Osvaldo Cattone falleció a los 88 años. Un tipo encantador, por decir lo menos. Argentino de cuna, estudió literatura en su tierra y actuación en Italia. En Argentina, crecía la importancia de su trabajo como actor, y justamente por esa proyección es que, en 1973, fue convocado para actuar en la telenovela peruana “Me llaman Gorrión”. Son casi 50 años desde que pisó tierra peruana por primera vez y que decidió, como embrujado, trascender aquí.

Lo de Cattone fue polémico por partes. Algunos lo desautorizaban porque el tipo de teatro que producía era “comercial”, carente de ese halo intelectual o crítico que –suponen– debe incluir todo lo que sea llamado arte. Críticas que me recuerdan a los que justifican sus quejas sobre el lenguaje inclusivo en la RAE, cuando, en realidad, les importan tres pepinos aprender el uso correcto del gerundio. Y también fue polémico porque se atrevió a poner obras de teatro que cuestionaban la cucufatería limeña. Cattone era un valiente.

Entre la dirección y la actuación, participó de poco más de un centenar de obras teatrales en el fortín del teatro Marsano. Producir arte en un país en el que el ciudadano común prefiere gastar en un pollo a la brasa antes que en una entrada al teatro ya es un enorme mérito; pero Osvaldo Cattone hizo más: acercó el teatro a todos. Y no lo hizo con entradas gratuitas, con sorteos o llevando su compañía por todas partes (alternativas válidas y valiosas, dicho sea de paso), sino que eliminó la idea de que sus obras eran para una élite intelectual, para los que manejan los referentes cultistas del teatro inglés; sus obras eran para compartir con la familia, amigas y amigos, incluso era para quienes no suelen ir al teatro. Y yo creo que así es el arte. Entiendo que también existe ese arte encerrado, oscuro, para unos elegidos; pero el que toca tanto y a tantos quiebra los límites del tiempo. Que sea un buen viaje, Cattone.