La primera noticia que tuve sobre poesía ancashina fue gracias a la antología “Los nuevos” (Editorial Horizonte, 1967) del crítico Leonidas Cevallos, donde aparecieron poemas de Julio Ortega, el poeta nacido en Casma en 1942. Yo tenía catorce años y la inquietud de quien siente el golpe encriptado que llega con el lenguaje. Por eso a los diecisiete, ya en Trujillo, conseguí “Rituales” (Mosca Azul, 1977). Desde entonces, comencé a seguir la pista de los autores nacidos en Áncash. Así llegué a Juan Ojeda (Chimbote, 1944), el poeta de “Ardiente sombra” y “Elogio de los navegantes”, una de las mayores voces de la poesía peruana de la década del sesenta, continué con Óscar Colchado (Huallanca, 1947), de “Aurora tenaz”, fundador del Grupo “Isla Blanca”, y con Bernardo Rafael Álvarez (Pallasca, 1954) de “Aproximaciones & Conversaciones”, ambos referentes de los agotados setenta. Posteriormente leí a Dante Lecca (Chimbote, 1957), “El cedro de cemento” y a Jaime Guzmán Aranda (Chimbote, 1951 / 2013), “Patio de prisión”, de la promoción surgida en los ochenta, hasta llegar a mis contemporáneos Antonio Sarmiento (1966), Ricardo Ayllón (1969) y Augusto Rubio Acosta (1973), quienes de una u otra forma influyeron en lo que sería la poesía ancashina de la primera década del dos mil, que le entregó a nuestro proceso voces notables como César Quispe Ramírez (1977), Patricia Colchado (1981) y Esteban Couto (1987), entre otras y otros. Así, organizando mi propia cartografía, conocí a Elí Urbina (Chimbote, 1989), en una presentación de Arturo Corcuera en el puerto, el 2014, tres años antes de la publicación de su primer poemario “La sal de las hienas”. Cuando lo escuché sentí el rigor de Ortega en cuanto a la precisión de las imágenes y la oscuridad de Ojeda, pero en diálogo con lo que estaban escribiendo los jóvenes poetas en Latinoamérica.

Por eso, ahora que he culminado mi lectura de “El abismo del hombre”, su segundo libro, publicado por Buenos Aires Poetry, de Juan Arabia, confirmo que con Elí, la poesía recupera aquella fijación por escarbar al centro del laberinto, cuya lucidez es tal que nos retorna a nuestras particulares incisiones, donde el grito solo puede devolver sabiduría: a pesar del arenal, aún obsedido por “el hueco del mundo” / “cautivo en el dolor desnudo de la ausencia”. Si me pidieran una antología de poetas de la última década, no dudaría en incluir a Urbina.