La admirable Carme Ollé publicó, en 2019, Amores líquidos (Peisa), publicación que reúne tres relatos que pueden ser considerados como un excelente ejemplo de la habilidad narrativa de la escritora peruana.

Si bien los tres relatos comparten el lenguaje pulcro, útiles referentes cultos y mantienen la tensión en cada página, es el primer relato, “Le malheur (La desgracia de no poder estar solo)” el que me ha causado mayor curiosidad. La historia es ruda. Realismo sucio, califican algunos. Muchas de las historias así clasificadas son protagonizadas por hombres sedientos de sexo y alcohol, que se enorgullecen de violencia, cuyas acciones se realizan en espacios urbanos poco civilizados. Sin embargo, esto no los hace ajenos a la sensibilidad ni de mostrar, como una revelación, alguna cercanía a la belleza. Ollé se introduce en este registro. La protagonista, una mujer dedicada al mundo editorial, solitaria, con pocos apuros económicos, vive su historia básicamente entre dos puntos: el bar de la esquina y la habitación que alquila en una pensión. Confiesa tener problemas con el alcohol, al punto de haber sido llevada abrazada por los mozos de vuelta a su piso.

En la pensión lleva una pésima relación con la hija de la casera, el lenguaje y sus reacciones ante esa muchacha son violentas. A este perfil decadente, sin arraigo y voluble, le sumamos que vive rodeada de fantasmas. Amigos y amigas suyas que ya no existen en este plano, pero no dejan de hablarle, seres místicos que adivinan su vida y su maldición; pero también, los fantasmas que rodean a su casera, una alemana que tuvo una sonrisa notoria solo cuando la protagonista volvió una noche, mareada de tanto licor, a su pensión. Al personaje como a los lectores nos cuesta diferenciar lo real de lo imaginario, nos golpea la brutal honestidad de sus deseos y la poca piedad ante los otros personajes. Inquietante este y los demás relatos pues, estimo que, Carmen Ollé explora niveles de honestidad casi olvidados en los tiempos de la corrección.