Según el internacionalista Carlos Mazal, la papa, originaria del Perú, contribuyó a que los conflictos en Europa disminuyeran en 15 por ciento después del siglo XVI. Cambió la agricultura y permitió a los campesinos cultivar más en menores áreas. Como resultado, el precio de la tierra bajó y decrecieron los conflictos por su propiedad. Sin embargo, otro hecho trascendente fue su vital contribución para combatir las hambrunas en el continente europeo asolado por numerosas plagas.

En 2050, la población de la tierra llegará a 10 mil millones de habitantes y se requerirá al menos un 50% más de alimentos de los que hoy se consumen, que no alcanzan a 690 millones de personas que padecen hambre. Casi el 10% de la humanidad no se alimenta adecuadamente y será imposible cumplir con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 de las Naciones Unidas, que implicaba Hambre Cero y seguridad alimentaria para 2030. Latinoamérica no escapa a los coletazos de este flagelo, pues se estima que los afectados serán 67 millones en 2030.

Perú sigue la tendencia. Según la FAO, 9.7% de los peruanos tiene consumo habitual de alimentos insuficiente para proporcionarles la cantidad de energía necesaria para llevar una vida normal, activa y sana. Las históricamente oprobiosas cifras de hambre y desnutrición infantil, vienen subiendo, asociadas al incremento de la pobreza en este año, estimado en más de 7%. Seguimos ignorando la advertencia que hizo el Programa Mundial de Alimentos (PMA), en cuanto a que invertir 1 dólar en la nutrición escolar complementaria de un niño en situación de pobreza, recupera 3 dólares.

En este contexto tenebroso, la presidenta del Comité Noruego, Berit Reiss-Andersen, anunció que el PMA ha sido distinguido con el Premio Nobel de la Paz, por su denodado esfuerzo en la lucha contra el hambre, y para volver los ojos del mundo hacia millones de personas que padecen la amenaza de sufrirlo. El galardonado programa provee comida nutritiva a aquellos con necesidades urgentes y aborda la raíz del problema, creando resiliencia en las comunidades para no tener que continuar salvando las mismas vidas todos los años.

El PMA asistió en 2019 a 97 millones de personas en 88 países, con ayuda humanitaria en emergencias, rehabilitación y desarrollo. Está especializado en dar respuesta rápida ante las catástrofes y en acceder a las zonas más remotas del planeta. Cuenta con 5,600 camiones, 30 barcos y cerca de 100 aviones que transportan millones de raciones diarias de alimentos que distribuyen a un precio de 51 céntimos de euro cada una. Y acá es cuando no puedo comprender cómo en sus 59 años de existencia, nunca hemos conseguido que incluya en sus paquetes asistenciales, entre otros, a la especie que tiene la mayor biomasa del mundo y la mejor proteína que es la anchoveta; ni a la pota, cuyos desembarques en el país son el 46% de las capturas mundiales; ni al perico en el que reportamos el 43% de lo que se pesca en el planeta. Perú está llamado a ser un pilar en esta nueva carrera contra el hambre, puede volver a salvar al mundo de esta calamidad –comenzando por casa–, y esto se podría lograr en la próxima década. Nos gustaría ver al actual gobierno y al que lo suceda, forjando una sólida alianza con el flamante titular del Premio Nobel de la Paz y volver a estar a la altura de nuestro rol en el mundo.