Advocación

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“¿Dios no nos dará la suerte de tener un hijo abogado?” le decía mi padre a mi madre, a su retorno de asumir el cargo de juez de paz de mi pueblo natal; eran los primeros años de la década de los 80, había viajado a prestar juramento ante el juez instructor de la provincia de San Miguel de Cajamarca, don Tomás Padilla Martos; mi padre resaltaba la juventud del magistrado, a quien ya había conocido como alcalde de la provincia poco tiempo antes, cuando mi padre era agente municipal de nuestro caserío; mi padre fue juez de paz durante casi una década, posteriormente se desempeñó como gobernador político por un periodo similar; y, finalmente fue dos veces alcalde de nuestro distrito (en 1989 se logró que nuestro caserío se elevara a la categoría de distrito).

Mi abuela paterna nos contaba que mi abuelo siempre soñaba con tener al menos un hijo abogado, quizá por su función como teniente gobernador; su sueño se cumplió mucho después, cuando él ya no estaba en este mundo; mencionaba también mi abuela que mi padre, de niño, se ponía cerca de la puerta para poder escuchar los comparendos y las soluciones de los conflictos que se presentaban; cosa curiosa, yo también hacía eso cuando mi padre administraba justicia, resolviendo problemas conyugales, de alimentos, daños y perjuicios, entre otros.

Desde muy niño rechazaba los abusos y las injusticias; alguna vez quise denunciar a una vecina por golpear a sus hijos, esto llegó a oídos de la desnaturalizada progenitora y cesó en sus actos. Recuerdo, claramente, acompañar a mi padre en sus gestiones ante las autoridades e instituciones, siempre con mucho respeto y pidiendo lo mejor para su pueblo; eso iba induciéndome a abrazar la carrera de derecho y poder cumplir con mis sueños, que también eran los de mi padre y habían sido los de mi abuelo.
Pero ¿qué implica ser abogado?

Esta noble profesión cumple una sagrada misión dentro de la sociedad y requiere excelencia de criterio, la práctica de la objetividad, imparcialidad y equidad; debemos luchar contra la corrupción en todos sus niveles y aspectos; retomemos el rumbo, encaminemos el destino, inculquemos la moral y la ética en todos los ámbitos, teniendo siempre presente que un letrado es un operador de la justicia.

No podemos negar la mala actuación de algunos colegas, quienes se dejan llevar por las influencias o las pasiones, denigrando a nuestra profesión, haciéndonos dudar del buen futuro de la sociedad y del país; no debemos amilanarnos frente a ello, esforcémonos por imponer los principios de dignidad y honradez, primero en nuestro ejercicio profesional y luego en la sociedad en general; la tarea no es nada fácil, requiere disciplina, esfuerzo, trabajo y respeto.

Como profesionales del derecho, debemos procurar que nuestros actos reflejen la rectitud de nuestra obra, la misma que debe caracterizarse por ser eficiente, creadora, orientadora y digna; desterremos a los intereses subalternos, rescatemos a quienes han caído en las garras de la traición, corrupción y maldad; salgamos del estado de descomposición social; velemos por la democracia y defendamos el Estado de derecho constitucional.

Sigamos la estela de aquellos que nos ven desde lo alto, quienes ya gozan de la gloria del Altísimo; en mi caso: mi abuelo, mi padre y mis tíos; en el plano terrenal, imitemos lo bueno y mejoremos lo presente; pensemos en un mundo mejor para quienes vienen detrás de nosotros. ¡Sí se puede!

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