La magia del amor –dice Disraelí- reside en nuestra ignorancia de que puede tener fin. No lo tiene, en verdad. Puede desaparecer el sujeto amado, puede morir o, simplemente, cerrar la puerta que nos permitió ingresar pero sus raíces no pueden ser arrancadas porque están enredadas con la vida, como la semilla que encuentra la tierra que le pertenece desde siempre.

Amar, escribe un iluminado, equivale a decirle a alguien: tú no morirás. Morirá ese alguien, por cierto, pero lo que sembró en nosotros es eterno. Todo muere salvo ese germen. Todo pasa salvo ese día. El amor no es sólo el gran argumento de la vida, sino su única justificación. Contra él no pueden las desventuras. Ni los tiempos.

En él se juntan, acaso por primera vez, las contradicciones y los milagros del universo (que sin él sería un lugar vacío). Todo lo que no es amor no es nada. En su curso están las claras tardes y las negras noches. De su fuente proviene la fe y se desprende la esperanza. Hacia él nos dirigimos cuando queremos algo, sea lo que fuere. Con él escribimos nuestra historia y nuestra leyenda.

El amor es todo lo que nos hace falta y no tenemos y todo lo que tenemos y no nos hace falta. Por él somos capaces del encendido sueño y el increíble coraje. Son suyos nuestro sol y nuestra luna y también el pan que se pone sobre nuestra mesa. Sin él nada es verdad, porque él es la única verdad.

Encontró a Pablo y abrigó a Helena y lo mismo nos puede encontrar y abrigar a nosotros. Guarda la clave del misterio que somos o que perseguimos ser. Sobre él podemos construir lo imperecedero: murallas que nadie ni nada derribará, torres invencibles. Por él todo cambia (porque nosotros cambiamos con su nombre). Basta una hilacha de su luz para que nuestra sombra ceda.

La felicidad (la única que es posible alcanzar) le pertenece al amor. Y le pertenecen también la serena pero vasta alegría, el júbilo de la comunión con un vientre, la tristeza que, a veces, nos dice buenos días. Es el centro del mundo pero también una esquina cualquiera por donde pasó o habrá de pasar, de repente inadvertido. Puede cambiar de rostro o de nombre pero no de esencia. Con él, por él y en él la vida es lo que es y no lo que ha sido. Altar de las ofrendas, tabla de salvación de los naufragios: lo que importa es que gracias a él no somos una pasión inútil.

Aquí el amor tiene un nombre que no se puede si no decir a gritos o en voz baja. Entre el ruido de los trastos de la ciudad y las sirenas de nuestras emergencias. Un nombre que se vocea, como los diarios, en las calles y que se susurra en el interior de una casa que se resiste a caer. Un nombre como el de la Divinidad, impronunciable, pero que no nos cansamos de repetir en la soledad de nuestra propia experiencia y con la oculta esperanza de que algún día sabremos a quién o a qué llama. Un nombre que es, en verdad una clave, la cifra de una magia o algo así. Tu nombre no es Hermógenes, aunque todos te llamen con él, dice Cratilo es uno de los primeros diálogos de la historia.

¿Cuál es nuestro verdadero nombre? ¿Cuál es el nombre del amor?…

Solo cada uno lo sabe. Y acaso, no.