basadas en principios como la solidaridad.

La crisis política generó enconos, allí donde debiera haber unidad, que es lo que más necesitamos. Lamentablemente, debemos decir que los líderes no supieron estar a la altura de las circunstancias, Sus enfrentamientos permanentes provocaron situaciones de precario manejo en nuestra democracia. No es posible que en tan sólo diez días hayamos tenidos tres Jefes de Estado. Ello dice mucho de nuestra fragilidad política. Esta situación contribuyó a agravar la crisis sanitaria que debimos enfrentar, con la prontitud y corrección que sí se hizo en otros países vecinos.

El año que se fue nos deja y quizás con más riesgo, si no tomamos las precauciones del caso, una pandemia de efectos letales que no tienen fin. Somos un país con casi 1 millón de contagiados con el virus. El rebrote de la covid-19 está presente y nuestra infraestructura hospitalaria está copada. Tenemos todavía días y meses de pronóstico reservado. Las autoridades de salud, con la ministra del sector a la cabeza, han salido para recordarnos que debemos fortalecer nuestras medidas de seguridad personales como seguir con el uso de la mascarilla, el distanciamiento personal y el lavado de manos, principalmente. Eso haremos. Sin embargo, la compra de vacunas que en países cercanos ya son una realidad, en nosotros se ve algo lejano y de fecha incierta.

La crisis económica, por otra parte, presentó una caída muy alta. Ya el INEI reportaba que en el tercer trimestre, el gasto de consumo de las familias se había reducido en 9.3 %, cifra que ya supera los dos dígitos, según comentan los economistas. Y en el plano laboral nos explicaba que durante el trimestre que comprendió setiembre a noviembre del año que nos dejó, el 20 % de la Población Económicamente Activa de entre 14 y 24 años de edad se encontraba desempleado en Lima. Ni qué decir de las empresas pequeñas y medianas que se vieron obligadas a cerrar. Ahora sólo nos queda desear que este año sea mejor y que nos dé más tranquilidad. La reactivación será lenta, pero allí estaremos con fe.

Juez Supremo