El irlandés -que es un gánster pero que, como todos los irlandeses, lleva en su sangre la santidad y la poesía- reflexiona presintiendo su muerte: no quiero ser cremado porque aunque tenga que morir no deseo que sea “tan definitivamente”. Tampoco quiero ser sepultado bajo la hierba verde porque estar bajo tierra es desaparecer del todo. Prefiero una tumba en un pabellón, ya que es como vivir para siempre en un departamento, yacer pero no “tan definitivamente”.
Tal vez si en su tradición católica esté la fuente de esa elegía perenne que es la literatura irlandesa. La culpa y el remordimiento se han volcado sobre los altares y las buhardillas para orar y escribir. La sangre del martirio es al final la misma que hace brotar el amor en la rosa profana.
Si ser griego, como decía Parménides, es saber hablar con los hombres, ser irlandés es saber narrar ese diálogo, saber contarlo en cuartetas y en hexámetros. Tierra de peregrinos y ermitaños que caminan bajo la lluvia y cuya huella está aún en templos abandonados, en cenáculos, en ágoras vastas y tumultuosas, se avizora como la hoguera en torno de la cual se recitan los psalmos.
El irlandés -que es un gánster pero que tiene lealtades más fuertes que muchos que no lo son- probablemente ignoraba que su lluviosa tierra ha dado escritores egregios, entre ellos cuatro premios nobel: Williams Yeats (1923); Bernard Shaw (1925); Samuel Beckett (1969) y Seamus Heaney (1995), además del gran Joyce, del gran Wilde y de aquel, que como los árboles más robustos de los bosques, empezó a morir por la copa: Jonathan Swift.
Dublín, la ciudad que Joyce muestra tan admirable y meticulosamente en su Ulises, sin describirla, es la ciudad de la literatura, según declaración oficial de la UNESCO, pero lo es, sobre todo, del honor, de la fe y del coraje. Es la urbe gris que late con fuerza en un lugar escondido de Europa y que repite en nombre de San Patricio y con la voz de sus cruzados, el verso y la arenga de Padraig Perse: ¡Yo te declaro mi guerra sin cuartel y para siempre, Inglaterra!
El paisaje rural de Irlanda con sus cuchillos y sus patatas perdurará en los versos del poeta Heaney que vivió con su familia en una granja con techo de paja en el condado de Derry y que en memoria de su madre escribió el más bello poema de Irlanda, elegido por el país entero en una extraordinaria encuesta, cuyo resultado final fue anunciado por el Presidente:
“Cuando los demás estaban en misa/ Yo era todo suyo mientras pelábamos papas/ Rompían el silencio, soltadas una a una/ Cosas compartidas en la grata frescura/ De los dos resplandecían en el agua clara de un cubo./ Y seguían cayendo. Salpicaduras/ Del trabajo del otro que nos regresaban al mundo /Así que cuando el padre junto a su cabecera/ rezaba en voz baja la oración de los muertos./ Yo recordé su cabeza tendida sobre la mía/ los alientos mezclados, los filosos cuchillos./Nunca en la vida estuvimos tan cerca.”
El irlandés -que era una gánster- recordaba con lágrimas ese poema.

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