Mafalda, frente al auto de su papá, dice: Anoche estornudé un par de veces. ¿Y quién vino y me preguntó si había tomado frío y me puso la mano en la frente y me miró la garganta, eheee? ¿Quiéeeeen? Hincha el pecho de orgullo y se responde: ¡Mi papá! Le saca la lengua y le dice: ¿Viste cómo no eres el único?

La experiencia, la cercanía afectiva, la sabiduría popular y la copiosa literatura abundan más en el quehacer de la madre. Frente al hecho radical de la maternidad que genera estrechos vínculos, la actuación, la presencia y necesidad del hijo por el padre pareciera que se resiente o diluye.

Para el padre, competir con la mamá es perder de plano el partido. Lo suyo es más bien, complementarla y completarse para que la relación con su hijo sea rica e integral. Si la meta perseguida fuera unir dos pedazos de tela, la acción lógica sería coser. La aguja y el hilo, cada uno por separado, son valiosos e importantes, pero si el hilo no se enhebra en la aguja, el coser no pasaría de ser un bonito deseo. Solo en conjunto y complementándose logran educar integralmente a su hijo. Esa función no es suplementaria ni de segundo orden, supone protagonismo y valioso aporte del padre.

La paternidad inicia su ejercicio acogiendo y reconociendo, con la cabeza y con el corazón, la suprema dimensión de la maternidad que se especifica confirmando y respaldando la actuación de la esposa en tanto madre. Sin embargo, el padre no debe dejar que se apague –por la cotidiana demanda de los hijos– el resplandor, la vibración e ilusión que manan de ella. La madre, desde esa realidad existencial, se da y se entrega a sus hijos siguiendo su instinto amoroso que le señala el camino y el modo cómo recorrerlo. En este sentido, el padre poco puede añadir, pero tiene un vasto campo donde su acción es vital: impedir que el ser madre termine reduciendo su ser esposa y mujer. Lo que el padre satisface en este aspecto se vuelca en filigrana en su hogar, en los hijos y así vuelve al esposo. El esposo que sabe armonizar con exquisita finura el ‘ser-madre y ser-esposa’ es un buen padre y contribuye eficazmente en el resplandor del ambiente en el hogar y en la educación de sus hijos.

La paternidad se expresa de distintas maneras y variadas circunstancias, pero tiene una valiosa cualidad –a mi juicio señera– que es dar seguridad. Es como un robusto y frondoso árbol que extiende sus ramas proyectando sombra y protección. El saberse protegido y estimulado permite que los hijos y la esposa se desarrollen y crezcan sabiendo que tienen a su disposición un brazo fuerte que los impulse, o del cual se cojan para no caer. No es cosa de poca monta el facilitar el crecimiento que, dicho sea de paso, es el mejor modo que tiene el hombre de aprovechar el tiempo.

Edistio Cámere